Concédeme un hijo, Alfa

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Capítulo 3: Un acuerdo entre desconocidos

Elsa llegó a la casa principal con una sola bolsa de cuero y la sensación de que la vida le cabía entera en ella.

Había tardado una hora en decidir qué llevarse. Tres vestidos. Dos pares de botas. El abrigo de Morten, doblado con cuidado sobre todo lo demás. Y, en el bolsillo interior, el pájaro de madera con una sola ala terminada.

La camisa que había conservado su olor la metió al fondo, envuelta en un pañuelo, como se esconde un secreto.

Los dos sirvientes que la esperaban en la puerta inclinaron la cabeza al verla. Con respeto. Con un respeto tan exacto, tan medido, que ella comprendió enseguida que era obediencia y no cariño.

—Bienvenida, señora —dijo la mayordoma, una mujer ancha y de rostro severo llamada Berta.

Señora.

Nadie la había llamado así en su vida.

—Soy Elsa —respondió, con la voz más firme que consiguió—. Solo Elsa.

Berta dudó un segundo. Luego asintió, sin que su expresión cambiara, y señaló la escalera.

—El Alfa ordenó que ocupara el ala este.

Cruzaron pasillos largos, de piedra gris, con tapices que olían a polvo y a siglos. Elsa había estado en esa casa un par de veces, siempre de la mano de Morten, siempre de visita. Nunca había subido tan arriba. Nunca había sentido el peso de aquellas paredes sobre la nuca.

La habitación que le asignaron era amplia, de techo alto, con una cama enorme que parecía hecha para alguien mucho más grande que ella y una ventana que daba al valle. Tenía una chimenea ya encendida. Un escritorio. Un armario vacío que olía a lavanda.

—Si necesita algo, solo tiene que llamar —dijo Berta desde la puerta.

—Gracias.

La mayordoma se retiró. Elsa se quedó sola, de pie en el centro de la habitación, sin saber dónde dejar la bolsa.

Todo era demasiado limpio. Demasiado ajeno. No había un solo objeto que le perteneciera, ni un rincón donde apoyarse sin sentir que pedía permiso.

Colocó el abrigo de Morten sobre el respaldo de una silla. Después dejó el pájaro de madera sobre el escritorio.

Parecía diminuto en aquella mesa tan grande.

Fue entonces, al volverse hacia la ventana, cuando vio las marcas.

Estaban en el marco de la puerta, a la altura de sus ojos, casi borradas por el tiempo. Líneas pequeñas, talladas con la punta de un cuchillo. Junto a cada línea, una letra y una fecha.

La primera decía M. La segunda, un poco más arriba, A.

Elsa se acercó despacio y recorrió las marcas con la yema de los dedos. Había más de veinte. Las de la M subían rápido, con un entusiasmo casi insolente. Las de la A iban siempre un paso por delante, y siempre un poco más serias.

La última marca de Morten estaba a la altura de su propio hombro. Tenía trece años cuando la hizo. Junto a ella, con una letra infantil y desigual, alguien había añadido una frase.

Te alcanzo el año que viene.

No había más marcas después de esa.

Elsa retiró la mano como si se hubiera quemado.

No le había preguntado a nadie de quién había sido aquella habitación. No hizo falta. De pronto entendía por qué el Alfa, entre todas las del castillo, la había elegido a ella.

O por qué lo había hecho sin pensar en lo que significaba.

Se quedó mirando la puerta durante mucho tiempo.

La sala de los ancianos estaba llena.

Elsa lo comprobó desde el umbral, con las manos entrelazadas para que nadie notara que le temblaban. Había más gente de la que esperaba: guerreros, familias antiguas, mujeres de la manada con niños en brazos. Todos habían sido convocados al mediodía. Todos se volvieron a mirarla a la vez.

El silencio tuvo un peso físico.

Alfir esperaba en su asiento elevado, con la espalda recta y el rostro sin una sola grieta. A su izquierda estaban los tres ancianos. A su derecha, un poco apartada, con un vestido azul pálido y las manos juntas sobre el regazo, estaba Selene.

Elsa cruzó la sala bajo cientos de miradas. Se detuvo al pie de la tarima, tal como le había indicado Berta, y alzó la cabeza.

—La humana comparece ante la manada —anunció el anciano mayor.

Alfir se puso de pie.

No necesitó alzar la voz. Nunca la alzaba. Cuando habló, el sonido recorrió la sala como un golpe sordo.

—Hace ocho días esta mujer fue condenada a abandonar nuestras tierras, porque el vínculo que la sostenía se rompió con la muerte de quien fue su compañero. La ley se aplicó como corresponde. —Hizo una pausa—. Hoy, en ejercicio de mi autoridad como Alfa, suspendo esa condena.

Un murmullo recorrió la sala.

—Elsa ha sido reconocida bajo mi protección en virtud de un acuerdo de linaje. Si en el plazo de tres lunas llenas lleva en su vientre un hijo mío, la ley de sangre la amparará como madre de mi descendencia. Nadie podrá expulsarla ni dañarla sin desafiarme a mí.

El murmullo se convirtió en rumor. Alguien exclamó algo. Una mujer se llevó la mano a la boca.

—¡Una humana! —gritó una voz masculina desde el fondo.

—¡Alfir, esto es una afrenta al linaje!

El anciano mayor levantó una mano. El silencio volvió poco a poco, resentido.

—Es mi deber señalar —dijo con voz cansada— que ningún Alfa de esta manada ha tenido un heredero con una humana.

—La ley de sangre no distingue especie —respondió Alfir—. Distingue sangre. Si alguno de vosotros conoce otra lectura, que la exponga ahora.

Nadie habló.

—Además —prosiguió el anciano—, tu hermano apenas lleva unos días bajo tierra. Hay quien considerará que...

—No hablaréis de mi hermano en esta sala.

Lo dijo sin levantar la voz, y esa fue la parte que heló a todos.

El anciano cerró la boca.

Elsa lo observó sin parpadear. Había algo en la mandíbula de Alfir, en la manera en que sus dedos se habían cerrado sobre el reposabrazos, que no encajaba con la calma de su voz.




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