Lucrecia y los que estaban con ella salieron de la boutique. El chofer abrió la puerta trasera del sedán negro con la precisión de quien había repetido aquel gesto miles de veces.
Lucrecia subió sin mirar a nadie. Esperó a que su asistente ocupara el asiento contiguo y, en cuanto la puerta se cerró, rompió el silencio.
—¡Maldita naca! ¿Quién demonios se cree esa mujer para hablarme de esa manera?
Tenía tenso el rostro. Las mejillas se le habían teñido de un rojo apenas perceptible, pero suficiente para delatar una furia que rara vez permitía salir a la superficie.
—Jamás, jamás nadie me había echado de un lugar como acaba de hacerlo.
El asistente permaneció unos segundos en silencio antes de hablar con cautela.
—Parece que la esposa del señor Fabián no es consciente de quién es usted, señora.
Lucrecia dejó escapar una risa seca.
—No. Es simplemente una vulgar. Una simple creadora de contenido que se cree la gran cosa divulgando su vida por internet. No sé cómo Fabián puede soportarla. Mi hermana y mi cuñado se deben estar revolcando en la tumba.
Volvió el rostro hacia la ventanilla mientras el automóvil comenzaba a alejarse de la boutique.
—Lleva años creyéndose una reina porque tiene una boutique elegante y un apellido respetable. Negó lentamente con la cabeza. Como si hubiera construido algo por sí misma.
Su voz destilaba desprecio.
—Esa boutique existe gracias al dinero que mi cuñado terminó dejando en manos de Fabián. Qué conveniente que, apenas recibió su herencia, la carrera de esa mujer comenzara a despegar.
El asistente asintió con discreción.
—Muchos piensan lo mismo, señora.
—Porque es la verdad.
Lucrecia acomodó con calma un pliegue inexistente de su falda. Poco a poco la ira iba transformándose en algo mucho más peligroso: serenidad.
—¿No va a hacer nada al respecto? —preguntó el asistente.
Una sonrisa lenta apareció en el rostro de Lucrecia. Era la expresión de alguien que acababa de encontrar el pretexto que llevaba tiempo buscando.
—Por supuesto que haré algo.
Guardó silencio unos segundos, disfrutando de aquella idea.
—Esto no va a quedarse así.
Levantó la vista hacia el espejo retrovisor y le habló al chofer:
—Ramírez.
—¿Sí, señora?
—Lléveme a la oficina del señor Fabián.
—Enseguida.
El automóvil cambió de carril con suavidad. Lucrecia volvió a mirar por la ventanilla. La boutique quedó atrás.
—Alejandra cree que ganó una batalla —Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible.
***
Alejandra.
El silencio regresó a la boutique apenas la puerta se cerró detrás de Lucrecia y su séquito.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra. Las modelos comenzaron a quitarse los vestidos que aún tenían puestos. El ambiente seguía cargado por la tensión que aquella mujer había dejado a su paso.
Camila fue la primera en romper el silencio.
—Ale.
Su voz sonó preocupada.
La miré y comprendí que seguía sosteniendo entre los brazos los tres vestidos que Lucrecia le había arrojado con aquella humillante indiferencia.
Me acerqué y los tomé para dejarlos cuidadosamente sobre una mesa.
—No vuelvas a permitir que nadie te trate así.
Camila bajó la mirada.
—No fue para tanto.
La tomé suavemente del brazo.
—¿No fue para tanto? ¿Viste la manera en que te lanzó los vestidos? Como si fueras su esclava.
Ella soltó un suspiro.
—Yo puedo soportar eso, Alejandra. Lo que realmente me preocupa es lo que esa señora pueda hacerle a la boutique.
Sonreí con tranquilidad, procurando transmitir una seguridad que en ese momento aún sentía.
Enderecé el cuello y acaricié distraídamente la tela de uno de los vestidos.
—No te preocupes, Camila —Me observó con atención—. Lucrecia Altamirano no haría nada contra la boutique.
—¿Estás segura?
Asentí convencida.
—Sería hacerse daño a ella misma. Esta boutique también representa una parte de Fabián. Atacarla sería perjudicar los negocios de su propio sobrino.
Negué despacio con la cabeza.
—Sé que no se atrevería.
Camila no parecía compartir mi optimismo. Permaneció unos segundos en silencio antes de preguntar:
—¿Y qué vas a hacer cuando el señor Fabián se entere de lo que pasó?
No necesité pensarlo.
—Lo de siempre. —sonreí con resignación—. Le diré que no quiero que Lucrecia siga metiéndose en nuestras vidas y, mucho menos, en mi negocio. Él sabe perfectamente que nunca nos hemos llevado bien.
Mi respuesta pareció tranquilizarla un poco. Entonces recordé algo.
La miré con una sonrisa mucho más cálida.
—Y tú deja de preocuparte por esos vestidos. Sé que era una oportunidad importante que Lucrecia mostrara tus diseños durante esa fiesta. Si la perdiste por mi culpa, me haré cargo de conseguirte algo mucho mejor que esa bruja. Te lo prometo.
Ella soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
—No me preocupa mi éxito, Ale.
Sus ojos recorrieron el salón.
Todo aquello que ambas habían construido durante tantos años.
—Lo único que me importa es el bienestar de la boutique. Las dos la levantamos desde cero y las dos la amamos.
Sentí un nudo en la garganta.
—Y así seguirá siendo.
Miré alrededor con orgullo.
Aquellas paredes guardaban años de sacrificios, noches sin dormir, colecciones que habían nacido de nuestras manos y sueños que parecían imposibles cuando empezamos.
Sonreí con una seguridad que, en ese momento, era absoluta.
—No voy a permitir que Lucrecia meta sus tentáculos aquí.
Camila me devolvió la sonrisa.
Y, por un instante, las dos creímos que aquel era un problema que todavía podíamos controlar.
***
La sala de juntas permanecía en silencio mientras una presentación avanzaba sobre la enorme pantalla instalada al fondo.