Combate por el título de padre

2.1

Mark no podía apartar los ojos de ella. Era la antítesis de todo lo que lo había rodeado en los últimos años: nada de brillos falsos ni sonrisas forzadas para las cámaras. Su apariencia desprendía una sinceridad casi dolorosa: un peinado sencillo que dejaba al descubierto la delicada línea de su cuello y unos rasgos suaves que parecían casi infantiles. Sin embargo, tras todo aquello, en su mirada se percibía una fuerza interior. Se movía sin prisas, con una economía de gestos envidiable, como si cada movimiento formara parte de algo mucho más importante que el simple hecho de servir sopa.

Era "luz". En aquel lugar polvoriento y cargado de desesperanza, ella parecía una aparición: pura, auténtica y tan alejada de su mundo de escándalos y cotilleos que solo servía para alimentar el interés de Mark.

Se hizo a un lado y apoyó la cadera en el borde de la mesa, observándola sin disimulo. Ahora que se fijaba mejor, veía con qué paciencia escuchaba a cada persona que se acercaba por comida. A veces tocaba el hombro de un anciano o asentía con dulzura a una mujer que murmuraba algo entre dientes. Mark estaba intrigado. No actuaba para el público; ella era así de verdad.

—¿Vas a hacer algo más o vas a quedarte ahí plantado como un monumento a ti mismo? —siseó Víctor, acercándose por un lado.

—Esa chica —Mark no se volvió, siguiendo con la mirada cómo ella cortaba el pan con cuidado—, ¿quién es? ¿La conoces?

Víctor observó con escepticismo a Emma, quien justo en ese momento se dio la vuelta porque alguien del personal la llamó desde el otro extremo de la sala. Dejó el cuchillo y desapareció por el pasillo. Mark tuvo que contenerse para no salir corriendo tras ella.

—Una voluntaria cualquiera —bufó Víctor—. No es para nada tu tipo.

—Eso es precisamente lo que me atrae… —Mark finalmente giró la cabeza, y en sus ojos se encendió ese fuego frío que siempre aparecía antes de tomar una decisión definitiva—. Necesito un expediente sobre ella. Completo. Dónde vive, con quién se relaciona, a qué se dedica cuando no está aquí repartiendo rancho. Todo lo que puedas conseguir.

Víctor dio un paso atrás, mirando fijamente al boxeador.

—¿Te has vuelto loco? ¡Soy mánager deportivo, no detective privado! ¡Mi trabajo son los contratos, los patrocinadores y el ring, no espiar a voluntarias de refugios! Si quieres conocerla, acércate y ya está. ¿Desde cuándo eso es un problema para ti?

—Esto es distinto… Esa chica no es para mí.

—¿Ah, no? ¿Y para quién es?

—Para Leo… O mejor dicho, para su adopción.

Víctor se cruzó de brazos.

—No me metas en eso —declaró—. Lo que no tenga que ver con dinero o deporte no es asunto mío.

Mark dio un paso al frente, acortando la distancia al mínimo. Su imponente figura bloqueó la visión de la sala para Víctor, cortándole cualquier vía de escape.

—Lo vas a hacer —la voz de Mark era baja, pero cargada de una exigencia tan absoluta que el mánager enmudeció—. Me importa un bledo tu cargo. Encuéntrame todo lo que puedas para esta noche. Si es la adecuada... esto resolverá mis problemas de custodia y podré volver antes al deporte. Nos conviene a los dos.

Víctor suspiró profundamente, cubriéndose los ojos con la mano. Conocía ese tono de Mark: el tono de alguien que no acepta un "no" por respuesta.

—Está bien —masculló finalmente el mánager, sacando el teléfono—. Veré qué puedo hacer…

Mark decidió no perder el tiempo. Agarró una pesada caja de platos sucios, fingiendo estar ocupado, y se dirigió al pasillo por donde se había ido la chica hacía unos minutos. El olor a humedad allí era más intenso, y las paredes, cubiertas de pintura vieja, resultaban aún más opresivas.

Ella estaba junto al fregadero, quitando la grasa de unas bandejas metálicas. Mark se detuvo a unos pasos, observándola trabajar. ¡Menuda Cenicienta! ¿Por qué la gente aceptaba un trabajo tan desagradable si ni siquiera les pagaban? Mark jamás haría algo así voluntariamente, a menos que fuera para limpiar su karma o saldar cuentas con Dios. Pero… él vivía bastante bien con sus pecados.

—Oye —se aclaró la garganta para no asustarla—. Gracias por la ayuda de antes… Me llamo…

La voluntaria se giró, secándose las manos en el delantal. Su mirada se detuvo un instante en sus nudillos magullados y luego subió a su rostro.

—Mark Rotar —dijo ella, y en su voz no había ni rastro del nerviosismo que solía mostrar la gente al conocerlo—. Sé quién es usted. Hoy se habla más de su presencia aquí que de la llegada del convoy humanitario.

Dio un paso adelante y le tendió la mano. Su palma estaba fresca y el apretón fue inesperadamente firme.

—Emma —se presentó por fin.

Mark no le soltó la mano de inmediato; se quedó inmóvil, escrutando sus ojos. Ahí terminaron los preliminares y fue directo al grano.

—Emma —dejó la caja en el borde de una mesa—. ¿Estás casada?

La chica retiró la mano como si se hubiera quemado. Un destello de temor cruzó su mirada. Retrocedió un paso, intentando refugiarse de nuevo en su tarea.

—Es una pregunta muy extraña viniendo de un desconocido, señor Rotar —su voz se volvió gélida—. Y es algo que no le incumbe en absoluto.

Mark sonrió levemente. Su reacción le había dicho todo lo que necesitaba saber: estaba soltera. Una mujer casada no habría tenido motivos para ocultarlo así.

—Vale, perdona. La franqueza es mi defecto profesional —se apoyó en el marco de la puerta—. Entonces, otra cosa: ¿te gustan los niños?

Emma se quedó quieta; su tensión disminuyó un poco, dando paso a algo cálido y sincero.

—Soy educadora de formación, aunque nunca he ejercido —respondió en voz baja, y una nota de tristeza asomó en su voz—. Siempre cuidaba de mis sobrinos. Supongo que es lo único que sé hacer realmente bien.

Lo miró fijamente, como intentando descifrar qué se escondía tras aquella conversación tan atípica.

—En el centro corrían rumores sobre un nuevo proyecto para huérfanos... ¿Es usted quien lo patrocina? ¿Quiere que participe en él?




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