Cenizas en el Hielo

Capítulo 39.

Adrián

La camioneta negra rugía por la pista del aeropuerto, dejando atrás las luces parpadeantes de la terminal. Camila conducía con una destreza que me sorprendió; sus manos, firmes sobre el volante, no temblaban a pesar de que el sonido de las sirenas ya empezaba a inundar la noche neoyorquina, mezclándose con el eco de los disparos que aún resonaban en mi cabeza.

—Hacia el muelle 12, el punto de extracción de Moretti —dije, revisando la tableta mientras la pantalla proyectaba una telaraña de datos financieros—. Ivanov no se detendrá. Viktor Volkov quiere que me sienta acorralado, pero no entiende que he dejado de ser su presa. Ahora soy el cazador.

Mientras Camila maniobraba esquivando un montacargas de equipaje, conecté mi derivación sintética al sistema de la camioneta. Mis dedos volaban sobre el código. Sentía la rabia hirviendo en mi sangre al pensar en mi abuelo/padre. ¿Cómo seguía operando? Tras la caída en París, todos creímos que la justicia le había arrancado los dientes. Pero, mientras yo estaba en Alaska lamiéndome las heridas, Viktor había jugado su carta más sucia. Había comprado jueces, intimidado a los fiscales y, sobre todo, había movido sus activos restantes a través de una red de sociedades anónimas que operaban bajo el radar. Había transformado su imperio de "zar" en una red de células criminales autónomas.

Seguía operando porque había convencido al mundo de que ya no existía. Pero yo sabía la verdad: él era el parásito que se había metido en las entrañas del sistema financiero.

—¿Qué haces? —preguntó Camila, su voz tensa mientras tomaba una curva cerrada que hizo chirriar las llantas sobre el asfalto mojado.

—Desmantelando su fachada —respondí con frialdad—. Él cree que, porque el banco Moretti congeló sus cuentas principales, ha ganado. Pero estoy inyectando un virus "espejo" en su red. Viktor no solo está operando con impunidad; está utilizando los fondos que le fueron "incautados" por el Estado mediante maniobras de triangulación que el gobierno ni siquiera ha detectado. Se ha convertido en un fantasma, pero yo soy el único que conoce su dirección.

El virus empezó a propagarse por los servidores de las Islas Caimán, Panamá y Suiza. La "impunidad" de Viktor Volkov empezó a tambalearse cuando comencé a mover sus reservas ocultas hacia cuentas de transparencia pública. Si él quería jugar a que era un hombre libre, le demostraría que, para mí, sigue siendo un prisionero de su propia avaricia.

Acceso nivel 7 recuperado. Protocolo "Cerbero" activado.

Un mensaje rojo parpadeó en la pantalla. Alguien de la corporación me había detectado. La red de Volkov, esa estructura que creí muerta en París, acababa de despertar, confirmando que la justicia de entonces no fue más que un teatro diseñado por él mismo.

—¡Adrián, nos están siguiendo! —gritó Camila.

Miré por el retrovisor. Tres sedanes blindados negros habían aparecido de la nada, saliendo de un callejón lateral con las luces apagadas. No eran escoltas de Ivanov; eran fuerzas de choque, especialistas de élite contratados directamente por Viktor Volkov para borrarme del mapa antes de que los datos se hicieran públicos.

—No me siguen a mí —dije, ajustando mi Glock mientras sentía el impacto de una bala en el chasis trasero de nuestra camioneta—. Quieren silenciar lo que estoy publicando.

El primer sedán golpeó nuestro costado. El impacto fue brutal; el metal se retorció y el cristal se quebró. Camila forzó el volante, manteniendo el equilibrio, mientras yo me asomaba por la ventana para disparar ráfagas controladas contra los neumáticos del sedán agresor.

—¡Sigue conduciendo! —grité.

—¡Tú sigue hackeando! —respondió ella, con una calma que me dejó sin aliento.

De repente, el sonido de motores potentes inundó la noche. Desde el puente superior, dos camionetas blindadas con el emblema discreto de Moretti cayeron sobre los sedanes de Volkov como una manada de lobos. Eran los hombres de Lorenzo, una unidad de élite que había estado esperando mi señal. Los disparos de los Moretti fueron precisos, eliminando a los tiradores de los sedanes en segundos. Fue una coreografía de violencia: los hombres de Moretti abrieron fuego cruzado, obligando a los atacantes de Volkov a frenar en seco.

—¡Apoyo en camino, Adrián! —se escuchó una voz por la radio de la camioneta—. Lorenzo nos envió para asegurar tu salida. Los tenemos bloqueados.

Aproveché el momento de caos para lanzar el "protocolo de transparencia". Fue una maniobra suicida. Publiqué cada movimiento bancario, cada soborno a los jueces que habían archivado su caso, y la ubicación de las cuentas que el gobierno creía "congeladas". En un solo segundo, envié la verdad a cada redacción de noticias de Nueva York.

La respuesta de los sedanes fue inmediata. Los teléfonos de los conductores debieron empezar a sonar al unísono con la noticia de que el imperio de Volkov estaba siendo desnudado en tiempo real. Los coches enemigos frenaron en seco. No por falta de balas, sino por el colapso absoluto de su cadena de mando. Viktor Volkov ya no era un patriarca intocable; era el hombre más buscado del planeta, y sus empleados, sabiendo que su jefe ya no podía protegerlos ni pagarles, simplemente se dieron media vuelta, huyendo para salvar sus propias vidas.

—Lo hemos logrado —dije, viendo cómo las camionetas de Moretti terminaban de neutralizar el último obstáculo—. He dejado su cuenta corriente en cero y su reputación en la alcantarilla.




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