Cenizas en el Hielo

Capítulo 41.

Los Catskills no eran un refugio de paz; para mis ojos, se habían convertido en un centro de operaciones tácticas. El búnker de montaña de Moretti, excavado directamente en el granito a cientos de metros bajo la superficie, era una estructura de acero y hormigón que respiraba a través de potentes sistemas de filtración de aire. Aquí, el silencio era absoluto, una cualidad que lejos de tranquilizarme, me mantenía en un estado de alerta constante.

Camila se había instalado en la sala de observación, una habitación iluminado por pantallas que mostraban vistas térmicas de los perímetros exteriores. A pesar de que trataba de fingir serenidad, sus ojos no se separaban de las cámaras. Ella sabía, al igual que yo, que estábamos en el centro de una diana.

—Moretti ha blindado el acceso —dijo ella, acercándose a donde yo revisaba los diagramas de seguridad—. Pero si Volkov realmente ha enviado a sus "limpiadores", este lugar no aguantará más que unas horas si deciden usar armamento pesado.

—No vendrán a destruir el búnker, Camila —respondí, sin despegar la vista de las pantallas táctiles—. Si Volkov quiere algo, es a mí. Y para atraparme, necesita que yo salga de aquí. Él cree que soy el hijo que necesita recuperar su legado, pero lo que él realmente quiere es el dispositivo de derivación que tengo en la nuca. Quiere recuperar el control de su red, y la única forma de hacerlo es capturándome vivo para "desinstalar" lo que Aris hizo en mi sistema nervioso.

Me levanté y caminé hacia el mapa digital. Con un gesto, superpuse las rutas de suministro de los Volkov con las zonas de patrulla.

—Él tiene una debilidad —añadí, trazando una línea roja que unía su despacho con un almacén en las afueras—. Cree que todavía controla a la mafia Volkov. Pero desde que publiqué los archivos, sus rutas están siendo vigiladas por todos. Está empezando a cometer errores.

La puerta de la sala se deslizó con un zumbido. Lorenzo Moretti entró, con el rostro pálido.

—Tengo noticias. Tus archivos han destapado una guerra de clanes. Un grupo paramilitar, ex-aliados de tu padre que fueron traicionados, acaba de poner precio a su cabeza. Ahora, además de los federales y de nosotros, tu padre está siendo cazado por los suyos.

Me detuve en seco. Una sonrisa amarga se dibujó en mi rostro.

—Entonces el juego está perfecto —dije, sintiendo una descarga en la nuca—. Si está siendo cazado, buscará un lugar donde esconderse. Ahí es donde entra mi trampa.

Me senté ante la consola y comencé a escribir a una velocidad frenética, creando una señal digital diseñada específicamente para atraerlo: una ubicación supuesta donde yo tenía una copia de seguridad de todos los códigos de acceso de su imperio: "El Nido". Un antiguo refugio de la familia.

—Es una apuesta arriesgada —advirtió Moretti.

—Él no sospechará —repliqué—. La codicia le impedirá ver el peligro.

Mientras la operación se ponía en marcha, el ambiente en el búnker se tornó pesado. Sabía que estaba orquestando un baño de sangre, pero ya no había vuelta atrás. Había dedicado mi vida a ser la herramienta de su voluntad; ahora, era el verdugo de su perdición.

Caminé hacia el área de descanso. Camila observaba la nieve que caía pesadamente sobre el bosque a través de un monitor. Me acerqué y la abracé por la espalda.

—Después de que él caiga, ¿qué vamos a hacer? —preguntó ella, girándose para mirarme.

Sus ojos, aunque cansados, reflejaban una determinación inquebrantable. Pero vi en su rostro la inocencia de alguien que aún no comprendía la naturaleza del monstruo al que nos enfrentábamos. Sentí que era el momento. No podía seguir ocultándole la verdadera magnitud de mi vínculo con el hombre que estábamos a punto de destruir.

—Camila... hay algo que necesito decirte —empecé, mi voz bajando a un tono casi imperceptible—. Antes de que esto termine, necesitas entender por qué Viktor Volkov no puede dejarme ir.

Ella me miró con atención, preocupada por el cambio en mi semblante.

—¿Qué es, Adrián?

Tomé aire, sintiendo un peso mayor que el de cualquier arma.

—Cuando estaba en el laboratorio de Aris, antes de la cirugía, exigí una prueba de ADN comparativa. No solo para confirmar que era un Volkov. Quería saber quién era mi padre. Viktor II, el hombre que me crio y que murió en ese accidente... no tenía parentesco biológico conmigo.

Camila abrió los ojos, confundida.

—¿Qué quieres decir?

—Viktor Volkov no es mi abuelo, Camila —solté, y las palabras se sintieron como ácido—. Es mi padre biológico. Todo el linaje, la "herencia", la educación, las masacres... todo fue una construcción para perpetuarse a sí mismo a través de una aberración genética. No soy su nieto. Soy el resultado de su propia sangre, de una vida creada para ser su contenedor. Por eso me llama "hijo" cuando cree que nadie escucha. Es una pesadilla tabú, una forma de control que va más allá de cualquier cosa que puedas imaginar.

El silencio en la habitación fue sepulcral. Camila retrocedió instintivamente, sus manos cubriendo su boca en un gesto de horror absoluto. Vi cómo las piezas encajaban en su mente: la crueldad de Viktor, la obsesión con el "legado", el odio visceral que yo sentía.




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