Combate por el título de padre

7.

Cerca del Registro Civil, Mark tuvo que reducir la velocidad; había tanta gente que su coche apenas podía abrirse paso entre los cortejos de otras parejas. La entrada principal estaba atestada: satén blanco, flores brillantes, risas y destellos de cámaras. Las parejas felices, rodeadas de una multitud de familiares e invitados, parecían decorados de otro universo paralelo. Mark fingió no notar la tristeza con la que Emma observaba todo aquel alboroto y giró por un callejón, dirigiéndose hacia una discreta puerta metálica de la entrada de servicio.

Allí los esperaba el abogado, Andréi, un hombre con un traje gris anodino y una carpeta que parecía una extensión de su propio cuerpo. Un hombre que cobraba por hora lo suficiente como para, tras un solo caso como el de la custodia de Leo, permitirse no trabajar durante años.

—Emma, este es Andréi —asintió Mark brevemente, ayudándola a bajar del coche—. El hombre gracias al cual hoy no estamos en esa cola esperando por un sello y una copa de champán. Es mi abogado y asesor legal.

El hombre saludó con frialdad y les indicó con un gesto que entraran. Recorrieron un largo pasillo adornado con molduras de estilo rococó y terminaron en un despacho vacío. Allí no había ni rastro de solemnidad. Olía a papel y a muebles viejos de la época soviética.

—He hecho los arreglos según lo planeado —empezó Andréi, extendiendo los documentos sobre la mesa—. Sin testigos, sin funcionarios del registro en el despacho durante el procedimiento. Todos los asientos registrales se realizarán al instante bajo mi control personal. Mañana estará listo el certificado de convivencia familiar.

Se detuvo y miró fijamente a Emma a través de sus gafas. Su mirada era fría y analítica.

—Emma, antes de que estampe su firma, debo recalcar una vez más: este es un acuerdo jurídico de extrema responsabilidad. No es una mera formalidad para la custodia; es un paquete completo de obligaciones, incluidos aspectos patrimoniales y reputacionales. Cualquier violación de la confidencialidad conlleva...

—Vaya, deja de dramatizar —le interrumpió Mark, notando cómo palidecía Emma—. Ella ya lo sabe todo. No hace falta que la asustes con términos legales. No estamos aquí para eso.

Acercó un bolígrafo a Emma y señaló la carpeta abierta.

—Vayamos al grano. Solo indícale dónde tiene que firmar.

Se sentaron a la mesa uno frente al otro, y en ese instante la atmósfera del despacho se volvió definitivamente seca y profesional. La formalización de su matrimonio se parecía más, por su solemnidad, a la firma de un contrato de compraventa inmobiliaria o a una transferencia de acciones que a la creación de una familia. El roce de las hojas, el clic del costoso bolígrafo de Andréi y el pesado tictac del reloj de pared: esa fue toda su marcha nupcial.

De repente, Mark sintió una punzada de remordimiento. Comprendía que cualquier chica, independientemente de las circunstancias, merece en el fondo de su alma una boda de cuento, un vestido blanco y votos sinceros. Y Emma, en lugar de un cuento, recibía un despacho anticuado y presión legal.

Inesperadamente, cubrió la mano de ella con la suya. Su mano estaba helada.

—Emma —dijo en voz baja, mirándola directamente a los ojos—. Entiendo que esto no es para nada lo que las princesitas sueñan de niñas. Siento que tenga que ser así. Créeme, algún día tendrás una fiesta de verdad. Y tendrás un novio que será un millón de veces mejor que yo.

Emma se quedó inmóvil un segundo, sintiendo el calor de su mano grande, y luego esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—No eres tan mal novio —respondió ella—. No te quites mérito.

Tomó el bolígrafo con decisión, acercó el papel y estaba lista para firmar, pero en el último momento su mirada se detuvo en un punto del documento. Emma recorrió las líneas con la vista, las leyó de nuevo y su mano se congeló sobre la hoja.

Apartó el documento a un lado y miró inquisitivamente al abogado.

—Aquí dice que mantengo mi apellido de soltera —observó—. Pero quiero tomar el apellido de mi marido. Si Mark no tiene inconveniente, por supuesto.

Mark levantó las cejas con sorpresa. No esperaba tal iniciativa por su parte; en su mente, Emma querría conservar intacta al menos una parte de su vida anterior.

—Eso creará trámites innecesarios —intervino Andréi, ajustándose las gafas—. Cambio de pasaporte, número de identificación fiscal, tarjetas bancarias... Para un matrimonio ficticio, cambiar el apellido no es obligatorio en absoluto. Solo complicará nuestro trabajo.

Pero Emma no apartó la mirada. Enderezó la espalda y su voz cobró una firmeza inesperada.

—Queremos que el consejo de tutela y la prensa crean en la sinceridad de nuestros sentimientos. Si Mark y yo tenemos el mismo apellido, nuestro matrimonio resultará más verosímil.

Mark se encogió de hombros, mirando al abogado con una ligera sonrisa. Su lógica era irrebatible, y aquella repentina determinación incluso empezaba a gustarle.

—Por mí, de acuerdo. Si quiere llevar mi apellido, que así sea. Al fin y al cabo, es su elección.

Andréi se limitó a suspirar profundamente, demostrando con todo su semblante que no le entusiasmaba que se rompiera su plan perfecto. No obstante, se levantó en silencio, fue hacia la impresora y un minuto después depositó un formulario nuevo.

—Bien. El apellido cambiará a "Rotar" —sentenció—. Firmen aquí y aquí.

Mark se aclaró la garganta con torpeza y sacó de la cajita la alianza más fina.

—Espero haber acertado con la talla… —murmuró para sus adentros.

Tomó la mano derecha de Emma. Intentaba actuar con la mayor cautela posible, como si temiera hacerle daño sin querer. El anillo se deslizó suavemente por su dedo. Y en el momento en que tocó la piel, Mark notó que a la chica se le ponía la piel de gallina.

Emma tomó la segunda alianza.

—¿Nos saltamos los votos? —dijo con ironía mientras colocaba el anillo en el dedo de Mark.




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