Cenizas en el Hielo

Extra 1: La vida sin sistemas

CAMILA

El silencio en los bosques de Matanuska nunca era realmente plano. Si prestabas la suficiente atención, podías escuchar el crujido sutil de las ramas cargadas de nieve, el eco distante de algún animal salvaje cruzando el valle y el silbido constante del viento ártico colándose entre los desfiladeros. Era una melodía rústica, viva y, sobre todo, indomable. Un contraste absoluto con el silencio artificial y esterilizado de los búnkeres subterráneos donde habíamos pasado los últimos meses de nuestra antigua vida.

En el interior de la cabaña, el panorama era completamente diferente. El calor de la chimenea inundaba la estancia principal, tiñendo las paredes de pino con un resplandor dorado y acogedor. Sin embargo, el hombre que amaba parecía estar librando su propia batalla privada contra la cotidianidad.

Adrián estaba arrodillado en el suelo de la sala, rodeado por una cantidad absurda de herramientas cromadas, cables de fibra óptica que de alguna manera había conseguido por catálogo y tres manuales técnicos de nivel militar. Frente a él, a medio armar, se alzaba la cuna de madera que él mismo había tallado con esmero para Katia. Pero Adrián no se estaba limitando a encajar los tablones; estaba intentando cablear la estructura como si fuera a resistir un asedio del servicio secreto.

—Adrián, mi amor —dije, apoyándome en el marco de la cocina con una taza de café humeante entre las manos, observándolo con una mezcla de diversión y ternura—. Es una cuna para una bebé de catorce meses, no el centro de mando del Pentágono.

Él no levantó la vista de inmediato. Tenía la mandíbula tensa y el ceño fruncido con ese nivel de concentración feroz que solía usar cuando hackeaba los servidores financieros de la mafia rusa. Con un destornillador de precisión, ajustó un pequeño dispositivo plano en la base del mueble.

—El perímetro exterior de la cabaña está cubierto por los sensores ópticos que instalé la semana pasada, Camila —explicó, con esa voz grave y analítica que me derretía el alma—. Pero la seguridad redundante es una regla básica. Estoy implementando un sensor de presión subdérmico en el colchón de Katia conectado a un giroscopio encriptado. Si su ritmo cardíaco varía o si intenta bajarse de la cuna a oscuras, el sistema enviará una alerta silenciosa directamente a mi reloj táctico y encenderá las luces del pasillo al diez por ciento de su capacidad para no deslumbrarla.

Solté una risa suave, una risa libre que me llenaba el pecho. Dejé la taza sobre la mesa y me acerqué a él, sentándome de rodillas en la alfombra, justo a su lado. El olor a aceite de linaza, metal limpio y el aroma varonil de su piel me envolvieron al instante.

—Cariño, mira tus manos —le pedí, tomando con suavidad la mano izquierda con la que sostenía un cable conductor.

Adrián se detuvo. Sus dedos, marcados por viejas cicatrices de combates cuerpo a cuerpo y la rigidez de años de empuñar armas, temblaron ligeramente ante la calidez de mi tacto. Dejó el destornillador a un lado y finalmente me miró. Esos ojos oscuros, que en Nueva York solían ser dos pozos de frialdad absoluta, ahora reflejaban una vulnerabilidad tan profunda que me encogía el corazón.

—Estás sudando, estás tenso —le dije con voz suave, usando mis pulgares para masajear sus nudillos rígidos—. El abuelo Jeb nos trajo verduras ayer, Sombra está durmiendo profundamente en el porche, y las rutas de los Volkov ahora están enterradas bajo la burocracia de Lorenzo Moretti. Nadie va a venir a buscarnos, Adrián. No necesitas construir un búnker dentro de nuestro hogar para mantenernos a salvo. Ya estamos a salvo. Tu mayor amenaza ahora mismo es que Katia aprenda a morder los juguetes de madera.

Una pequeña sonrisa, casi tímida pero cargada de un amor infinito, asomó en las comisuras de sus labios. Era la sonrisa que solo yo conocía, el secreto mejor guardado del hombre que había destruido un imperio.

—Es difícil apagar los sistemas, Camila —confesó, entrelazando sus dedos con los míos y llevándose mi mano a los labios para darle un beso tierno que me erizó la piel—. Durante treinta años, mi cerebro fue programado para calcular vectores de amenaza, para anticipar la traición, para sobrevivir en la oscuridad. Cuando miro este bosque o cuando te veo dormir a ti y a la niña, mi primer instinto es blindar el entorno. No sé cómo ser... común. No sé cómo relajarme sin sentir que estoy cometiendo un error táctico.

—Pues vas a tener que aprender —repliqué con una sonrisa pícara, acercándome más hasta que mi frente rozó la suya—. Y yo voy a ser tu instructora en este nuevo entrenamiento. Regla número uno: los cables de fibra óptica no van en la habitación de la bebé. Regla número dos: si tienes tanta energía sobrante, hay mejores formas de canalizarla.

El brillo de deseo que cruzó sus ojos fue inmediato. Adrián soltó el cable que aún sostenía y me rodeó la cintura con sus brazos fuertes, atrayéndome hacia su regazo con esa mezcla de posesividad y adoración absoluta que definía nuestro romance en esta nueva etapa. Ya no nos escondíamos en los rincones oscuros de un búnker esperando el ataque; ahora nos entregábamos al calor del momento con la certeza de que el tiempo nos pertenecía.

—Ah, ¿sí? —murmuró contra mis labios, su aliento cálido acelerando los latidos de mi corazón—. ¿Y cuál es el castigo por incumplir las normas de la instructora?

—Un confinamiento estricto en mis brazos durante toda la noche —susurré justo antes de que sus labios reclamaran los míos.




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