El muelle 12 no era un simple punto de extracción; era una instalación de carga oculta bajo el control absoluto de Lorenzo Moretti. Cuando la camioneta negra, con el chasis abollado y el motor emitiendo un silbido de vapor, se detuvo bajo la luz amarillenta de un reflector, sentí un alivio que rayaba en el agotamiento físico. Los hombres de Moretti, figuras silenciosas envueltas en chaquetas tácticas, nos recibieron con armas en posición de guardia. No nos dieron la bienvenida; nos escoltaron como si fuéramos material biológico peligroso.
Camila apagó el motor y se quedó inmóvil un segundo, con las manos aún aferradas al volante. Sus nudillos estaban blancos. El brillo de sus ojos, esa determinación gélida que había mostrado durante la huida, se estaba desvaneciendo para dar paso al temblor post-traumático.
—Lo logramos —susurró ella, y su voz sonó tan frágil que sentí una punzada de culpa en el pecho.
Me bajé del vehículo, sintiendo el aire salado y podrido del puerto de Nueva York llenar mis pulmones. El muelle estaba desierto, excepto por los hombres de Lorenzo que vigilaban los perímetros. Me acerqué a la puerta del conductor y le abrí a Camila. Ella salió con dificultad, sus piernas flaqueaban, pero se mantuvo en pie. La llevé hacia el interior de un contenedor reforzado, convertido en una sala de operaciones de alta tecnología.
Lorenzo estaba allí, frente a una consola central. Su presencia siempre me causó una mezcla de respeto y sospecha. Él no era un aliado por bondad; era un jugador que entendía que destruir a Volkov era la mejor inversión de su vida.
—Has causado un cataclismo, Adrián —dijo Moretti sin girarse—. Los mercados están en caída libre. Tu "protocolo de transparencia" ha borrado el rastro de la influencia de tu padre, pero también ha puesto una diana de un tamaño incalculable sobre tu espalda. Tu padre ya no juega a la política. Está enviar todo lo que tiene.
—Que venga —respondí, sintiendo cómo la adrenalina se transformaba en una frialdad absoluta—. Ya no tiene escondites. La verdad es un arma que no puede bloquear.
Caminé hacia Camila, que se había sentado en un taburete cerca de un equipo médico. Estaba observándola, tratando de leer en su rostro cualquier signo de daño físico, cuando una pantalla de televisión en la pared del contenedor cobró vida. No era una noticia cualquiera. Era una transmisión en vivo, pirateada desde un canal satelital privado.
Viktor Volkov aparecía en pantalla. No estaba en una celda, ni huyendo. Estaba en un salón que reconocí con un escalofrío: el despacho de la mansión blindada que supuestamente había sido confiscada. Se veía mayor, más demacrado, pero sus ojos seguían teniendo esa cualidad de víbora que no había cambiado en décadas. Tenía una copa de vino en la mano y, a su lado, un mapa digital de Nueva York que marcaba nuestro punto exacto.
—Hijo... —comenzó a hablar a la cámara, con una voz que era una caricia de seda sobre una cuchilla de afeitar—, siempre fuiste un niño curioso. Me pregunto si realmente entiendes lo que has hecho. Al publicar mis libros, no has expuesto mis crímenes; has expuesto los secretos de los hombres que me permitieron ser quien soy. Has destruido el equilibrio de un mundo que no puedes comprender.
Viktor tomó un sorbo de su vino.
—Crees que me has dejado sin hogar. Pero yo soy el creador de las paredes que te rodean. Si crees que te esconderás con ese mediocre de Moretti, estás muy equivocado. El tiempo de la diplomacia ha terminado. He dado la orden. La ciudad se va a convertir en una trampa. No saldrás de Nueva York, y la chica... bueno, ella será el recordatorio de tu primer y mayor error.
La señal se cortó. El silencio en el contenedor fue absoluto. Lorenzo, que hasta ese momento parecía imperturbable, se acercó a la pantalla, con la mandíbula tensa.
—Dice que eres un error, Adrián —dijo Moretti—. Pero se equivoca. Eres una amenaza. Si él ha decidido activar su red para una cacería urbana, no podemos quedarnos aquí. Vamos a movernos a la "Casa Segura" en los Catskills. Es un búnker de montaña, impenetrable.
Me acerqué a Camila y le tomé el rostro entre mis manos. Sus ojos estaban empañados, pero no de miedo, sino de una comprensión triste. Ella sabía, tanto como yo, que esto ya no era una huida. Era una cacería de dos depredadores.
—No voy a dejar que te toqué —le prometí, sintiendo la dureza de mi propia voz.
—No tienes que protegerme, Adrián —respondió ella, tocando mi cicatriz en la nuca—. Tienes que terminar esto. Si lo que dice es cierto, si él controla la ciudad, entonces no es él quien está en la trampa. Somos nosotros. Pero él tiene algo que yo también tengo: un motivo por el cual vivir.
La noche comenzó a avanzar con una lentitud tortuosa. Mientras los hombres de Moretti cargaban los vehículos, pude ver a lo lejos, en el horizonte de la ciudad, un resplandor inusual. Eran los edificios de la corporación Volkov. De repente, una serie de explosiones coordinadas iluminaron el cielo. Estaba destruyendo sus propios archivos, sus propias oficinas, eliminando cualquier rastro físico antes de que la policía o los federales pudieran asegurar las pruebas que yo acababa de filtrar.
Se estaba preparando para el fin del mundo. Si él no podía tener su imperio, no dejaría piedra sobre piedra.
—Está limpiando el reguero que le dejé —dije, mirando por la ranura del contenedor—. Está borrando el pasado para poder empezar la cacería sin trabas legales.