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Pasaron cuatro largos años antes de que pudiera regresar con la frente en alto y el alma fortalecida, aunque ni por un instante logré borrar a Alexis Marco de mis pensamientos. ¿Acaso me habrá aguardado? ¿Habré habitado sus recuerdos tanto como él los míos? Navegando entre la melancolía y la nostalgia, mi mente permanecía encadenada a la dulce sombra de su memoria.
El pasado nos había esculpido con una huella indeleble pero marcada por un desenlace desgarrador. Amordazada por el peso de mis errores, jamás me atreví a exigir su espera; por el contrario, lo impulsé a rehacer su destino, a continuar su viaje sin quedar atrapado en mi turbulento abismo. El eco de aquella renuncia debió resultar devastador, pues su devoción era pura y sin dobleces.
A pesar de todo, en lo más profundo guardaba la secreta ilusión de ser esperada, de que en su memoria aún latiera aquella velada inolvidable envuelta en su galantería romántica. No niego que anhelaba ser la dueña absoluta de sus latidos, aunque sabía perfectamente que mis anhelos no debían desafiar a la realidad.
Reencontrarme con mis antiguas amigas fue un choque con el tiempo: todas tenían sus vidas hechas, acompañadas por sus parejas y sumergidas en rutinas ajenas a la mía. Aunque intuyo que me invitaron por una mezcla de cortesía y lástima a sus próximas reuniones, acepté por simple amabilidad y para reencontrarme con los rincones de mi ciudad.
Al cruzar el umbral de mi hogar, mis padres me acogieron con ternura, si bien la mirada esquiva de mi padre revelaba que las heridas de antaño aún no cicatrizaban del todo. Decidí no ensombrecerme con ello y proyectar mi energía hacia el futuro. Con mi título universitario en mano, mi prioridad era insertarme en el mundo laboral y madurar, sin despojarme del todo de aquella pequeña chispa de esperanza.
Al caer la noche asistí al encuentro prometido. Elegí un atuendo elegante pero discreto; no buscaba deslumbrar ni competir, pues aquellas vanidades pertenecían al pasado. Mi único propósito era compartir un momento con mis viejas compañeras tras años de distancia, sin la menor intención de abrirme al amor. Al entrar, divise rostros familiares, entre ellos a Laurence, abrazado afectuosamente a una deslumbrante mujer de cabellera dorada. Asumiendo su romance, le solicité un minuto a solas. Él accedió y le ofrecí mis más sinceras disculpas. Pude vislumbrar destellos de dolor y agravio en su mirada —al fin y al cabo, sufrió las consecuencias de mis dudas—, pero me otorgó su perdón, regalándome al fin la paz que tanto ansiaba.
La velada transcurría en calma hasta que, cerca de las diez, el rugido imponente de una motocicleta ahogó la música festiva de la residencia. Segundos después, su figura atravesó la entrada. El mundo se detuvo para mí; la copa resbaló de mis dedos estrellándose contra el suelo. Alexis Marco fijó su intensa mirada en mí, sus ojos centellearon con asombro y vaciló apenas un instante antes de romper la distancia entre los dos. Mi corazón dio un vuelco violento y tuve que tomar aire para no colapsar allí mismo.
—Elizabeth… —pronunció con voz contenida, como si presenciara un espejismo.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios mientras mi fortaleza se desmoronaba. Era imposible resistirse a su magnetismo y a su renovada presencia, resaltada por un impecable traje negro que contrastaba con su tez clara. Tragué saliva buscando formular alguna palabra, pero la emoción me dejó completamente muda.
—Siento que estuve viviendo una mentira desde el día en que te fuiste —confesó con el alma al desnudo.
—Oh, Alexis… —escapó de mis labios en un suspiro tembloroso.
—¿Volverás a marcharte?
—Jamás —respondió mi corazón, acallando a la razón.
Me envolvió en un abrazo protector, sujetándome con firmeza contra su pecho mientras un estallido de júbilo y devoción inundaba mi ser. El anhelo más profundo de mi vida se volvía realidad. La existencia siempre guarda segundas oportunidades; solo es cuestión de saber esperar.
Fin…
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Editado: 26.09.2026