Alejandra.
Transcurrió la mañana. A pesar del desagradable episodio con Lucrecia, la boutique seguía llena de vida. Varias clientas habían salido felices con los trajes que adquirieron y eso bastaba para recordarme por qué tantos años de esfuerzo había valido la pena.
Regresé a casa antes de las doce. Abrí la puerta y entré, no me imaginé que allí estaba Fabián.
—¿Mamá?
Levanté la vista. Valentina descendió por la escalera con el teléfono en la mano.
—Hola, preciosa. Regresaste temprano.
—Si, es que Natali no se sentía bien, creo que tiene un virus.
Me acerqué para besarle la frente.
—¿Cómo te fue?
Sonreí.
—Largo de contar.
Ella rió.
—Entonces mejor me lo cuentas durante la cena.
Iba a responder cuando una puerta se abrió a mis espaldas.
Volteé.
Fabián salió de su estudio.
Se había quitado el saco, las mangas de la camisa las tenía remangadas hasta los antebrazos y el nudo de la corbata ligeramente aflojado. Sin embargo, no fue eso lo que llamó mi atención.
Fue su expresión. Me observaba con una seriedad poco habitual.
Fruncí ligeramente el ceño.
—No sabía que estabas en casa.
Él caminó hasta quedar frente a mí.
—Necesito que hablemos.
Su tono era tan seco que incluso Valentina dejó de sonreír.
—¿Sobre qué?
Fabián sostuvo mi mirada apenas un segundo.
—Sobre lo que le hiciste a mi tía.
Una risa incrédula escapó de mis labios.Crucé lentamente los brazos.
—Ah. Qué raro —Asentí con ironía—. Ya te fue con el chisme.
Fabián respiró hondo.
—No es un chisme.
—Claro que fue.
—Alejandra...
—¿Qué te contó esta vez?
¿Que llegué convertida en un monstruo? ¿Que la eché sin motivo?
¿O inventó una historia todavía mejor?
Valentina desvió la mirada, incómoda. Luego comenzó a subir nuevamente las escaleras, pero al llegar al rellano se detuvo.
—No necesito inventar nada —dijo Fabián con firmeza—. Ella quería comprar varios vestidos para la fiesta de bienvenida de Mariana. Me dijo que todo iba perfectamente hasta que llegaste y la humillaste delante de todo el mundo.
Sentí cómo la sangre me hervía.
—¿Y también te dijo cómo lanzó los vestidos sobre Camila, como si fuera una esclava?
Él guardó silencio. Negué con amargura.
—Claro que no. Eso no convenía para su papel de víctima.
Fabián soltó un largo suspiro.
—Alejandra, mi tía solo quiere ayudar en el negocio.
No pude evitar reír y me crucé de brazos.
—¿Ayudar?
—Sí. Quería que los vestidos estuvieran en la fiesta. ¿Sabes cuántas personas importantes van a asistir? Empresarios, políticos, artistas. Tú misma me has dicho muchas veces que quieres que la boutique siga creciendo. Ahí tenías una oportunidad extraordinaria, pero la desechaste.
Lo miré sin poder creer lo que escuchaba.
—Pues no me interesa absolutamente nada que venga de tu tía. —El rostro de Fabián se endureció aún más.
—No seas inmadura, Alejandra.
Aquellas palabras me golpearon como una bofetada. Lo miré fijamente.
—¿Me estás llamando inmadura?
—Sí. Llevamos años arrastrando el mismo problema, mi familia por un lado y tú por el otro, ya estoy harto. —Abrí los ojos con incredulidad.
—¿Acaso ya olvidaste todo lo que tú tía me hizo? ¿Olvidaste cómo intentó separarnos? ¿Las humillaciones? ¿Las mentiras? ¿Los desprecios de tu madre?
Fabián sostuvo mi mirada.
—Es el pasado.
Negué con fuerza. Sentí que mis ojos comenzaron a humedecerse.
—No. Es precisamente ese pasado el que no quiero que vuelva a entrar en mi vida.
—No va a volver.
Bajó el tono de voz y se acercó a mí.
—Han pasado muchos años. La gente cambia. Es hora de que tú también cambies.
Sentí un vacío extraño en el pecho.
Nunca lo había escuchado hablar de esa manera.
—Estoy cansado —continuó— de que nunca estés presente en una reunión de mi familia. Cada cumpleaños, cada Navidad, cada celebración termina igual. Siempre tengo que dar una explicación por tu ausencia.
Lo interrumpí de inmediato.
—Porque no quiero acercarme a esa familia.
—Pues eso tiene que terminar. Es mi familia.
Su voz fue firme, inapelable.
—Ahora que soy el presidente del grupo Altamirano, necesito que mi familia esté unida.
Lo observé fijamente.
Por primera vez en muchos años, tuve la incómoda sensación de que no estaba hablando con el hombre que siempre terminaba poniéndose de mi lado.
Era como si, de un momento a otro, Fabian hubiera empezado a creer que el problema era yo.
—¿Y qué tiene que ver tu presidencia con mi boutique?
Mis manos comenzaron a temblar.
Hacía tantos años que no discutía con mi esposo, que por un instante sentí que habíamos retrocedido dos décadas.
Recién casados peleábamos constantemente por culpa de su madre y de Lucrecia. Aquellas mujeres habían convertido nuestro matrimonio en un campo de batalla, hasta que, con el paso de los años, Fabián y yo aprendimos a ponerles límites.
Creí que esas heridas habían cicatrizado. Creí que ese capítulo de nuestras vidas había quedado atrás para siempre.
Pero en ese momento, cada palabra que salía de la boca de mi esposo era como una pala hundiéndose en un dolor que yo creía sepultado.
Durante años viví convencida de que mi hogar estaba blindado. Que, pasara lo que pasara afuera, Lucrecia jamás volvería a cruzar la puerta de mi matrimonio. Pensé que habíamos construido una fortaleza imposible de derribar.
Sin embargo, mientras lo miraba defenderla con tanta firmeza, una idea comenzó a abrirse paso dentro de mí. No era Lucrecia quien estaba derribando los muros que tanto nos había costado levantar. Era Fabián.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí miedo de que alguien volviera a entrar para destruir la paz que tanto nos había costado construir.