Capítulo 2: Concédeme un hijo, Alfa
Elsa pasó ocho días, desde la sentencia de los ancianos, buscando una salida.
No se permitió llamarlo desesperación. Prefería pensar que era método. Cada mañana se levantaba antes del amanecer, se lavaba la cara con agua helada y salía de la casa de Morten con una lista mental de cosas por intentar. Cada noche volvía y tachaba una.
La primera fue la más fácil de tachar.
Volver.
Se sentó una tarde en el borde del arroyo, con el pájaro de madera en el bolsillo del abrigo, e intentó imaginar su antigua vida. El apartamento pequeño. El trabajo de oficina. Los mensajes de gente que hacía años que no le escribía porque ella se había ido sin explicar nada que pudiera entenderse.
No logró ver su propia cara en esa vida.
Tampoco podía llevarse lo que importaba. Los olores del valle, el cantar de los lobos al caer la noche, la costumbre de buscar la ventana iluminada de una casa que era suya porque alguien la había querido. Eso no cabía en una maleta.
Tachado.
La segunda tardó tres días.
Apelar a los ancianos.
Los buscó uno por uno. A la primera la recibió una criada con cortesía glacial: la anciana descansaba. Al segundo lo encontró en el mercado y le sostuvo la mirada, y él, con un suspiro de hombre cansado, le dijo lo que ya sabía:
—No es personal, niña. Pero si abrimos la puerta a una excepción, mañana habrá diez.
El tercero ni siquiera abrió.
Tachado.
La tercera opción la formuló una noche, de pie frente a la chimenea apagada, y le dio tanto asco que tuvo que sentarse.
Unirme a otro lobo.
Un vínculo nuevo. Un nombre que la protegiera. No había nadie en la manada que se lo fuera a ofrecer, y aunque lo hubiera, la sola idea le revolvía el estómago. Todavía tenía en el armario la camisa de Morten, impregnada de su olor, y no había podido ni lavarla.
Tachado. Tachado. Tachado.
Quedaban cuatro días.
Fue la noche del octavo cuando lo entendió, y no llegó como una idea brillante. Llegó como llega la fiebre: lenta, inevitable, con el cuerpo avisándolo antes que la cabeza.
La ley de los ancianos tenía una excepción.
Solo una. Morten se la había explicado una vez, hacía años, entre risas, mientras le enseñaba a leer los símbolos del viejo códice de la manada.
«La sangre del Alfa lo cambia todo, Elsa. Quien lleva un hijo suyo no puede ser tocada ni expulsada. Es la ley más antigua que tenemos. Ni los ancianos se atreven a enfrentarla».
Ella había bromeado: «¿Y si alguna vez me quedo sola? ¿Le pido un heredero a tu hermano?»
Morten se había reído hasta quedarse sin aire.
«Alfir te echaría de la sala antes de que terminaras la frase».
Elsa se llevó las manos a la cara.
Durante un buen rato no hizo otra cosa que respirar.
Era una locura. Era una traición. Era usar el cuerpo, la memoria y el nombre del hombre que amó para asegurarse un techo. Así lo verían todos. Así lo vería él.
Y aun así.
Si se iba, perdía el valle. Perdía la tumba. Perdía el último lugar donde Morten seguía existiendo.
Si se quedaba como un adorno de luto, esperando que la compasión de los demás alcanzara para toda la vida, sería la sombra de un muerto hasta que se cansaran de ella.
Pero si tenía un hijo...
Un hijo no sería un reemplazo. Sería un futuro.
Se levantó despacio. Cogió el abrigo.
No era amor. No era esperanza. Era la única puerta que quedaba abierta, y ella había aprendido, en cuatro años entre lobos, que cuando solo queda una puerta uno no la admira. La cruza.
El despacho del Alfa estaba en la torre norte de la casa principal, al final de una escalera de piedra que olía a humedad y a humo viejo.
Los dos guardias de la puerta se miraron al verla.
—El Alfa no recibe a nadie esta noche —dijo uno.
—Recibirá a la compañera de su hermano —respondió Elsa.
La palabra compañera pesaba distinto en su boca esa noche. Era un título que ya no tenía. Pero ellos no lo sabían decir en voz alta, y esa duda fue suficiente para que uno de los dos entrara a anunciarla.
La respuesta tardó poco.
—Pasa.
La habitación era larga, de techo alto, con una chimenea encendida y estantes llenos de libros que parecían más leídos de lo que ella había imaginado. Al fondo, un escritorio de roble oscuro, cubierto de mapas y papeles. Y detrás, de pie junto a la ventana, con la espalda hacia la puerta, estaba Alfir.
No se volvió de inmediato.
—Supón que vienes a pedirme una prórroga.
—No.
El Alfa giró despacio. Se le notaba el cansancio en los ojos, en la barba de varios días, en la forma en que sostenía un vaso sin beber de él. Pero la espalda seguía recta, el gesto seguía duro, el aire de la habitación seguía siendo suyo.
—Entonces vienes a reclamarme otra vez que no hice nada.
—Tampoco.
—¿Entonces?
Elsa cerró la puerta tras de sí. Respiró hondo. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo.
—Vengo a hacerte una propuesta.
—Te escucho.
Durante un segundo, la frase se le atascó. Pensó en la camisa en el armario. En las dos manos de Morten sobre su cara. En el pájaro en su bolsillo, con una sola ala terminada.
Luego pensó en cuatro días.
—Concédeme un hijo, Alfa.
El vaso se detuvo a medio camino de la boca de Alfir.
No hubo un solo ruido en la habitación. Solo el crepitar de la leña, que de pronto sonaba exageradamente alto.
—Repite eso —dijo él, muy bajo.
—Concédeme un hijo.
Alfir dejó el vaso sobre el escritorio. Lo hizo con un cuidado excesivo, como quien teme romper algo si no controla cada movimiento.
Cuando levantó la mirada, ya no era un hombre cansado.
Era un lobo.
—¿Qué clase de broma es esta?
—No es una broma.