Cenizas en el Hielo

Extra 2: Lazos encriptados

CAMILA

La pantalla de la computadora portátil, un modelo comercial común que no dejaba ningún tipo de rastro digital, parpadeaba en la penumbra de la cocina. Afuera, la noche de Alaska era un manto negro roto únicamente por el reflejo de la nieve. Adrián estaba en la sala, con Katia dormida sobre su pecho mientras Sombra descansaba a sus pies, formando una estampa de paz absoluta. Sabía que él vigilaba, incluso cuando parecía dormir; su mente seguía siendo el escudo de esta casa.

Exhalé un suspiro lento y tecleé la última línea de comando. No era un correo electrónico, ni un mensaje de texto. Era un paquete de datos encriptado a través de tres servidores puente en Suiza y uno en Singapur, programado para desintegrarse treinta segundos después de ser abierto. Una botella al mar digital, con un único destinatario en Nueva York.

La barra de carga llegó al cien por ciento. En la pantalla apareció una sola palabra en verde: Enviado.

A miles de kilómetros de nuestro frío refugio, en un elegante apartamento con vista a Central Park, sabía que una alerta silenciosa acababa de vibrar en el teléfono de Valeria Ricci. Me la imaginé perfectamente: interrumpiendo su cena con Dante, mirando la pantalla con esa mezcla de sorpresa y alivio que tantas veces compartimos durante los días más oscuros de la clínica.

El mensaje que le había mandado no contenía coordenadas, ni nombres falsos, ni detalles de nuestra ubicación. Solo eran dos palabras, una clave que ella y yo habíamos acordado en un susurro antes de que el mundo estallara: Cenizas blancas. La señal inequívoca de que la tormenta había pasado, que Adrián y yo estábamos a salvo, y que la vida había ganado la partida.

Apoyé la espalda contra la silla, sintiendo una calidez en el pecho que no provenía de la chimenea. Pensar en Valeria y Dante sanando a sus pacientes, libres de la sombra de los Volkov, era el cierre que mi corazón necesitaba. Ellos eran nuestro puente con la humanidad que casi perdimos.

De repente, un pitido agudo y totalmente inesperado interrumpió mis pensamientos. La pantalla se tiñó de negro y una línea de código rojo comenzó a ejecutarse a una velocidad alarmante. Sentí que el estómago se me caía a los pies. ¿Nos habían rastreado? ¿Había cometido un error?

Antes de que pudiera gritar el nombre de Adrián, la línea de código se detuvo y una interfaz limpia, con el logotipo de un león de oro —el nuevo sello del clan Moretti—, se desplegó en el centro de la pantalla. No era un ataque. Era una videollamada entrante de alta prioridad.

Acepté la conexión. La imagen tardó dos segundos en estabilizarse, revelando un despacho lujoso, forrado en paneles de madera oscura y perfectamente iluminado. Sentado detrás de un imponente escritorio de mármol negro, Lorenzo Moretti nos miraba con esa sonrisa cínica y esa elegancia peligrosa que lo caracterizaba. Se veía impecable, vistiendo un traje a medida que ocultaba las cicatrices de la guerra que nos dio la libertad.

—Buenas noches, Camila —dijo Lorenzo, su voz resonando con esa cadencia tranquila del hombre que ahora gobernaba el imperio más grande del hemisferio—. Veo que tus cortafuegos siguen siendo aceptables, aunque me tomó exactamente cuatro minutos saltármelo. Tendremos que mejorar eso si vas a seguir usando la red.

Adrián entró en la cocina en ese instante, moviéndose como un felino. Había dejado a Katia en su cuna y su mirada se fijó de inmediato en la pantalla. Su postura se tensó por puro instinto, pero se relajó al reconocer a su antiguo aliado. Se colocó detrás de mí, apoyando una mano firme en mi hombro.

—Moretti —dijo Adrián, su voz grave cortando el aire—. Dijiste que no volveríamos a hablar a menos que fuera una emergencia de nivel alfa.

—Y lo es, mi querido amigo —replicó Lorenzo, recostándose en su silla y entrelazando los dedos—. Una emergencia de cortesía. Me he enterado de que la pequeña Katia ha dado sus primeros pasos en el exilio. Y en nuestro mundo, un acontecimiento de esa magnitud exige un regalo a la altura.

Lorenzo deslizó un dedo por la pantalla de su tableta y un archivo PDF encriptado apareció en nuestra computadora. Adrián se inclinó, sus ojos escaneando las líneas de datos con esa velocidad cibernética que aún poseía. Vi cómo sus cejas se elevaban, un gesto de genuina sorpresa que rara vez mostraba.

—¿Qué es esto, Lorenzo? —preguntó Adrián.

—Su póliza de seguro de por vida —respondió Moretti, perdiendo por un momento la ironía para hablar con una seriedad absoluta—. Es el blindaje total de sus nuevas identidades. He modificado los registros de nacimiento, los pasaportes internacionales, los historiales médicos y las bases de datos de la Interpol. A partir de hoy, Adrián y Camila Méndez no existen para el sistema; son ciudadanos legítimos, limpios, con un árbol genealógico que se remonta a tres generaciones en el norte del continente. Si el gobierno de los Estados Unidos o lo que queda de las mafias europeas busca sus antiguos rostros, solo encontrarán expedientes vacíos y certificados de defunción sellados por mí.

Me llevé una mano a la boca, sintiendo que una lágrima de alivio rodaba por mi mejilla. Lorenzo nos estaba entregando el regalo más valioso del mundo: la invisibilidad absoluta. La certeza de que el pasado no tenía una sola rendija por la cual regresar.

—¿Por qué haces esto? —inquirí, mirando al nuevo rey de las sombras—. Ya cumplimos nuestra parte del trato. Te entregamos el control de los servidores de Volkov.




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