A las diez de la mañana, Mark estaba frente a las macizas puertas del orfanato… y sentía náuseas. Era una sensación extraña, casi irracional; la adrenalina pulsaba en su sangre igual que antes de subir al ring, pero ahora todo su interior se encogía de puro terror. Antes de un combate, conocía a su rival, sabía sus puntos débiles y su técnica de golpeo. Hoy, en cambio, se enfrentaba a algo mucho más complejo: tenía que convencer a una mujer a la que apenas conocía para que participara en una farsa que cambiaría su vida para siempre. Se ajustó el cuello de la chaqueta, comprobando por enésima vez si su aspecto resultaba lo bastante "fiable", e intentó calmar los latidos desbocados de su corazón.
Emma no llegó tarde. Caminaba con paso firme, pero la mirada con la que recibió a Mark estaba cargada de cautela.
—¡Buenos días! —dijo ella, sonriendo con tanta calidez que pareció que el sol brillaba con un poco más de fuerza sobre sus cabezas.
—Hola —la voz de Mark sonó algo ronca; tuvo que aclararse la garganta. Dio un paso hacia ella, intentando refrenar su habitual brusquedad y aire de dominio—. Gracias por venir.
Emma se detuvo, ladeando ligeramente la cabeza.
—Insistió tanto que era difícil decir que no. ¿Vamos a hablar con la dirección del centro?
Mark sonrió levemente, midiendo sus palabras.
—Hoy no. Primero voy a hablarte de mi proyecto. O mejor dicho… te lo voy a mostrar.
Ella dudó solo un instante antes de asentir.
—Está bien. Pero tengo el tiempo limitado, debo volver al centro antes del almuerzo.
—Intentaré no demorarte.
Entraron. Mark iba delante, sintiendo sobre sí las miradas inquisitivas de los educadores. El pasillo estaba lleno de sonidos: de las habitaciones llegaban risas cristalinas mezcladas con llantos y el alboroto de los juegos infantiles. Emma se detuvo sin querer. Sus hombros, hasta entonces tensos, se relajaron de golpe. Se quedó paralizada ante una puerta desde donde se oía el trote de unos piececitos, y por un momento su rostro cambió: la desconfianza desapareció, dejando paso a una ternura pura, casi dolorosa. Miraba hacia la puerta como si fuera un portal a otra dimensión.
—Ayer mencionaste que nunca habías ejercido tu profesión —comenzó Mark, intentando entablar una conversación que no sonara a interrogatorio—. ¿No tuviste la oportunidad o te faltaron ganas? ¿Te gustaría volver a ello?
Emma miró un dibujo en la pared, donde una mano infantil había trazado un sol.
—Hubo circunstancias personales. A veces la vida dicta sus propios cambios... ¿Y usted? ¿Siempre soñó con el boxeo?
Mark se detuvo ante la puerta de la sala de visitas.
—Sí. Llevo en esto desde niño… Era un chico difícil, así que en primero de primaria me metieron a deportes. Esperaban que así me convirtieran en alguien civilizado.
—¿Funcionó?
—No mucho.
Abrió la puerta, dejándola pasar primero. Emma entró y echó un vistazo alrededor.
—¿Y bien? ¿Dónde están los materiales de su proyecto? Esperaba ver una presentación o algo parecido…
—Mi proyecto ya viene hacia aquí —sonrió Mark—. Oigo su voz.
Un momento después, una educadora entró en la sala llevando a Leo de la mano. El niño se detuvo primero en el umbral, parpadeando desconcertado. Pero al ver a Mark, su rostro se iluminó al instante con una amplia sonrisa y, soltándose de un tirón, corrió hacia él.
—¡Ma! —exclamó el pequeño con alegría.
El boxeador, olvidándose de Emma por un segundo, alzó al niño en brazos. Leo lo rodeó con fuerza por el cuello, hundiendo la nariz en su hombro.
—¿Cómo estás, campeón? —Mark puso la palma de la mano para que el niño chocara su puñetazo—. ¿Has desayunado hoy?
—Sí.
—¿Te lo has comido todo?
El niño sacudió la cabeza.
—Solo come pan —comentó la educadora en tono de reproche—. Tenemos que meterle la papilla con calzador.
—¿Podría dejarnos solos un momento? —preguntó Mark, ignorando el comentario.
—Sí, claro —asintió la mujer—. Tengo mil cosas que hacer. Avíseme cuando me necesite.
Mark finalmente levantó la vista hacia Emma. Ella estaba descolocada y no podía ocultar su asombro.
—Te presento a Leo —Mark se tensó un poco, consciente de que estaba poniendo todas sus cartas sobre la mesa. Dejó al niño en el suelo y este, tras dar unos pasos vacilantes, se detuvo junto a Emma, observándola con sus ojos grandes y curiosos—. Esto no es un proyecto para huérfanos en sentido general. Es… mi propio dolor personal.
—¿Es su hijo? —pronunció ella.
—No… no exactamente.
Le contó todo brevemente: el terrible accidente, la muerte de Denіs y Maya, y cómo los servicios sociales ya estaban preparando los papeles para enviar a Leo con unos adoptantes en Estados Unidos. Cada una de sus palabras estaba cargada de una desesperación imposible de ocultar.
—No puedo ser su tutor. Porque este maldito sistema no entrega niños a hombres solteros —su voz se volvió sorda, casi un susurro—. No me darán al niño mientras no tenga una familia. Una familia estable, completa.
Emma se acercó. Leo, interesado en su nueva conocida, le tendió la mano. Emma le tomó la manita con delicadeza y el niño le sonrió de inmediato con total confianza.
—Es tan dulce… —susurró ella, mirando al pequeño con una tristeza tal como si sintiera su dolor como propio—. Pero no entiendo, Mark. ¿En qué puedo ayudar yo? Solo soy una voluntaria. No soy trabajadora social ni abogada. ¿Cómo puedo influir en la decisión de la comisión?
Mark respiró hondo, mirándola fijamente a los ojos. Sabía cómo iba a sonar aquello. Sabía cómo se veía desde fuera: cínico y absurdo. Pero no existía otra salida.
—Te lo pido por favor —dijo, y por primera vez en su voz no hubo una exigencia, sino un ruego real, sin filtros—. Cásate conmigo.