Concédeme un hijo, Alfa

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Capítulo 1: El hombre que no regresó

Morten siempre llamaba dos veces al marco de la puerta antes de entrar.

No importaba que la casa fuera suya. No importaba que Elsa llevara ya cuatro años viviendo allí, ni que lo oyera llegar desde el fondo del sendero, con ese paso largo y despreocupado de lobo que cree que el mundo es un lugar amable. Llegaba, golpeaba dos veces la madera con los nudillos y esperaba a que ella dijera «pasa», como si todavía tuviera que pedir permiso para entrar en su propia vida.

—Es por cortesía —le había explicado el primer invierno, muy serio, mientras ella se reía de él—. Una casa donde te esperan merece que anuncies que has vuelto.

Esa noche, Elsa había dejado el café en el fuego.

Lo había hecho a propósito. Morten se había ido al amanecer, con la armadura de cuero colgada del hombro y esa sonrisa torcida que usaba cuando quería que ella no se preocupara. Le había besado la frente y había dicho: «Volveré antes de que se enfríe el café».

Llevaba horas calentándolo de nuevo. Una y otra vez. Cuando el líquido se volvía amargo, lo tiraba y preparaba otro.

Afuera, la luna empezaba a palidecer. La manada había salido a medianoche en dirección al paso del norte. Se suponía que sería una incursión rápida: recuperar un puesto fronterizo que los lobos del clan rival habían ocupado, dar un aviso y volver. Eso había dicho el Alfa. Eso había repetido Morten.

«Una noche, Elsa. Dos como mucho».

Llevaba ya casi tres.

Se levantó por décima vez y se asomó a la ventana. El bosque estaba inmóvil. Ni un aullido de regreso, ni una sombra entre los árboles. Solo la niebla bajando por la ladera como un animal enorme que respira despacio.

Entonces los oyó.

No fue un aullido de victoria. Elsa había aprendido a distinguirlos: el de victoria era largo, ascendente, casi una canción. Aquel era corto, quebrado, repetido una y otra vez por muchas gargantas a la vez.

Era un aullido de duelo.

La taza se le resbaló de los dedos y se rompió contra el suelo.

No recordaba haber salido de la casa. Solo recordaba el frío en los pies descalzos y la tierra húmeda del sendero, y a las mujeres de la manada formando un pasillo silencioso a ambos lados del camino, bajando la mirada a su paso. Ninguna se atrevía a mirarla.

Eso fue lo que la hizo comprenderlo.

La gente baja la mirada cuando no sabe cómo mirar a alguien que está a punto de romperse.

Los guerreros entraban en el claro principal en fila lenta. Cubiertos de barro, de ceniza, de sangre que no siempre era la propia. Algunos cojeaban. Otros sostenían a los heridos. Y en el centro, cuatro hombres cargaban una camilla improvisada con ramas y capas, cubierta con la capa gris de la manada.

Elsa avanzó hacia ella.

—No —dijo alguien detrás.

No se detuvo.

—Elsa, espera...

Una mano le sujetó el brazo. Ella se zafó con una violencia que no sabía que tenía.

Llegó junto a la camilla. Vio la bota. La reconoció antes que cualquier otra cosa, porque la había remendado ella misma la semana anterior, con una costura torpe y desigual que Morten había jurado que le daba carácter.

Levantó la capa.

Lo primero que sintió fue alivio, un alivio absurdo y brutal, porque su rostro estaba intacto. Parecía dormido. Tenía la expresión de cuando se quedaba traspuesto en el sofá leyendo y ella le quitaba el libro de las manos.

Lo segundo que sintió fue el frío de su mejilla.

—Morten —dijo.

Nadie respiró en todo el claro.

—Morten, ya has vuelto. El café se ha enfriado, ¿lo ves? Te dije que... —La voz se le partió en dos—. Despierta. Por favor. No tiene gracia.

Le tomó la mano. Y fue entonces cuando lo vio: entre sus dedos rígidos, apretado con tanta fuerza que parecía haberse aferrado a él en el último instante, había un pequeño pájaro de madera, a medio tallar. Tenía un ala terminada y la otra apenas esbozada.

Lo había empezado hacía un mes. «Es una sorpresa», había dicho, escondiéndolo cada vez que ella entraba en la habitación. Ella había fingido no verlo, porque le encantaba cómo se le sonrojaban las orejas cuando lo descubría mirándolo.

Elsa soltó un sonido que no se parecía a ningún sonido humano.

Cayó de rodillas junto a la camilla. Se aferró a la capa gris, al pecho inmóvil, a su camisa manchada, y gritó su nombre hasta que le dolió la garganta, hasta que dejó de ser un nombre y fue solamente ruido. Nadie intentó apartarla.

Nadie, excepto uno.

—Basta.

La voz fue baja, áspera.

Elsa alzó la cabeza.

Alfir, el Alfa de la manada, estaba de pie a unos pasos. Tenía el costado izquierdo desgarrado, la camisa negra de sangre seca, y en el rostro esa máscara de piedra que todos temían y nadie había visto agrietarse jamás. Era más alto que su hermano, más ancho, más oscuro. Donde Morten era sol, Alfir era la sombra que proyecta.

Tenía las manos a los costados, y los dedos se le abrían y se le cerraban una y otra vez, despacio, como si todavía sostuviera algo que ya no estaba allí.

—Basta —repitió—. Apártate. Los sanadores deben preparar el cuerpo.

Aquello fue lo que la rompió del todo.

El cuerpo.

—¿Dónde estabas tú? —susurró.

Alfir no se movió.

—¿Dónde estabas? —Se puso de pie despacio, temblando, con las manos manchadas de la sangre de Morten—. Dijiste que sería rápido. Lo dijiste delante de todos. Le dijiste que lo cubrirías. ¡Dijiste que volvería!

—Elsa —murmuró una mujer, aterrada.

—¡Era tu hermano!

La palabra cayó en mitad del claro como una piedra en un lago helado.

Vio algo en los ojos del Alfa. Fue fugaz, apenas un parpadeo, tan rápido que después dudaría de haberlo visto. Una grieta. Un dolor desnudo, sin protección, como el de un animal herido que no sabe de dónde viene el golpe.

Luego la grieta se cerró.

—Lo sé —dijo Alfir con una voz sin matices—. Llevadla a casa.




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