Camila
Nueva York nunca se sintió tan ajeno. Mientras caminaba por la terminal de vuelos privados del JFK, la ciudad que se extendía tras los ventanales parecía un lienzo de acero y cristal que, por un momento, me había reclamado como suya antes de intentar destruirme. En mi mochila, el peso de la nota de Adrián era un recordatorio constante de que mi corazón no estaba en esta metrópoli, sino en la calma gélida de Alaska, donde el aire no sabía a pólvora, sino a nieve virgen.
Había sido una despedida difícil en el hospital. Ver a Dante Ricci reconstruido, ver la complicidad de mi hermana Valeria y la paz que finalmente rodeaba a mi familia, me dio el valor necesario para cerrar mi propia historia. Nueva York era el lugar de la cura, pero Alaska era el lugar donde la vida, finalmente, iba a tener sentido. Allí, esperaba mi chico que no buscaba fama, solo a Camila.
El aeropuerto era un torbellino. Me movía con la agilidad de quien ha aprendido a sobrevivir en los entornos más hostiles. Sin embargo, al acercarme al control de seguridad, una presencia pesada y gélida se filtró en el ambiente. El instinto —ese sentido de supervivencia que me había enseñado Alaska a agudizar— se disparó en mi nuca como una alarma.
—Señorita Méndez —una voz que parecía arrastrarse por un suelo de piedra resonó a mis espaldas.
Me detuve. La temperatura pareció bajar diez grados. Me giré y allí estaba él: Ivanov. A su lado, un séquito de hombres con trajes que no podían ocultar el bulto de sus armas me cerraba cualquier ruta de escape. Su rostro era una máscara de cicatrices y ambición, un recordatorio de que los restos del imperio Volkov aún buscaban cobrarse el precio de mi libertad.
—El juego de las escondidas ha terminado —dijo Ivanov—. Su "protector" cree que puede burlarse de nosotros, pero los fantasmas siempre dejan un rastro, Camila. Y tú eres el hilo conductor que me llevará directamente a él.
—No sabe nada —respondí, intentando mantener la voz firme, aunque mi corazón se había convertido en un martillo—. Adrián está lejos de aquí. No le queda nada por lo que volver.
Ivanov sonrió, un gesto que carecía de cualquier humanidad.
—Todos los hombres tienen un punto de ruptura. Él cree que puede ser un fantasma, pero tú eres su cadena. Entrégamelo, o asegúrate de que este sea el último lugar que veas antes de que su imperio de silicio se desmorone.
Un agente me tomó del brazo con una fuerza brutal. El pánico, por un instante, me paralizó. Pero entonces, recordé la cabaña. Recordé el frío de Alaska y la promesa silenciosa que le hice a Adrián. No iba a ser su eslabón débil.
De repente, la terminal se sumió en una oscuridad absoluta. Las luces estallaron en un apagón provocado. El griterío de los pasajeros fue ahogado por el sonido de un único disparo, un estallido limpio y técnico que impactó en la columna a centímetros de mi cabeza, astillando el mármol.
—¡A cubierto! —rugió alguien.
En el caos, una silueta emergió de la sombra del entresuelo. Era una figura que se movía con una fluidez letal, un ángel vengador que no tenía nada que ver con el hombre que conocí en Alaska. Adrián. Había regresado, pero no era el mismo hombre; su porte era más duro, sus ojos brillaban con una determinación fría que me heló la sangre.
Adrián saltó desde el balcón, aterrizando con un golpe sordo en medio de los sicarios de Ivanov. Antes de que pudieran reaccionar, disparó dos veces con una pistola equipada con silenciador. Los dos hombres que me sujetaban cayeron como sacos de plomo. Adrián se movía como un espectro, cada movimiento era una coreografía de violencia técnica. Esquivó una ráfaga de ametralladora rodando sobre el suelo pulido, disparando desde el ángulo muerto de los atacantes. Fue una carnicería estratégicamente limpia; en menos de diez segundos, la mitad del escuadrón de Ivanov estaba fuera de combate.
—¡Camila, al coche! —gritó, lanzándome las llaves de una camioneta negra que aguardaba en el carril de emergencias—. ¡No mires atrás, conduce hasta el hangar 4! ¡Confía en mí!
El tiroteo se intensificó. Ivanov, enfurecido, gritaba órdenes a sus hombres mientras se retiraba hacia las pistas, usando a los pasajeros como escudos humanos. Adrián y sus hombres no estaban escondidos; estaban en medio del fuego, cubriéndome con una precisión que rozaba lo sobrenatural. Cada vez que alguien intentaba apuntarme, Adrián respondía con un disparo que los obligaba a replegarse. Era un baile mortal, y yo era la única constante.
Corrí. Mis botas resonaban en el suelo mientras esquivaba las balas que impactaban contra las bancas de espera. Pero entonces, mientras alcanzaba la salida, lo vi. En la parte superior de la terminal, cerca de las vigas del techo, una luz láser roja bailaba sobre el pecho de Adrián, buscando el espacio entre su chaleco y el cuello. El francotirador no había fallado porque no quería; estaba esperando el ángulo perfecto, calculando la trayectoria a través del cristal del techo.
El tiempo pareció detenerse. Adrián estaba tan concentrado en eliminar a los sicarios que no vio la amenaza desde arriba. Si no hacía algo, el "Carnicero" de Wall Street caería justo cuando acababa de encontrar su verdadera identidad.
Sin pensarlo, tomé la mochila que llevaba al hombro, llena de equipo médico y herramientas de supervivencia, y la lanzó con todas mis fuerzas hacia el ventanal del nivel superior, justo donde el brillo del visor del francotirador revelaba su posición. El estallido del cristal al romperse por el impacto de la mochila distrajo al tirador una fracción de segundo. Fue suficiente.