Cenizas en el Hielo

Capítulo 45.

Viktor mantuvo su mano suspendida sobre el panel táctil, sus dedos temblorosos por una mezcla de rabia y una incertidumbre que se filtraba a través de su máscara de hierro. Sus ojos, fijos en mi sonrisa, buscaban desesperadamente el miedo que, según él, debía estar ahí. Pero no encontró nada. Había pasado décadas construyendo una armadura emocional, y al verme allí, erguido frente a la muerte, su realidad comenzó a agrietarse.

—¿De qué te rías, desperdicio? —bramó, con una voz que perdió su tono de seda para tornarse en un rugido ronco, cargado de una frustración volcánica—. Estás a un milímetro de ser reducido a cenizas. Las torretas tienen reconocimiento biométrico de nivel militar. En cuanto tus pies se desplacen un solo centímetro del centro de esta alfombra, los sensores de presión te borrarán del mapa. No intentes jugar conmigo, no tienes la capacidad de procesar la magnitud de lo que he construido aquí.

—Ese es el problema, Viktor —dije, dando un paso adelante con una parsimonia que lo descolocó—. Crees que el Nido es tu castillo, un refugio inexpugnable, pero te olvidaste de un detalle fundamental: tú me enseñaste a buscar las grietas en cualquier sistema, y resulta que tú mismo eres la mayor grieta de tu propio reino. Escribí el código fuente de los protocolos de defensa de esta finca hace años, cuando aún creía que mi propósito era proteger tu legado.

En el búnker de comunicaciones, a kilómetros de distancia, sabía que Camila estaba esperando este momento con el corazón martilleando contra su pecho, con sus dedos listos para ejecutar la secuencia final.

—¡Ahora, Camila! —susurré, sabiendo que ella estaba escuchando cada palabra, cada respiración—. Desconecta su realidad.

Al instante, las luces del despacho comenzaron a parpadear en una frecuencia errática. El zumbido constante de las torretas cambió de tono, volviéndose un gemido mecánico, errático y agudo. Viktor miró hacia arriba, su rostro transformándose en una mueca de pánico absoluto cuando las luces rojas de los sensores láser, que marcaban mi pecho como un blanco fijo, se volvieron verdes, y luego, a un violeta parpadeante que indicaba una reconfiguración total del sistema.

—¿Qué has hecho? —gritó, golpeando el escritorio de caoba con una desesperación que nunca antes le había visto—. ¡Responde, maldita sea! ¡El sistema es inviolable!

—He inyectado el virus espejo que desarrollamos mientras tú jugabas a ser un dios —respondí, caminando hacia él, ignorando las armas que me seguían, ahora dóciles bajo mi control—. El sistema ya no te reconoce como el administrador principal. Has sido bloqueado de tu propia creación. Ahora, el Nido tiene un nuevo dueño, y yo he cambiado las reglas del juego.

Las torretas, en lugar de disparar contra mí, giraron bruscamente sobre sus ejes, buscando el nuevo objetivo que el software ahora identificaba como la mayor amenaza: el propio Viktor. Él retrocedió, tropezando con su propio bastón de plata, mientras los cañones se bloqueaban apuntando directamente a su pecho, emitiendo un pitido constante que anunciaba el bloqueo del blanco.

—¡Desactiva esto! —ordenó, con una voz que, por fin, después de décadas de dominio absoluto, sonaba genuinamente aterrorizada—. ¡Te mataré, te juro que te mataré antes de que esto termine! ¡No puedes hacerme esto a mí, tu padre!

—No tienes el control, padre. Nunca lo tuviste realmente. Solo eras el inquilino de un reino que yo ya había hackeado antes de cruzar la puerta principal. Estabas tan ciego por tu propia soberbia que no viste cómo tu heredero te superaba en cada una de tus enseñanzas.

Pero Viktor, movido por un instinto asesino que superaba cualquier lógica de preservación, intentó lanzarse hacia una consola secundaria oculta tras un panel de madera detrás de él. Fue un movimiento desesperado, el de un hombre que se niega a aceptar que su mundo ha dejado de existir, el de un arquitecto viendo cómo su edificio colapsa.

En ese instante, el despacho se convirtió en un infierno de chispas y humo. Las torretas, bajo el control remoto de Camila, dispararon una ráfaga de advertencia que destrozó el escritorio de caoba, convirtiendo los documentos, las pantallas y los recuerdos de una vida de crímenes en astillas volando por todas partes.

Viktor cayó al suelo, cubriéndose la cabeza mientras el despacho se llenaba del olor a pólvora quemada, ozono y el polvo de los muros destruidos. Los trozos de mármol del techo caían sobre nosotros, creando una cortina de escombros.

—¡Camila, mantén las torretas fijas en él! —grité, mientras me lanzaba sobre Viktor antes de que pudiera alcanzar cualquier otra arma escondida en los cajones—. ¡No dejes que se mueva, que el sistema se encargue de cualquier gesto hostil!

La lucha fue brutal y visceral. Viktor, a pesar de su edad, peleaba con la fuerza bruta de alguien que no tiene nada que perder, con la tenacidad de una bestia herida. Me golpeó con el bastón de plata, un impacto seco en mis costillas que me hizo escupir bilis y sentir cómo el aire se escapaba de mis pulmones. Pero mi derivación sintética tomó el control absoluto de mis fibras musculares, ignorando el dolor y potenciando mis reflejos a un nivel inhumano.

En un movimiento seco, le arrebaté el arma, lo giré con una fuerza técnica implacable y lo inmovilicé contra el suelo, presionando mi antebrazo contra su cuello. La presión era constante; el peso de toda una vida de opresión concentrada en un solo punto.




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