Mark estaba sentado en el coche, aferrado al volante como si intentara triturarlo. Los nudillos se le habían puesto blancos y un dolor sordo y pesado le martilleaba las sienes. Se moría por beber algo. Ir ahora mismo al bar más cercano, pedir un whisky doble y olvidarse de la «familia ideal de Estados Unidos» y de la cara de asco de la directora. Pero sabía que andar por los bares en un momento así era peligroso. Si los servicios sociales fijaban una reunión de improvisto y él apestaba a alcohol, se acabaría cualquier posibilidad de adopción.
Necesitaba un consejo. Sacó el móvil y pulsó el número de marcación rápida. El abogado respondió al quinto tono.
—¡Mark! Justo iba a llamarte —la voz de Andréi sonaba seca y profesional—. Malas noticias. He revisado la prensa reciente donde aparece tu nombre. El escándalo tras la pelea en Las Vegas, el coche destrozado, dos multas por exceso de velocidad, el robo de un… ¿tigre?
—Es una larga historia —suspiró, frotándose las sienes—. ¡Y devolví al tigre al zoo!
—Yo no te daría un niño ni aunque me fuera la vida en ello.
—Escúchame, ¡no te pago para que me critiques! Necesito un plan de acción. Y urgente, porque unos yanquis le han echado el ojo a Leo.
—Bueno… entonces empieza por una esposa. ¿Recuerdas que te hablé de una familia completa? Papá, mamá e hijo. En esa ecuación te falta la madre.
—¡¿Y de dónde saco yo una?! —rugió Mark al teléfono, golpeando con fuerza el salpicadero—. ¿La agarro de la mano por la calle?
La vida personal de Mark en los últimos tres años había sido un calidoscopio brillante pero vacío. Modelos que se preocupaban más por el ángulo del selfi que por su relación; chicas de discoteca cuyos nombres olvidaba a la mañana siguiente. Ninguna de ellas servía para ser madre.
—¿Y si contrato a una prostituta? —bromeó sombríamente—. Firmamos un contrato a largo plazo, le enseñamos a sonreír a los trabajadores sociales y a leer cuentos. Saldría más barato que pleitear contra los americanos.
—Nada de prostitutas, Mark —cortó Andréi—. Los servicios sociales no son idiotas; investigarán su pasado hasta la tercera generación. Necesitas a una «santa». Educada, discreta, con una reputación impecable. Una chica familiar, que quiera a los niños y sepa hornear pasteles.
—Esas ya se han extinguido. O están en sus casas viendo series en lugar de ir a mis fiestas privadas.
En ese momento, la pantalla del teléfono parpadeó con otra llamada. Su mánager. Mark cambió de línea irritado.
—Hola, Bestia —retumbó la voz de Víctor—. Te llamo para recordarte que mañana a las diez tienes que estar en el centro de voluntarios.
—¿Dónde?
—En el centro de voluntarios al que tú, idiota, donaste el dinero de tu última pelea.
—Mierda… fue un impulso.
—Pues ya le he echado el hueso a la prensa. Habrá un montón de periodistas planeando sacarte fotos y entrevistarte.
—Víctor, déjame en paz. No estoy para sesiones de fotos. Me quitan a Leo.
—¿Quién es ese? Aunque me da igual…
—¡ES MI AHIJADO! ¡Te he hablado de él mil veces!
—Ah, es verdad… ¡Pues con más razón no puedes faltar! ¿Entendido? —Víctor era la única persona que se permitía gritarle a Mark—. ¡Necesitas relaciones públicas de las buenas! Mañana inauguramos el nuevo comedor en el centro de ayuda para personas sin hogar. Tienes que estar allí con el cucharón, posando para la prensa y pareciendo alguien que se preocupa por los desfavorecidos.
—Vete a la mierda. No tengo humor para eso.
—Y a mí qué me importa. Estarás allí, ¿estamos?
Mark cerró los ojos, apoyando la cabeza en el reposacabezas. El dolor de las costillas volvió a avisar con un pinchazo agudo.
—Vale. Allí estaré.
Lanzó el teléfono al asiento del copiloto. «Una santa», resonó de nuevo la voz del abogado en su cabeza. ¿Dónde demonios iba a encontrar a una mujer así? ¿Poniendo un anuncio? Mark pisó el embrague y arrancó bruscamente, quemando neumático sobre el asfalto justo frente al orfanato.