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Las chicas aún no salían de su asombro ante mi hazaña con Alexis Marco; por los pasillos de la facultad no se hablaba de otra cosa, tejiendo mil teorías sobre la audaz chica que se había atrevido a tocar al intocable. Sin embargo, mi realidad distaba mucho de ser sencilla. Si Laurence llegaba a enterarse, mi noviazgo de años se desplomaría en un segundo, y el fantasma de una pelea colosal entre ambos pendía sobre mi cabeza como una espada de Damocles. Aunque Laurence lucía el físico imponente de un atleta, Alexis emanaba una energía peligrosa, un instinto latente capaz de neutralizar a cualquiera. No quería cargar sobre mis hombros con el peso de una desgracia.
Alexis guardaba secretos sobre mí, facetas que yo misma había mantenido ocultas hasta el momento. Debía extremar las precauciones. ¿Desde cuándo me observaba con ese interés? Pero esa incógnita palidecía frente al verdadero dilema que me taladraba la mente: ¿Por qué no me había dicho nada antes? ¿A qué obedecía su violencia? ¿Por qué se comportaba como un lobo solitario? ¿Carecía de amigos? ¿Había alguien más en su vida? La noche anterior, mi mente se había quedado atrapada en su figura mientras intentaba conciliar el sueño, con la desafortunada sorpresa de que el descanso jamás llegó.
Algo inconfesable se había instalado en mi interior, desatado por el eco de aquel beso: una rendición absoluta ante el atractivo de Alexis. El miedo que su presencia me inspiraba no era más que el pavor a no merecer su mirada, un cóctel de vergüenza, timidez e inseguridad ante la posibilidad de su rechazo.
Aun así, el estatus que ostentaba en la escuela me impedía entablar algo formal con él. Por primera vez en mi vida, maldije ser una figura pública en el campus. Esta reflexión me condujo a una dolorosa revelación que me cayó como un jarro de agua fría:
Jamás me había interesado ser la más popular; solo buscaba llamar su atención. Deseaba que Alexis me viera, que me deseara. Y ahora que lo había conseguido, sentía que toda esa farsa social se interponía entre sus brazos y yo. Anhelaba entregarme a sus encantos y convertirme en su chica oficial. Quería que me besara sin importarle clases ni protocolos, que me abrazara al cruzar los pasillos, que ambos encarnáramos la definición pura del amor: yo su princesa, él mi rey.
Pero en ese instante era imposible. Con aquel video circulando en redes, la apuesta de la noche anterior y mi compromiso con Laurence, todo conspiraba en mi contra. ¿Acaso el amor no consistía en demoler barreras y remar a contracorriente? Esa idea me encendía por dentro, dándome el valor para desafiarlo todo, aunque la cruda realidad terminara por desinflarme el entusiasmo.
¿Por qué carecía de una moto o un coche como el de Laurence? ¿Trabajaba además de estudiar? ¿Por qué vivía buscando camorras? ¿Cómo demonios pretendía averiguarlo si apenas podíamos coincidir a escondidas? Las preguntas se agolpaban en mi cabeza hasta provocarme una punzante cefalea. Intenté desconectar, pero ni la música ni la charla con mis amigas lograban arrancarme de esa noche: la voracidad de aquel beso, la intensidad de un encuentro que yo misma había provocado. ¿Se acordaría de mí? ¿Sentiría lo mismo?
—A las diez pasaré por ti esta noche. Prepárate —masculló una voz junto a mí, interrumpiendo mis pensamientos.
Al reconocerlo, el mundo se detuvo y una sonrisa de pura euforia amenazó con delatarme.
—¿Las diez? ¿Acaso soy tu segunda opción? Si no pasas por mí a las siete, búscate a otra.
Él soltó una risa ronca y sorda. De improviso, me asió de la cintura y me hizo girar con firmeza, reconectando nuestras miradas hasta suspender el tiempo.
—Que sean las siete, entonces. Espérame lista; te llevaré a un sitio que merece la pena.
Intenté acortar la distancia para besarlo, pero el eco del campus me devolvió a la cordura. Miré a los lados, comprobando que la zona estuviera despejada; por fortuna, reinaba la soledad. Él me dedicó una sonrisa cómplice, cargada de traviesa complicidad, antes de esfumarse sin decir una palabra más. Me quedé hechizada contemplando su silueta. Si tan solo supiera que tenía mi corazón latiendo a deshora, las cosas marcharían de otro modo.
Me armé para la cita con esmero: una falda corta, una blusa impoluta y mi inseparable chaqueta de cuero. Me sentía radiante y sabía que ese look le encantaría. No le mencioné nada a nadie; mis amigas debían mantenerse al margen de este fuego. A las siete en punto, aguardaba en un parque cercano a casa. Él cumplió con una precisión exacta, enfundado de pies a cabeza en negro: vaqueros oscuros, camiseta ajustada y la mítica chaqueta de la universidad.
Se aproximó sin quitarme los ojos de encima. Le devolví una sonrisa luminosa, un gesto tan impropio de mí que rayaba en lo irreal.
—Vamos, princesa… —murmuró, tomando mi mano para guiarme hacia las afueras del parque, donde una joya clásica aguardaba estacionada: un Camaro de los años sesenta que me dejó sin aliento.
Me abrió la puerta con una galantería impropia de su fama y ocupó el asiento del conductor. Al rugir el motor, quedé tan fascinada que fui incapaz de romper el idílico silencio que envolvió el habitáculo.
Condujo durante minutos hasta sacarnos del bullicio urbano. Aunque los nervios aleteaban en mi interior, preferí no fracturar la magia, dejándome llevar por su rumbo. Lejos de sentirme prisionera, la afortunada era yo; aquella sorpresa prometía ser inolvidable, aunque jamás imaginé la magnitud de lo que me aguardaba.
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Editado: 26.09.2026