Creí que era perfecta para él

9 Mirando el cielo

Alejandra.

Cayó la noche y mi casa quedó sumida en un silencio que me resultó completamente desconocido.

Todas las luces estaban encendidas. Iluminaban la fachada, los jardines y las distintas áreas del interior de la casa.

Desde el ventanal de la sala contemplé cómo la luz cálida se derramaba sobre las áreas verdes mientras el resto del vecindario comenzaba a dormir. Era extraño. Mi casa seguía pareciendo el escenario de una fiesta, pero yo no tenía nada que celebrar.

Mishel había salido con unas amigas. Antes de irse me dio un beso en la frente y me dijo que volvería a las once. Mateo se quedó en la casa de campo con sus amigos. Supuse que ninguno de los dos tenía ganas de regresar a una casa donde el ambiente se había vuelto tan pesado. No podía culparlos. Y Fabián... ni siquiera sabía dónde estaba.

Varias veces miré el teléfono, deseé llamarlo. Bastaba con marcar su número para preguntarle dónde estaba o cuándo pensaba regresar, pero no reuní el valor suficiente para hacerlo. No era orgullo lo que me detenía, sino miedo. Miedo de que no respondiera. Miedo de que respondiera y descubriera en su voz la misma frialdad con la que me había pedido el divorcio la noche anterior.

Samanta apareció en el comedor mientras terminaba de ordenar algunas cosas. Llevaba muchos años trabajando conmigo. Era una mujer cercana a los sesenta, discreta y cariñosa, de esas personas que aprenden a leer los silencios mejor que las palabras.

Me preguntó si iba a cenar. Negué con la cabeza y le dije que no tenía hambre. Me miró como si quisiera decir algo para aliviar mi dolor, pero al final, solo guardó silencio. En sus ojos vi una preocupación sincera.

—Puede retirarse, Samanta.

—¿Está segura, señora Alejandra?

—Sí. Estaré bien.

Las dos sabíamos que era mentira. Aun así, ella decidió respetar mi deseo de quedarme sola. Antes de marcharse me recomendó que intentara descansar. Asentí únicamente para tranquilizarla. Ella se retiró. Me quedé sola.

Comencé a caminar sin rumbo entre la sala y el comedor. Las flores seguían exactamente donde yo las había colocado el día anterior con tanto entusiasmo. Algunas empezaban a marchitarse en los bordes de sus pétalos. Las velas estaban apagadas, los platos habían desaparecido y las copas habían sido retiradas, pero el recuerdo de lo ocurrido seguía suspendido en el ambiente. Cada rincón parecía devolverme una y otra vez las palabras de Fabián.

Me detuve frente al ventanal y cerré los ojos. Apenas había pasado un día. Ni siquiera habíamos podido hablar al respecto como debía ser.

No existía una conversación definitiva ni una decisión legal. Sin embargo, sentía que toda mi vida había comenzado a resquebrajarse.

Una parte de mí insistía en creer que todo podía aclararse, que tal vez el alcohol había exagerado una crisis que aún tenía solución. Pero otra parte, mucho más silenciosa, comenzaba a sospechar que aquello era más profundo de lo que yo quería admitir.

Entré al pequeño bar que teníamos junto a la terraza y me serví una copa de vino. No solía beber sola. Ni siquiera me gustaba hacerlo. Sin embargo, aquella noche necesitaba tener las manos ocupadas en algo para impedir que siguieran temblando.

Salí al jardín y caminé lentamente hasta el área de la piscina. El agua permanecía completamente inmóvil, reflejando las luces de la casa.

Todo era tan hermoso que resultaba casi cruel. Me senté en una de las tumbonas, llevé la copa a mis labios y dejé que el vino descendiera lentamente por mi garganta mientras respiraba el aire frío de la noche.

Levanté la vista hacia el cielo, estaba hermoso, miles de estrellas lo adornaban.

De repente recordé todas las veces que Fabián y yo habíamos estado mirando ese mismo cielo. Cuando no teníamos dinero. Solo nos teníamos a nosotros y a nuestros hijos.

Habíamos imaginado viajes, celebrado aniversarios, hablado de nuestros hijos y de la vida que tendríamos cuando la casa volviera a quedarse solo para nosotros dos.

Pensar en esos recuerdos me produjo una mezcla de ternura y amargura. Qué segura me sentía de nuestros logros mientras él, según sus propias palabras, llevaba tanto tiempo pensando en marcharse.

Cerré mis ojos y analicé mis emociones. Me pregunté hasta qué punto lo iba a soportar. Solo había pasado un día, nada había llegado a su conclusión, nada había sido contundente, sólo había pasado malos ratos, pero eso no significa que mi vida o mi matrimonio estuvieran destruidos.

¿Entonces por qué me sentía así? ¿De dónde salía esa horrible sensación que me hace sentir insegura? ¿Por qué aquella angustia no dejaba de crecer dentro de mí?

Me hice esas preguntas, pero no pude responderlas.

¿Y si realmente está cansado de mí?

Bebí otro sorbo de vino intentando acallar aquellas dudas, pero fue inútil. Poco a poco apareció un pensamiento que traté de rechazar desde el primer instante.

¿Y si hay otra mujer?

Sentí un vuelco en el estómago apenas formulé aquella pregunta. Negué con la cabeza casi de inmediato. No tenía ninguna prueba. Fabián nunca me había dado motivos para desconfiar. Jamás encontré mensajes extraños, nunca ocultó su teléfono cuando yo estaba cerca ni comenzó a llegar tarde a casa con excusas absurdas. Nunca vi nada que justificara semejante sospecha.

Sin embargo, desde el momento en que me pidió el divorcio, aquella posibilidad había encontrado un lugar dentro de mi cabeza.

Comprendí entonces que la confianza era mucho más frágil de lo que siempre había creído. Podían pasar décadas construyéndola, pero bastaba una sola grieta para comenzar a mirar toda la historia con otros ojos.

Las lágrimas empezaron a deslizarse por mis mejillas. No lloré únicamente porque Fabián quisiera dejarme, lloraba porque, por primera vez en más de veinte años de matrimonio, ya no sabía quién era el hombre con el que había compartido mi vida.




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