Camila regresó al salón para continuar con Lucrecia.
—Voy a atenderla, veré qué vestidos piensa llevar.
Se fue, la puerta se cerró. Nuevamente volvió el silencio.
Yo permanecí unos segundos inmóvil, observando la puerta. Sentía un calor incómodo recorriéndome el cuerpo, como si la rabia me hubiera subido lentamente desde el estómago hasta la garganta.
Estaba enojada. Sentía que la sangre hervía en mis venas.
Estaba muy enojada.
Con Camila, porque había organizado aquel desfile sin decirme una sola palabra. Sí, tenía la excusa de mi cumpleaños, de no querer preocuparme, de evitarme un mal rato con Lucrecia Altamirano. Pero ninguna de esas razones lograba convencerme.
También con Fabián.
Él había sido quien llevó a Lucrecia hasta mi boutique.
No era tan ingenua como para creer que aquello había ocurrido por casualidad. Conocía demasiado bien a esa mujer. Lucrecia Altamirano jamás movía una pieza sin un propósito.
Jamás.
Durante años había logrado mantenerla lejos de mi casa, de mis hijos y de mi matrimonio. Ella nunca ocultó el desprecio que sentía por mí. Los primeros años de matrimonio me hizo la vida imposible, pero aprendí a pelear y a defenderme. Logré alejarla.
Ahora estaba en mi edificio.
Sentada en primera fila.
Observando los diseños de mi empresa como si aquel lugar también le perteneciera.
Respiré hondo.
Necesitaba alejarme de ahí antes de perder el control. Salí de dónde estaba. Entré en mi oficina.
—¿Podrías prepararme un té, por favor? —le pedí a mi asistente apenas asomó la cabeza.
Ella asintió sin hacer preguntas.
Comencé a caminar de un lado a otro.
No podía quedarme quieta.
Mis pasos me llevaron hasta la pared del fondo, donde colgaban tres enormes fotografías de nuestras campañas más importantes. En cada una aparecía una de las modelos más reconocidas de la boutique luciendo los vestidos que habían convertido aquella colección en un éxito.
Las había contemplado cientos de veces. Aquella mañana apenas podía verlas.
Me detuve frente al escritorio y apoyé una mano sobre la madera. Sin darme cuenta, comencé a tamborear con las yemas de los dedos.
El sonido era casi imperceptible, pero marcaba el mismo ritmo acelerado con el que latía mi corazón.
Mi mirada cayó sobre el teléfono.
Lo tomé.
Busqué el nombre de Fabián.
Durante unos segundos mantuve el dedo suspendido sobre la pantalla.
Quería llamarlo y preguntarle por qué había llevado a Lucrecia a la boutique. Quería saber desde cuándo conocía el regreso de Mariana.
Quería preguntarle si todo aquello tenía alguna relación con las palabras que me había dicho la noche anterior.
"Ya no quiero seguir casado."
Cerré los ojos.
No.
Si lo llamaba en ese momento, no conseguiría respuestas. Solo terminaríamos discutiendo. Y eso… eso era lo que seguramente Lucrecia estaba buscando.
Dejé lentamente el teléfono sobre el escritorio y me llevé una mano a la frente. Lo peor no era Lucrecia, ni siquiera Mariana, lo peor era esa sensación que no dejaba de crecer dentro de mí.
Desde la noche anterior había dejado de sentir que caminaba sobre terreno firme. Y cuando una pierde esa certeza, empieza a desconfiar incluso de las cosas que antes parecían más simples.
***
Respiré hondo antes de salir de la oficina. Decidí ir al salón, debía supervisar lo que estaba sucediendo.
Durante unos segundos estuve a punto de regresar. Lo más sensato era dejar que Camila terminara de atender a Lucrecia y evitar una confrontación innecesaria.
Pero inmediatamente deseché la idea. No, ¿Por qué tendría que esconderme? Aquella era mi boutique. Había trabajado demasiado para levantarla como para sentirme una extraña dentro de ella.
—No tengo por qué esconderme de esa bruja —murmuré entre dientes.
Enderecé los hombros y caminé hacia el salón principal. Las ayudantes permanecían junto a lucrecia y Camila. Estaban junto a los percheros.
Lucrecia Altamirano ocupaba el centro de la escena. Sostenía un vestido largo color verde oliva con ambas manos y observaba cuidadosamente el bordado del escote mientras su asistente permanecía a su lado esperando instrucciones.
Fue la primera en notar mi presencia. Levantó la vista y una sonrisa elegante, demasiado calculada para ser sincera, apareció en su rostro.
—Alejandra, qué sorpresa verla hoy por aquí.
—Es mi boutique, ¿por qué te parece extraño verme aquí?
—Humm, me dijo Fabián que estarías descansado el fin de semana.
Había suficiente ironía en su voz para dejar claro que aquella no era una bienvenida. Sonreí con la misma cortesía.
—Lo que sí es sorpresa es verla en mi boutique.
Lucrecia dejó escapar una risa breve.
—¿Tu boutique?
Deslizó nuevamente la mano sobre la tela del vestido antes de responder.
—También es de Fabiancito. Después de todo, hace meses él invirtió en esta empresa. ¿Pensaste que no lo sabía?
Sentí cómo la mandíbula comenzaba a tensárseme.
—Eso no lo convierte en el dueño. Esta boutique la fundé yo.
—Con dinero de Fabián.
La miré fijamente.
—No. La fundé con mi propio dinero. ¿Ya se le olvidó que durante años Fabián ni siquiera pudo tocar la fortuna de su familia?
Por un instante la sonrisa de Lucrecia desapareció. Solo un instante.
—Por tu culpa. Sabes perfectamente por qué mi hermano tomó esa decisión. Fabián necesitaba madurar antes de administrar semejante patrimonio.
Guardó silencio unos segundos y luego añadió con absoluta tranquilidad:
—Pero eso quedó atrás. Ahora todo le pertenece a él.
Su mirada recorrió lentamente el salón.
—Y también parte de esta boutique.
Crucé los brazos.
—¿Qué es lo que quiere, Lucrecia?
Ella dejó el vestido sobre el perchero con toda la calma del mundo.