Creí que era perfecta para él

2 Caos en mi casa perfecta

La casa quedó en silencio después de que los últimos invitados comenzaron a marcharse. Algunos se acercaron a despedirse de mí con expresiones incómodas y palabras que apenas escuché. Otros evitaron mirarme directamente, como si no supieran qué decir después de lo que acababa de ocurrir. Incluso mi suegra decidió retirarse temprano. Antes de irse me tomó las manos entre las suyas y me aseguró que hablaría con Fabián cuando estuviera sobrio. Yo simplemente asentí. No tenía fuerzas para responder nada. Seguía sentada en el mismo sofá donde me había dejado caer después de la cena.

Las velas del comedor continuaban encendidas. Los arreglos florales seguían ocupando sus lugares. El personal había retirado los platos, pero aún permanecía en el ambiente el aroma de la comida y del vino. Todo lucía exactamente igual que unas horas antes y, sin embargo, sentía que dentro de mí, algo había cambiado, de repente ya no me sentía segura, no tenía certeza de nada.

Camila, mi mejor amiga permanecía sentada a mi lado. Había insistido en quedarse cuando los demás comenzaron a despedirse. De vez en cuando apoyaba una mano sobre mi hombro o acariciaba mi brazo en silencio, como si intentara consolarme sin necesidad de palabras. Yo agradecía su presencia. No estaba segura de querer hablar con nadie, pero tampoco quería quedarme sola con mis pensamientos.

Escuché pasos descendiendo por la escalera principal y levanté la vista. Mi hermano menor, Andrés apareció acompañado por Ámbar, su esposa. Ambos tenían el rostro serio y una expresión de preocupación que me hizo comprender que aquello había sido tan humillante para ellos como para mí.

Mi cuñada fue la primera en acercarse.

—¿Cómo estás, Alejandra? —preguntó con voz suave mientras se sentaba frente a mí.

La pregunta me pareció absurda.

¿Cómo estaba?

Mi esposo acababa de pedirme el divorcio delante de nuestros hijos, nuestras familias y nuestros amigos más cercanos.

Aun así respondí lo mismo que llevaba horas respondiendo.

—Estoy bien.

Nadie pareció creerme. Ni siquiera yo.

Mi hermano suspiró y se pasó una mano por el cabello.

—Fabián se ha quedado dormido. Bebió demasiado. Lo que dijo fue producto de la borrachera.

Aquellas palabras encontraron inmediatamente un lugar dentro de mi cabeza, “Bebió demasiado”. Me aferré a esa explicación con una desesperación que ni siquiera intenté ocultar. Porque necesitaba creer que el alcohol tenía algo que ver con lo ocurrido. Necesitaba pensar que aquella conversación no había sido real.

—Lo mejor es que descanses. Mañana hablarán con tranquilidad y aclararán las cosas.

Aclararán.

Aquella palabra se instaló dentro de mí como un pequeño refugio. Necesitaba que hubiera algo que aclarar, que sólo se tratara de un malentendido. Intenté aferrarme a ello, pero esa noche, mis inseguridades apenas comenzaron a despertar.

Asentí lentamente después de escucharlos, porque aunque estaba consternada, aunque sentía que me faltaba el aire cada vez que recordaba sus palabras, también necesitaba escuchar exactamente lo que mi hermano acababa de decir.

—Tu hermano tiene razón —intervino mi cuñada—. Han estado juntos más de veinte años. Las parejas pasan por momentos difíciles.

—Exactamente —añadió Camila—. No puedes sacar conclusiones esta noche.

Giré el rostro hacia ella. Sus ojos reflejaban preocupación. O al menos eso pensé.

—Fabián te ama, Alejandra. Todos lo sabemos.

Sentí un nudo formarse en mi garganta, porque unas horas antes tenía la certeza de que él me amaba, pero de repente tenía dudas. Y debía esperar horas para aclarar esa situación.

Ya no estaba segura de nada.

Bajé la mirada hacia mis manos. El anillo de matrimonio seguía en mi dedo. La piedra del anillo de compromiso brilló bajo la luz de una lámpara cercana y, de repente, recordé el día en que Fabián me lo entregó. Recordé su sonrisa nerviosa. Recordé las promesas. Recordé la forma en que me juró que envejeceríamos juntos.

Una lágrima cayó sobre mis dedos antes de que pudiera detenerla. Luego otra. Después otra más.

—Alejandra... —susurró Camila.

Negué con la cabeza.

No quería llorar.

No delante de ellos.

No quería convertirme en una mujer digna de lástima.

Toda mi vida había sido fuerte. Había aprendido a resolver problemas. Había aprendido a mantener la calma. Siempre podía encontrar soluciones cuando las cosas salían mal. Pero aquella noche no tenía ninguna solución. No sabía qué hacer. No sabía qué pensar ni qué hacer para que la duda se fuera de mi vida.

Por primera vez en muchos años me sentí completamente perdida.

Ámbar, mi cuñada se acercó y tomó mi mano.

—Todo va a estar bien.

La miré sin responder.

Porque no estaba segura de que fuera verdad. Mi hermano insistió en que intentara descansar. Camila siguió sentada a mi lado. Los escuchaba hablar, pero sus voces parecían llegar desde muy lejos. Mi mente continuaba atrapada en el mismo instante. En el momento exacto en que Fabián se había puesto de pie con una copa en la mano y había destruido más de veinte años de matrimonio con unas pocas palabras.




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