Mark entró en el apartamento y, de forma instintiva, una familiar sensación de satisfacción le recorrió el pecho. Aquel lugar era su fortaleza: techos altos, ventanales panorámicos a través de los cuales la ciudad nocturna parecía un mar de luces centelleantes, y ni un solo detalle superfluo. Allí él era el amo; allí podía olvidar la tensión del ring y la presión de los periodistas.
Se quitó las zapatillas y caminó hacia el salón, encendiendo solo una luz tenue en la cocina. El ático era perfecto, exactamente como lo había planeado. Un minimalismo costoso, una sensación de espacio y de libertad absoluta.
Pero, al pasar por delante de la habitación que hasta hacía poco llamaba su despacho, Mark se detuvo.
Ahora estaba abarrotada de cajas. Había piezas de madera de una cuna amontonadas, un colchón aún sin desembalar y una caja llena de peluches que había comprado a toda prisa, como si intentara comprarle a Leo un mundo seguro al mismo tiempo. Desvió la mirada de aquel montón hacia su interior sobrio y medido, y sonrió levemente sacudiendo la cabeza.
Hacía apenas un mes, esa habitación estaba llena de equipos para grabar entrevistas y estanterías con sus trofeos. Nunca, ni en sus sueños más audaces, había planeado que un niño se instalaría en su guarida de soltero. Y menos tan pronto. No entraba en su agenda, no encajaba con su estilo de vida, pero ahora, al mirar la estructura a medio montar de la cuna, comprendió que era lo único que tenía sentido.
La idea de que pudieran llevarse a Leo al otro lado del océano, a la lejana América, con desconocidos que no sabían cómo dormía ni a qué le temía, le atravesó de repente con un dolor agudo. Para los funcionarios, Leo era solo una cifra en el sistema. Para Mark, era el hijo de su mejor amigo, el último vestigio de recuerdo que quedaba tras aquella noche terrible.
—No dejaré que te lleven —susurró en el vacío de la habitación, y en ese susurro se percibía una promesa inquebrantable.
Sabía que la rabia por sí sola no bastaba. Pero la impotencia en su interior no le daba tregua. No estaba acostumbrado a sentirse como un perdedor. No podía quedarse sentado a esperar. La única forma de calmar aquel caos mental era agotar su cuerpo hasta que los pensamientos simplemente desaparecieran.
Mark se quitó la camiseta y se dirigió a su gimnasio privado.
Allí no tuvo piedad de sí mismo. Empezó con el saco pesado, asestando golpes con tal fuerza que las cadenas tintineaban contra el techo. El ojo derecho le latía, las costillas le dolían, pero no se detuvo. Diez asaltos. Veinte. Luego pasó a las pesas: press de banca, sentadillas con una carga que casi hacía combarse el suelo.
Trabajó hasta que las manos le empezaron a temblar y la vista se le nubló por el agotamiento. Al final, satisfecho, se desplomó en el suelo del gimnasio, respirando con dificultad. El espejo de enfrente reflejaba su cuerpo: lleno de moratones, arañazos, agotado y roto. Casi igual que su alma.
A la mañana siguiente, la alarma sonó como un disparo, rasgando un sueño pesado y sin imágenes. Mark abrió los ojos y se quedó unos segundos mirando al techo, recordando por qué le dolía todo el cuerpo como si hubiera pasado la noche bajo una prensa. Pero el hábito fue más fuerte que el cansancio. Veinte minutos después ya estaba corriendo por el paseo marítimo, golpeando el asfalto con sus zapatillas y quemando los restos de la rabia de ayer. Después, una ducha gélida, un desayuno rápido y un café cargado.
El viaje al centro de voluntarios le parecía un camino al cadalso. El establecimiento estaba en un viejo distrito industrial. Era un edificio de ladrillo de una sola planta, con paredes desconchadas y pesadas puertas de hierro. Por dentro olía a humedad, a detergente barato y a algo agridulce: ese olor a pobreza que es imposible de ventilar.
Víctor ya lo esperaba en el porche, consultando nervioso su reloj.
—Llegas tres minutos tarde —soltó el mánager a modo de saludo—. Tienes mejor aspecto de lo que esperaba. Quítate las gafas cuando entremos. La prensa necesita ver tus ojos "sinceros".
—No me des órdenes. ¿Cuánto tiempo tengo que aguantar aquí? —Mark se ajustó el cuello de la chaqueta con desagrado—. Este sitio es deprimente.
—Una hora. Sonríe, asiente y haz como si te importara. Trabaja para tu reputación, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo...
Víctor casi lo arrastró por la fuerza al interior y lo empujó hacia la larga mesa de reparto de comidas. Mark sentía asco. Le irritaban las aglomeraciones, los empujones de la gente en la cola y los flashes de las cámaras tras las espaldas de los periodistas, que ya habían empezado su caza del encuadre perfecto. Se sentía como un oso de circo obligado a bailar por un terrón de azúcar.
—Coge el cucharón y sirve este manjar —susurró Víctor, señalando una enorme olla de sopa de verduras.
—Soy un mecenas, no un camarero —gruñó Mark.
Pero Víctor no le escuchaba. Le puso un delantal y se lo anudó a la cintura.
—¡Te queda bien! —se rió—. Vamos. La gente espera su sopa.
—Vete al carajo. Me las pagarás —susurró Mark entre dientes como respuesta.
Mark suspiró y volvió a sonreír para una foto. Luego agarró el mango metálico del cucharón e intentó llenar el primer plato. Pero sus dedos resultaron demasiado torpes para un trabajo tan delicado. Inclinó el cucharón bruscamente. El líquido caliente salpicó fuera del borde, inundando la mesa y casi alcanzando a un anciano de la cola.
—Mierda... —masculló Mark, sintiendo cómo le sudaba la nuca bajo el objetivo de las cámaras. Los periodistas se animaron, captando su torpeza. Parecía que eso les interesaba mucho más que la beneficencia en sí.
Agarró un paño e intentó limpiar la mesa. La tela se empapó rápidamente de caldo grasiento, pero el charco no disminuía. Por dentro, Mark empezaba a hervir de irritación. Estaba a punto de mandar aquel dichoso buffet al diablo e irse cuando sintió un ligero movimiento a su lado.