Emma salía por las puertas del orfanato y cada paso le causaba un dolor profundo en el alma. Aún tenía grabada la imagen de Leo: la forma en que le tomaba la mano con confianza, cómo ladeaba la cabecita con curiosidad. Era tan pequeño, tan indefenso, que ni siquiera la protección de un hombre tan poderoso como Mark parecía suficiente. Sentía un deseo desesperado de ayudar a ese niño, pero el precio que Mark pedía le resultaba inasumible. No podía vender los restos de la libertad por la que tanto había luchado. Ni siquiera por un fin tan noble. Simplemente, no le quedaban fuerzas.
Llegó al centro de voluntarios en modo automático. Subió a la segunda planta y abrió la puerta de su habitación.
Era su minúsculo refugio, un asilo que había negociado a cambio de interminables horas clasificando ayuda humanitaria. Antes había sido un depósito de trastos y productos de limpieza, por lo que la comodidad brillaba por su ausencia. El mobiliario era mínimo: una cama estrecha cubierta por una manta gris áspera, un viejo escritorio con las esquinas desconchadas y una mesilla de noche donde cabían todas sus pertenencias. Era un lugar angosto, oscuro y frío, pero Emma se obligaba a ignorar las carencias.
Dio un paso hacia la cama, con la intención de desplomarse y cerrar los ojos, pero se quedó petrificada. Sobre la manta había un sobre blanco. Parecía un objeto extraño, esterilizado y pulcro en medio de aquel interior miserable. Su nombre en el frente estaba escrito con una caligrafía familiar: demasiado perfecta, demasiado segura. Sin dirección de remitente. Sin sellos.
El aire en la habitación se volvió espeso como la brea. Emma sintió un sudor frío y pegajoso recorriéndole la espalda. Conocía esa letra. La había visto en listas de la compra, en tarjetas de felicitación y en los documentos que su ex guardaba en la caja fuerte.
Sus dedos empezaron a temblar traicioneramente. Intentó varias veces levantar el borde del papel para mirar dentro, pero sus uñas solo arañaban el sobre sin fuerza. Finalmente, el papel cedió. Dentro solo había una pequeña hoja.
Emma la desdobló. Las letras negras estaban trazadas con la misma pulcritud sádica:
“¿De verdad pensaste que podrías esconderte?”
Todo empezó a dar vueltas ante sus ojos. Sintió que un nudo invisible le apretaba la garganta, sin dejarle siquiera margen para gritar. Soltó la nota y esta, como en cámara lenta, descendió hasta el suelo, junto a sus pies. Cada pared de aquella pequeña estancia, que hasta hacía un minuto era su fortaleza, pareció volverse transparente de repente. Su escondite había sido descubierto. Él lo sabía. Él la había encontrado.
Emma salió corriendo de la habitación, casi sin sentir los escalones de madera bajo sus pies. Corrió hacia la ventana y miró hacia el aparcamiento. Sentía que cada transeúnte en la calle era su exnovio.
Intentó calmar el pánico y recobrar la compostura. No lo logró del todo, pero al menos recuperó el habla. Bajó al almacén, donde encontró a la encargada. La mujer, absorta revisando las listas de alimentos, ni siquiera levantó la cabeza al principio.
—Perdone —la voz de Emma tembló y se mordió el labio al instante—. ¿No sabrá… quién ha entrado en mi habitación? Había una carta sobre la cama.
La encargada finalmente la miró, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz.
—Ah, sí, vino un mensajero hace como una hora. Un chico muy educado, en bicicleta. Preguntaba por ti, pero como no estabas, recogí el sobre. Pensé que sería algo urgente de papeleo y lo subí yo misma —se detuvo al notar la palidez en el rostro de la chica—. Emma, ¿pasa algo? Estás como si hubieras visto a un fantasma.
—No, todo… todo está bien —Emma se obligó a relajar las manos, pues las uñas se le clavaban dolorosamente en la palma—. Gracias por subirlo.
—De nada.
Se dio la vuelta y regresó. Cerró la puerta con el pestillo, una protección frágil que ahora se antojaba una burla. Sacó la maleta. Tenía que desaparecer otra vez. Recoger las cosas, salir por la puerta de atrás, cambiar de número, de ciudad, de nombre. Ese ciclo interminable de miedo volvía a arrastrarla al fondo.
Se dejó caer en el suelo, junto a la cama. La nota seguía destacando en blanco sobre el piso. “¿De verdad pensaste que podrías esconderte?”. Esas palabras pulsaban en sus sienes como una cuenta atrás. No, sola no podría lograrlo. Él estaba obsesionado. Para él, esto era como un juego. La encontraría en cualquier sótano, en cualquier refugio. Sus huidas solo servían para aumentar su entusiasmo por la caza.
Y entonces, la imagen de Mark apareció ante sus ojos. Sus hombros anchos, su mirada segura y esa fuerza implacable que poseía. “Todo lo que desees”, le había dicho en el orfanato. Y ella solo deseaba seguridad. El estatus de esposa de una figura pública, alguien a quien no se puede abordar así como así, podía dársela.
Aquel matrimonio podía ser su chaleco antibalas. Su salvación.
Emma se levantó bruscamente. Sus manos seguían temblando, pero en sus movimientos había una resolución febril. Cogió el teléfono. Buscó el número desde el que la habían llamado la noche anterior. Solo sonaron dos tonos antes de que descolgaran.
—Diga —resonó la voz baja y tensa de Mark.
Emma cerró los ojos. Sabía que en ese instante estaba matando lo que quedaba de su orgullo, pero al mismo tiempo, estaba comprando una oportunidad para vivir tranquila.
—Mark, soy Emma —inspiró, intentando que su voz sonara firme—. Acepto. Me casaré con usted.