Cenizas en el Hielo

Capítulo 44.

El bosque que rodeaba "El Nido" era un enjambre de pinos centenarios que se mecían con el viento gélido de la noche, como si intentaran ocultar lo que estaba a punto de suceder. Las ramas crujían bajo un cielo sin estrellas, creando una sinfonía fúnebre para un imperio que estaba a punto de colapsar. El vehículo blindado de Moretti se detuvo a medio kilómetro de la finca, oculto tras un denso muro de maleza y rocas. A partir de aquí, el sigilo era nuestra única armadura y la oscuridad, nuestra mejor aliada.

—Hora cero —susurró Moretti a través del comunicador, su voz sonando como un crujido estático en mi oído—. Adrián, tienes el campo libre. Cortaremos la energía del perímetro en sesenta segundos.

Bajé del coche, sumergiéndome en la negrura absoluta del bosque. El frío de los Catskills era un cuchillo afilado que penetraba a través de mi equipo táctico, pero la adrenalina que recorría mis venas actuaba como un anestésico perfecto. Me moví con la fluidez de alguien que ha dejado de temer a la muerte; cuando tu objetivo es destruir el origen mismo de tu propia existencia, el miedo pierde toda su capacidad de controlarte. Mis botas apenas rozaban el suelo, evitando las hojas secas y las ramas caídas, avanzando como un fantasma hacia la estructura de piedra que se alzaba en la colina.

Llegué al punto de infiltración: el conducto de ventilación del nivel inferior. La rejilla, oxidada y cubierta de musgo por décadas de abandono, se deslizó sin emitir un solo sonido bajo la presión calculada de mi herramienta multiusos. Me deslicé dentro, arrastrándome por los estrechos túneles que alguna vez fueron el camino hacia la caldera de la mansión. La claustrofobia amenazó con asfixiarme por un instante, pero mi derivación sintética reguló mis pulsaciones, manteniéndome en un estado de concentración glacial. El aire aquí abajo olía a metal viejo, a tierra húmeda y a los años de abandono de un lugar que nunca debió ser habitado de nuevo.

A través de las paredes de metal de los conductos, podía escuchar las vibraciones de la casa cobrando vida sobre mí. Pisadas pesadas de botas militares, el eco de voces distantes ladrando órdenes en ruso y el zumbido constante de los servidores de alta capacidad que Viktor había traído consigo. Él estaba ahí, en el despacho principal, rodeado de sus últimos secretos, intentando desesperadamente reconstruir su red.

De repente, una luz tenue iluminó el pasillo inferior desde una rejilla cercana. Me detuve en seco, conteniendo la respiración hasta que mis pulmones ardieron. Un guardia de seguridad pasaba caminando, con un rifle de asalto automático en las manos, su postura relajada evidenciando lo seguro que se sentía en esta fortaleza. Esperé a que pasara por debajo de mi posición y, con un movimiento fluido, quité la rejilla. Me dejé caer del conducto con una elegancia felina, aterrizando en silencio justo detrás de él.

Antes de que pudiera girarse o emitir un grito, rodeé su cuello con mi brazo en una llave de estrangulamiento perfecta. Luchó durante tres segundos antes de que la falta de oxígeno lo rindiera. Lo bajé lentamente hasta que su cuerpo cayó sobre la alfombra, inerte.

Ya estaba dentro. El tablero estaba dispuesto.

Mi comunicador vibró con dos toques rápidos. La voz de Camila, clara, firme y cargada de una calidez que contrastaba con el hielo del lugar, rompió el silencio en mi auricular.

—Adrián, los sensores internos de la planta baja se están reiniciando. Moretti ha cortado la energía del perímetro, pero Viktor parece haber activado un generador de respaldo de grado militar. Tengo su señal de movimiento térmico en el ala este, a veinte metros de tu posición.

—Recibido, Camila —susurré, arrastrando el cuerpo del guardia hacia un rincón oscuro—. Mantente alerta en la consola. Si intenta activar una señal de auxilio externa, quiero que la bloquees al instante. Eres mi escudo ahora.

—Lo haré. Estoy contigo. Cuídate, por favor.

El eco de su voz me dio el último empujón que necesitaba. Avanzar por el pasillo central fue un ejercicio de precisión milimétrica. Evité las cámaras de seguridad que el generador de respaldo había revivido, moviéndome por los ángulos muertos que Camila me iba dictando a través del auricular. Cada paso que daba me acercaba más al hombre que se creía dueño de mi destino.

Llegué a la puerta principal del despacho. El escudo de armas de la familia Volkov —un lobo devorando una serpiente, un símbolo de sangre y poder que siempre me había provocado náuseas— estaba profundamente grabado en la madera noble de roble.

Empujé la puerta y entró, dejando que se cerrara a mis espaldas con un clic definitivo.

Viktor Volkov no estaba sentado. Estaba de pie junto a un inmenso mapa holográfico de la red financiera que yo había estado hackeando, su rostro bañado por la luz azulada de los datos. Se veía más viejo, casi marchito bajo la luz artificial del despacho, apoyando su peso sobre su bastón. Pero sus ojos, al verme cruzar el umbral, recuperaron instantáneamente el brillo letal de un depredador acorralado. No había sorpresa en su rostro, solo una fría satisfacción.

—Sabía que vendrías por los conductos —dijo, sin levantar la vista de la pantalla, su voz arrastrando ese acento que había sido la banda sonora de mis peores pesadillas—. Siempre fuiste el mejor operando en las sombras, niño. Supongo que debería sentirme orgulloso de haberte enseñado tan bien a escurrirte como una rata.

—No soy tu niño, Viktor —repliqué, retirándome la máscara táctica y arrojándola al suelo. Quería que viera mi rostro. Quería que viera los ojos del hombre que ya no le pertenecía—. Soy el error de cálculo que tu ambición no pudo predecir. El arma que se volvió contra su creador.




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