Creí que era perfecta para él

3 Soledad

Ya era muy tarde.

Mi hermano Andrés y su esposa tenían que marcharse.

Ámbar se acercó a mí y me envolvió en sus abrazos. Era una mujer dulce. Habíamos sido amigas incluso antes de que ella se casara con mi hermano. Sentí su perfume y el calor de sus brazos mientras intentaba transmitirme una seguridad que ni ella misma parecía sentir.

—Mañana arreglarás todo con Fabián —dijo en voz baja.

Cerré los ojos durante un instante.

Aquellas palabras eran exactamente lo que necesitaba escuchar. No porque estuviera convencida de que fueran ciertas, sino porque todavía no estaba preparada para aceptar otra cosa.

Intenté sonreír.

—Sí... mañana olvidaremos este asunto.

Mi propia voz sonó extraña.

Forzada.

Como si estuviera interpretando un papel. Andrés me observó durante unos segundos antes de acercarse.

—Llámame si necesitas cualquier cosa.

Asentí.

—Lo haré.

—A cualquier hora.

—Lo sé.

Mi hermano dudó un momento. Parecía querer decir algo más, pero finalmente se limitó a besar mi frente.

—Descansa.

Los acompañé hasta la puerta principal. Desde allí se despidieron de mi amiga Camila.

Ámbar volvió a abrazarme antes de marcharse y Andrés me dedicó una última mirada preocupada antes de subir al automóvil.

Observé cómo las luces del vehículo desaparecían al final de la calle.

Camila seguía allí.

Cuando cerré, ella se acercó inmediatamente.

—¿Quieres que me quede esta noche?

—Gracias, pero no tienes que hacerlo. Tu prometido debe estar esperándote

—Estoy preocupada por ti.

La observé durante unos segundos.

Camila era mi socia y había sido mi mejor amiga durante más de ocho años. Tenía 36. Pese a la diferencia de nuestras edades, compaginabamos muchas cosas, la conocí en un evento de pasarela, ella es diseñadora de modas, en dicho evento vi por primera vez una colección suya. Me encantó y desde entonces hemos trabajado juntas, sus colecciones se venden exclusivamente en mi boutique y en las sucursales

habíamos compartido viajes, celebraciones, lágrimas, nacimientos, pérdidas y secretos. Conocía aspectos de mi vida que ni siquiera mis hermanos conocían.

Y aquella noche, más que nunca, agradecí su presencia.

—Gracias —susurré.

Ella me tomó las manos.

—No tienes que agradecerme nada.

De repente sentí ganas de llorar nuevamente. No pude contener las lágrimas, aunque no sollozé. Ella estaba ahí, sosteniéndome.

Acompañándome.

Exactamente como una mejor amiga debía hacerlo.

Más tarde se marchó. Cerré la puerta principal detrás de Camila y activé la alarma de seguridad como había hecho miles de veces antes. El sonido electrónico confirmó que la casa estaba protegida, pero por primera vez en muchos años no me sentí segura.

Permanecí inmóvil durante unos segundos observando el enorme recibidor iluminado por las lámparas de cristal. El silencio me envolvió de inmediato. Hasta entonces no me había dado cuenta de cuánto ruido hacían las personas. Las conversaciones, las risas, los pasos, las voces. Cuando desaparecieron, la casa pareció transformarse en un lugar completamente distinto. La sala lucía más grande. Los techos más altos. Los pasillos más largos. Todo se sentía frío y distante.

De pronto comprendí que una casa podía estar llena de muebles costosos, obras de arte y objetos hermosos, y aun así sentirse vacía.

Llevé una mano hasta mi pecho. Aquella sensación seguía allí. Pesada. Dolorosa. Como si alguien hubiera enterrado una enorme pieza de hierro en medio de mi corazón.

Respiré profundamente y me obligué a caminar. Subir las escaleras fue mucho más difícil de lo que debería haber sido. Cada escalón parecía pesar una tonelada. Al final del pasillo me esperaba la habitación que había compartido con Fabián durante los últimos años. La misma habitación donde habíamos celebrado cumpleaños, compartido alegrías, llorado pérdidas y hecho planes para el futuro. Un futuro que unas horas antes había dejado de existir. Cuando llegué frente a la puerta sentí deseos de regresar. No quería entrar. No quería ver aquella cama. No quería ver a mi esposo. No quería enfrentar la realidad. Sin embargo, terminé empujando la puerta.

La habitación estaba en penumbra. La única iluminación provenía de una lámpara encendida junto a una pared. Mi mirada fue directamente hacia la cama. Fabián estaba allí, dormido boca abajo, completamente inconsciente. El olor a alcohol impregnaba el ambiente. Lo observé durante varios segundos. Parecía tranquilo. Demasiado tranquilo. Mientras yo sentía que mi mundo se estaba derrumbando, él dormía profundamente. Aquello me provocó un dolor imposible de describir. No era rabia. Todavía no. Era algo mucho peor. Una tristeza profunda y agotadora. La tristeza de descubrir que el hombre que más había amado en mi vida podía destruirme y luego quedarse dormido.




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