Creí que era perfecta para él

5 Desfile

Alejandra.

Decidí ir a la boutique a distraerme. Me di una ducha larga, más por necesidad que por ganas. Dejé que el agua caliente resbalara sobre mi cuerpo mientras intentaba llevarse el cansancio de una noche que prácticamente no había dormido.

Después elegí uno de mis conjuntos favoritos para trabajar: un pantalón blanco de corte recto, una blusa color marfil y un blazer beige. Me maquillé con el mismo cuidado de siempre, ocultando las ojeras bajo una fina capa de corrector. Si algo había aprendido con los años era que, aunque el mundo se estuviera derrumbando, una mujer podía encontrar un poco de fuerza en la rutina.

Me observé por última vez frente al espejo. La mujer que tenía enfrente seguía viéndose elegante. Aunque mis ojos delataban mi tristeza.

Tomé mi bolso, respiré hondo y salí de la habitación. Apenas cerré la puerta, vi a Valentina de pie al otro extremo del pasillo. Llevaba la mochila colgada de un hombro y sostenía el teléfono entre las manos.

—¿Ya te vas? —preguntó con una sonrisa que no logró ocultar su preocupación.

Asentí.

—Quedarme encerrada me agobia.

Ella caminó hasta quedar frente a mí. Durante unos segundos no dijo nada. Solo me observó con esos ojos que desde niña habían sido incapaces de ocultar lo que sentía.

—¿Ya hablaste con papá?

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

Aun así sonreí.

—Sí.

—¿Y?

Su voz apenas fue un susurro.

Le acomodé con ternura un mechón de cabello detrás de la oreja, exactamente igual que cuando era pequeña.

—Todo está bien, mi amor.

Vi cómo intentaba encontrar la verdad en mi rostro.

—¿Segura?

Asentí una vez más.

Valentina suspiró con alivio.

—Sabía que todo iba a arreglarse. Papá nunca haría algo así... no de verdad.

Aquellas palabras me atravesaron el pecho..Quise creerlas con la misma facilidad con que ella las decía.

Quise aferrarme a esa certeza.

Pero ya no podía.

La abracé con fuerza.

Quizá un poco más de lo normal.

Ella me devolvió el abrazo sin hacer preguntas.

—No te preocupes por nosotros —le dije en voz baja—. Todo está bien. Nos iremos de viaje, como de luna de miel.

Sonreí. Luego desvié la conversación.

—¿También vas a salir?

—Si, voy a la casa de Natali.

Valentina besó mi mejilla antes de bajar las escaleras. Esperé hasta que desapareció de mi vista.

Solo entonces dejé caer lentamente la sonrisa. Realmente no me sentía bien por dentro.

***

Me detuve un instante frente a la fachada de la boutique antes de entrar. Aquel lugar siempre había tenido el extraño poder de devolverme la calma. Había nacido de una idea escrita en una libreta vieja, de madrugadas haciendo cuentas y de incontables horas de trabajo cuando todavía no podíamos permitirnos contratar personal suficiente.

Cada lámpara, cada espejo y cada perchero habían sido elegidos por mí. Ahí no era la esposa de Fabián ni la mujer que aparecía en redes sociales hablando de disciplina y amor propio. Ahí simplemente era Alejandra.

Entré y empujé la puerta de cristal.

El delicado tintineo de la campanilla anunció mi llegada. El aroma a flores blancas mezclado con el perfume de las telas nuevas me envolvió de inmediato. Varias clientas recorrían los exhibidores mientras las asesoras las atendían con la amabilidad de siempre. Todo parecía funcionar como cualquier otro día.

Por un instante pensé que quizá eso era justo lo que necesitaba.

Normalidad.

—¡Buenos días, señora Alejandra! —saludó Sofía desde el mostrador de recepción con una sonrisa sincera.

Le devolví el gesto.

—Buenos días.

Dejé el bolso sobre el escritorio y miré alrededor.

—¿Camila ya llegó?

Sofía levantó la vista del ordenador con naturalidad.

—Sí, pero está ocupada en el salón principal.

—¿Tenemos alguna sesión de fotos?

—No, señora.

La muchacha sonrió como si fuera evidente.

—Está con la señora Altamirano.

Sentí una ligera incomodidad.

—¿La señora Altamirano?

Es la tía de Fabián, esa señora siempre fue la bruja de mi cuento de hadas

—¿Escuché bien? ¿La señora Altamirano? ¿La tía de mi esposo?

—Sí

—¿Qué está haciendo aquí?

—El desfile privado.

La miré sin comprender.

—¿Qué desfile?

La sonrisa de Sofía desapareció poco a poco.

—¿No... no lo sabía?

Negué lentamente con la cabeza.

La joven pareció arrepentirse de haber hablado.

—La señora Altamirano pidió un desfile exclusivo para elegir los vestidos de la gran fiesta de bienvenida de la señorita Mariana.

Sentí que el aire se detenía un segundo dentro de mis pulmones.

—¿Qué fiesta?

—La señorita Mariana regresó del extranjero. La señora Altamirano quiere hacer una recepción enorme. Invitó a empresarios, políticos, prácticamente a toda la ciudad.

No respondí.

Mi mente había dejado de escucharla en cuanto pronunció aquel nombre.

Mariana.

Hacía años que no lo oía.

Tantos, que casi había olvidado su existencia.

Sofía continuó hablando sin notar el cambio en mi expresión.

—Dicen que llevaba muchísimo tiempo viviendo en Europa. La señora Altamirano quiere que todo salga perfecto y la señorita Camila está supervisando personalmente la selección de los vestidos.

Mariana. La ex novia de Fabián, terminó con ella y se casó conmigo.

Y Lucrecia Altamirano nunca me aceptó, para ella solo soy una cazafortunas. Quería que Mariana, la hija de su prima, fuera la esposa de Fabián.

—¿Señora Alejandra?

La voz de Sofía me devolvió al presente.

—Perdón…

Parpadeé varias veces.

—¿Desde cuándo se organizó todo esto?

—Hace dos días.

Sentí un ligero vacío en el estómago.

Dos días, Camila organizó el desfile para mi enemiga y la mujer que luchó por el amor de mi marido.




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