Cinco minutos en el paraíso.

1

1

Resido en la quietud ficticia del pasillo principal, flanqueada por mi grupo de amigas. Charlamos de naderías, de asuntos tan banales que se disuelven en el aire antes de tocar el suelo. Insisten en asistir a una fiesta en casa de un compañero; al final, accedí bajo el pretexto de que un respiro vendría bien tras el desgaste de una larga jornada de estudio.

A veces solo anhelo aligerar el peso de las horas con algo de alcohol, silenciar este bullicio mental que no cesa. Las tres poseemos un atractivo innegable; más de un muchacho se ha declarado en repetidas ocasiones. Sin embargo, mis ojos y mi lealtad le pertenecen por entero a Laurence, mi novio, el indiscutible capitán del equipo de fútbol.

A pesar de ello, sobrevuela en mí la sombra de una inquietud: la relación parece estancarse entre convocatorias y partidos. Laurence invierte demasiadas horas en el campo, aun cuando le he confesado mi deseo de trazar un proyecto de vida a su lado. Aunque el tema sigue en pausa, aseguró que lo contemplaba con seriedad. Confieso que confío en su palabra, pero su actitud me deja un recelo sordo que, en el fondo, tal vez sean solo paranoias mías.

—¡Ay, Dios! No lo puedo creer. Es… es Alexis Marco… —exclama Susana, con los ojos devorados por el asombo.

Desorientada ante el repentino cambio de atmósfera, procuro integrarme a la dinámica del grupo.

—Eli… Eli, ven rápido, míralo. Es el antisocial que estudia con nosotros. Le está dando una paliza a un tipo. De verdad, ese gusano es de lo peor —masculla Atila, mi otra amiga.

Inclinada de inmediato sobre el teléfono que sostiene Susana, distingo la pantalla. El chico aparece desatando una furia seca contra un hombre maduro, propinándole golpes secos en el rostro con una celeridad pasmosa hasta derribarlo. Lo perturbador no es la violencia en sí, sino su semblante: ni un ápice de expresión, una tez blanca e impermanente que me inyecta una punzada gélida en la boca del estómago. Qué criatura tan salvaje; deberían encerrarlo de por vida.

Fingí un fingido escándalo y guardo silencio. No deseo ningún vínculo con un espécimen así; mientras más distancia medie entre nosotros, mejor. Al percatarme de que hay más miradas clavadas en la pantalla a nuestro alrededor, una fugaz sensación de seguridad me abriga: entre tantos testigos, tal vez el sujeto no repare en mi existencia si llega a cruzarse en mi camino.

—Mierda, esconde el celular, ya viene… —advierte Susana.

Alzo la vista de golpe. Lo veo. Mis pupilas quedan prisioneras de su presencia amenazante.

Es Alexis Marco. Entra al pasillo con el ceño fruncido, abriéndose paso por el centro como si los demás fuéramos meros fantasmas incapaces de disputarle el aire. Nadie osa robarle el protagonismo; camina con el paso frontal de una bestia salvaje que ha avistado a su presa. Esa rigidez en los ojos desata una presión sorda en mi pecho que prefiero bautizar como miedo.

Alexis surca el corredor y las masas humanas se desvían a su paso. Todos esquivan el contacto físico con una prisa instintiva; el pánico colectivo que inspira es de tal magnitud que nadie se atreve a desafiarlo. El apodo que carga sobre los hombros le hace justicia: es un matón de tercera.

Intento desviar la mirada, huir de su frialdad inclemente, de esa atmósfera cargada de un odio soterrado que presagia desgracias. Y, no obstante, debo admitir que viste con una elegancia oscura y magnética: una chaqueta de cuero negro ceñida sobre una camisa formal del mismo tono, pantalones amplios de colores sombríos y botas rudas de suela gruesa. Resulta complejo que un hombre así pase desapercibido; esa combinación de estilo, desdén y reputación obliga a cualquiera a pensárselo dos veces antes de cruzarle una sola palabra.

Alexis Marco se desvanece al fondo del pasillo y la marea de la gente exhala un suspenso compartido. El sosiego regresa a mi torrente sanguíneo, acompañado por un pensamiento fugaz: no debe ser nada fácil habitar su piel.

Al salir de clases, me sumergí en el centro comercial junto a mis amigas con la misión de cazar el outfit perfecto para la noche. Me decanté por un vestido azul oscuro, sutilmente escotado, mientras que ellas optaron por una combinación de faldas y denim.

Dos horas más tarde, me encontré con Laurence. Me avisó que pasaría a recogerme más tarde para ir directo a la fiesta; asentí con docilidad y le obsequié un beso recatado antes de despedirnos.

De vuelta en casa, me regalé un baño interminable de una hora y cuarto para lavar el cansancio y el polvo acumulado del día. Me encasqueté el vestido recién comprado y armé mi maquillaje cuidando hasta el milímetro. Anhelaba la perfección absoluta, por mí y por Laurence, aunque siendo honesta, me seduce demasiado ser el epicentro de las miradas. Quería acaparar el deseo de cada chica y cada chico en esa habitación.

Laurence apareció por mí a las nueve —quizás un par de minutos tarde— y me trepó a su moto directo a la dirección indicada. Apenas puse un pie en el suelo al bajar, dos realidades me golpearon de golpe: una de ellas me sacudió hasta la médula. Ahí estaba Alexis Marco, plantado en el jardín, exhalando el humo de un cigarro con los ojos fijos en mí... o más bien en mis piernas. Me sentí completamente desarmada, expuesta en mi propia piel.

Lo segundo fue la ausencia total de Atila y Susana. Laurence aparcó la moto, me asió de la cintura con esa manía posesiva de marcar territorio y me arrastró hacia el interior. Su toque me repulsó un poco, pero lo dejé pasar; la sola presencia de Alexis en la entrada me tenía el pecho comprimido por el pánico.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.