Adrián
El búnker de Moretti era un hormiguero de actividad, pero el verdadero trabajo ocurría en el nivel inferior, en el gimnasio táctico que Lorenzo había habilitado. El aire allí abajo era diferente: olía a sudor, a cuero y a aceite para armas. No era un lugar para hablar; era un lugar para convertirnos en máquinas capaces de sobrevivir al infierno que nos esperaba.
—Tu técnica es buena, pero tu mente está en el pasado —me dijo Moretti, quien supervisaba mis ejercicios de combate cuerpo a cuerpo—. Si piensas en él como tu padre, perderás. Si lo piensas como un objetivo a neutralizar, ganarás.
Me lanzó un golpe directo a la mandíbula que esquivé por centímetros, sintiendo el viento del impacto. Respondí con una patada circular que él bloqueó con los antebrazos; el golpe resonó como un látigo. Estábamos entrenando sin pausas. Necesitaba quemar la adrenalina, purgar la frustración y, sobre todo, acostumbrar a mi cuerpo a la nueva resistencia que la derivación sintética mi otorgaba. Cada movimiento era una descarga de energía controlada.
Moretti era implacable; me obligaba a encadenar técnicas de Krav Magá, derribos de Judo y proyecciones. Cuando caía al suelo, no había tiempo para recuperarse: un segundo después, tenía una bota presionando mi pecho o un simulacro de cuchillo en la garganta. Estaba obligando a mi sistema nervioso a reaccionar antes de que mi cerebro procesara la amenaza.
En el rincón opuesto, Camila estaba con uno de los instructores de Moretti, un exoperativo de fuerzas especiales cuya paciencia tenía límites. Ella nunca había sostenido un arma con la intención de quitar una vida, y verla ahí, frente a una diana de cartón, me provocó un nudo en el estómago, pero sabía que era necesario.
—¡Muévete, Méndez! —rugió el instructor—. ¡El enemigo no espera a que te pongas en posición!
Camila corrió un circuito de obstáculos bajo una lluvia de gritos. Saltó sobre una valla de madera, rodó por el suelo mientras esquivaba un cable electrificado y, sin perder el aliento, se puso en posición de tiro tras un muro de hormigón. Sus disparos fueron rápidos, precisos. El estruendo resonó en las paredes de concreto. El proyectil dio en el centro del pecho de la silueta.
—Casi —dije, acercándome por detrás. Puse mis manos sobre las suyas, ajustando ligeramente su agarre—. La empuñadura debe estar firme, pero el hombro relajado. Si te tensas demasiado, el disparo se desviará.
Ella me miró, y aunque sus ojos mostraban el cansancio del ejercicio físico, había una chispa de una determinación que nunca antes había visto. Sus manos, antes suaves, ahora tenían los nudillos raspados por el roce de la corredera del arma.
—No voy a ser una carga, Adrián —dijo ella, firme—. Si vamos a terminar esto, voy a estar ahí. No para mirarte, sino para cubrirte. Ya no soy la mujer que rescataste en la cabaña. He perdido demasiado como para quedarme al margen mientras tú te juegas la vida.
—Lo sé —le respondí, sintiendo un orgullo que me golpeó más fuerte que cualquiera de los golpes de Moretti—. Pero quiero que entiendas la diferencia. Estar conmigo significa que no hay vuelta atrás. Esto no es justicia; es una guerra.
—Sé exactamente en qué me estoy metiendo —replicó ella, volviendo a cargar el arma con un movimiento mecánico, fluido, casi experto—. Enséñame a ser rápida. Enséñame a no dudar.
Pasamos las siguientes diez horas en un ciclo de agonía física. Simulacros de asalto: practicamos la entrada táctica a estancias oscuras, despejando habitaciones con luces estroboscópicas que cegaban. Entrenamos combate cuerpo a cuerpo hasta que los músculos quemaban; practicamos tiro en seco hasta que las manos nos sangraban, repitiendo el movimiento de desenfunde miles de veces hasta que se volvió parte de nuestro instinto. Practicábamos cómo cubrirnos mutuamente en pasillos estrechos, el uno siguiendo la espalda del otro, comunicándonos solo con señales manuales y silencios. En ese sótano, ya no éramos dos personas huyendo; éramos un binomio, una sola entidad táctica.
Cuando finalmente nos desplomamos en la colchoneta, con la luz del búnker parpadeando, el silencio fue diferente. Era el silencio de dos personas que han aceptado que, quizás, no regresen. Nuestros cuerpos estaban cubiertos de hematomas, nuestros uniformes tácticos olían a pólvora y a esfuerzo, pero nuestra mente estaba clara.
—¿Crees que él nos espera? —preguntó ella, apoyando la cabeza en mi hombro mientras compartíamos una botella de agua—. ¿Crees que después de tantos años, realmente conoce a su propio hijo?
—Él cree que conoce a un peón —dije, mirando mis manos, marcadas por el entrenamiento y la insistencia del destino—. Cree que me conoce porque él me escribió el guion. Pero se ha olvidado de algo: no se puede predecir el comportamiento de un hombre que ha decidido destruirse a sí mismo para cumplir su misión.
Moretti se acercó con una tableta. La pantalla mostraba el mapa de los Catskills y la ubicación marcada de "El Nido".
—Está llegando —dijo Lorenzo—. El anzuelo ha funcionado. Los sensores de movimiento en la propiedad indican que una comitiva acaba de entrar por la puerta principal. Viktor está solo, escoltado por apenas tres vehículos. Se siente tan seguro de sí mismo que ha traído la llave física de sus servidores centrales, creyendo que podrá obligarte a conectarte una última vez.
Me puse en pie, sintiendo cada fibra de mi cuerpo lista para la acción. Mi derivación sintética zumbó, enviando un pulso de claridad a mi sistema. Miré a Camila y ella, sin que yo tuviera que decir nada, ya estaba comprobando su cargador, sintiendo el peso del arma como si fuera una parte de sí misma.