El aire en el centro de mando improvisado en el búnker era eléctrico, saturado por el zumbido de los servidores y el olor a ozono que desprendía la tecnología de punta. Sobre la mesa táctica, las luces LED de los sensores de movimiento en "El Nido" parpadeaban en un rojo intermitente, marcando la posición estática de los vehículos blindados de Viktor Volkov. Mi padre estaba allí, dentro del búnker feudal de piedra, confiado, esperando una presa que no llegaría por la puerta principal.
—Tres niveles de seguridad —explicó Lorenzo Moretti, señalando un plano detallado del terreno—. El primero es el anillo perimetral, patrullado por cuatro francotiradores y sensores de presión. El segundo es el muro de piedra, reforzado con cámaras de visión nocturna. El tercero, el núcleo. Mis hombres cortarán la energía del perímetro exterior a las 02:00 horas exactas. Adrián, tú entrarás por el conducto de ventilación del nivel inferior, el mismo que usaba el servicio hace veinticuatro años para las calderas. Yo lideraré el equipo de extracción que cubrirá la salida norte. Si todo sale como planeamos, el caos nos dará la ventaja necesaria.
Camila, que había estado escuchando con atención, dio un paso al frente, con su arma enfundada en el chaleco táctico que apenas le ajustaba bien. Sus ojos no dejaban de recorrer los puntos de acceso en el mapa.
—Yo cubriré el sector de la retaguardia —dijo ella, con una voz más firme de lo que esperaba—. Si alguien intenta flanquear el acceso de Adrián desde la parte baja del bosque, estaré allí para frenarlos. Conozco el terreno desde nuestro entrenamiento de hoy.
El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. Moretti intercambió una mirada conmigo, una mirada de hombres que han visto demasiadas muertes como para ser políticamente correctos o condescendientes. Yo sentí que el estómago se me cerraba. Ver a Camila con un arma me daba un alivio temporal, pero el entrenamiento de diez horas no borraba años de mi instinto de protección. La guerra no era un simulacro.
—No —dije, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. No habrá una retaguardia para ti.
Ella se tensó, sus ojos desafiantes y llenos de una chispa peligrosa.
—Adrián, entrené todo el día. Mis tiempos de reacción están a nivel. Puedo hacerlo.
—Entrenaste para sobrevivir a un atraco, no para una guerra de guerrillas urbana contra la guardia de élite de Volkov —repliqué, caminando hacia ella hasta que nuestros rostros quedaron a pocos centímetros—. Si algo sale mal y te expones en la línea de fuego, mi atención se dividirá. Y si mi atención se divide, Viktor gana. No voy a entrar en esa habitación sabiendo que tú estás siendo cazada en el pasillo por un sicario profesional que lleva veinte años matando gente por deporte.
—¡Entonces no entres solo! ¡Llevamos todo este tiempo juntos! —exclamó ella, frustrada, golpeando la mesa con el puño—. ¡No puedes simplemente relegarme a la retaguardia ahora que empieza lo difícil!
—Escúchame —la tomé por los hombros, obligándola a mirarme directamente a los ojos, buscando que entendiera la magnitud de lo que pedía—. No es que no confíe en tu valor. Es que no puedo soportar el peso de tu vida en mi sistema mientras intento matar a la persona que me hizo esto. Necesito que hagas algo más importante. Algo que define si ganamos o morimos.
Miré a Moretti, quien asintió, entendiendo mi juego táctico y tomando la palabra:
—Te quedarás en la unidad de comunicaciones móvil, a dos kilómetros de aquí, oculta en el puesto de observación táctico —explicó Lorenzo—. Tienes el acceso total a los satélites y al sistema de vigilancia de la finca. Desde allí, serás nuestros ojos y oídos. Si la policía estatal intenta acercarse, si Volkov llama refuerzos, o si sus sistemas internos detectan nuestro pulso electromagnético, tú eres la única que puede bloquear las señales y darnos la ventaja táctica. Es un puesto de mando, Camila. Sin ti, estamos ciegos y sordos en esa finca. Tú controlas la narrativa del combate.
Ella bajó la vista, procesando la responsabilidad. Sabía que era una forma de alejarla del peligro directo, pero también sabía que, tácticamente, era una verdad irrefutable: si ella no estaba en la consola, estaríamos entrando en una emboscada sin red de seguridad.
—Me estás pidiendo que me quede al margen mientras tú entras en la boca del lobo —murmuró.
—Te estoy pidiendo que me salves la vida desde lejos —corregí—. Si tú no estás en esa consola, no hay nadie en quien confíe para filtrar las llamadas de la policía o bloquear los códigos de emergencia de Volkov. Eres el eje de esta operación. Mi supervivencia depende de que tú veas lo que yo no puedo ver.
Camila apretó los labios, luchando contra su propia frustración. El deseo de estar a mi lado era evidente, pero su sentido de la estrategia —esa nueva faceta que había despertado en ella— prevaleció. Finalmente, suspiró y asintió.
—Si algo sale mal, si pierdo el contacto contigo... —su voz templó por un milisegundo—. Prométeme que no te inmolarás por un objetivo perdido.
—Si pierdes el contacto, activa el protocolo de autodestrucción de los servidores de la finca y lárgate —ordené con severidad—. No vuelvas. No intentes rescatarme. Ese es el trato. Ese es el protocolo que nos mantendrá vivos.
—Trato —respondió ella, aunque ambos sabíamos que, si llegaba el caso, ninguna de nuestras promesas tendría valor frente al instinto de no abandonarnos.