Cómo amar a un géminis sin perderlo en el intento

Prólogo - Cómo se pierde a un Géminis

Advertencia:
No intentes retener a un Géminis.

Porque cuando lo haces, no solo pierdes a la persona: pierdes la magia, el aire, la risa y la calma que te sostenían sin que lo notaras.

Y cuando un Géminis se va, no vuelve. No por orgullo... sino porque entendió que tú nunca supiste entenderlo.

Ella era diferente.

No por lo que decía, sino por cómo miraba el mundo.

Tenía esa mezcla de razón y locura que solo una mente brillante puede sostener; la capacidad de hablarte de todo y hacerte sentir que la vida era más ligera solo por estar a su lado.

Su risa era hogar.

Su silencio, un espejo.

Yo creí que la conocía.

Creí que su forma libre de amar era falta de compromiso, cuando en realidad era honestidad pura.

Ella me eligió sin promesas, sin cadenas, sin miedo.

Y yo, que no entendí lo que eso significaba, terminé destruyendo lo único real que había tenido.

Aquel día discutimos.

No importan los motivos. Fueron pequeños, pero mi ego los hizo gigantes.
Ella quiso hablar, pero yo necesitaba ganar.

Y en ese intento absurdo por tener la razón, la perdí.

Se marchó en silencio, con los ojos llenos de decepción.

Yo, en vez de buscarla, busqué refugio en lo fácil: una copa, una caricia sin alma, el cuerpo de quien nunca significó nada.

Mi mejor amiga...

El error más cobarde de mi vida.

Cuando ella volvió, todavía con lágrimas dispuestas a arreglar lo nuestro, me encontró allí.

No gritó. No lloró.

Solo me miró.

Una sola mirada y supe que era el final.

Un Géminis no hace escenas.

No destruye, no suplica.

Solo entiende.

Y cuando entiende, la puerta de cierra.

Desde entonces, vivo con el eco de su silencio.

Aprendí que amar a un Géminis es un acto de respeto: respetar su mente inquieta, su necesidad de espacio, su manera de procesar el amor a través de la libertad.
No son volubles, son duales.

No son fríos, son protectores de su esencia.

Y cuando aman, lo hacen con todo —pero esperan lo mismo a cambio.

Yo no supe darle eso.

Y en mi torpeza, confundí su independencia con distancia, su calma con desinterés, su verdad con soberbia.

La quise como se quiere a algo que se teme perder... y terminé perdiéndola por miedo.

Hoy entiendo que su amor era aire: no se atrapa, se respira.

Y cuando se contamina, se va.

Ella me enseñó la lección más dura de mi vida: que cuando un Géminis te ama, te entrega su universo, pero si lo traicionas, te borra sin rencor, con la serenidad de quien sabe que el viento no se detiene por nadie.

Yo la perdí.

Y con ella, perdí la versión de mí que era capaz de amar de verdad.

Así que escucha bien esta advertencia, si alguna vez te toca amar a alguien como ella: no confundas su silencio con debilidad, ni su libertad con desinterés.
Porque cuando una Géminis se va, no deja rastros, solo el vacío que tú mismo creaste al no saber sostener su luz.




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