Creí que era perfecta para él

10 Ropa

Alejandra.

Subí las escaleras con el corazón latiéndome con fuerza. Apenas cerré la puerta de la habitación detrás de mí, respiré profundamente, pero fue inútil. Sentía la rabia ardiéndome por dentro.

Di un suspiro y crucé mis brazos.

De pronto miré hacia mi mesa de lectura y vi el ramo de flores que él me dio en mi cumpleaños. Samanta quizás lo había llevado a la habitación.

—Qué hipócrita.

Comenté con una voz casi inaudible.

Saqué las flores y las tiré en la papelera que estaba a un lado de la mesa. Después saqué la papelera al pasillo.

Miré las flores una vez más y recordé lo feliz que estaba aquella mañana, recordé cuando leí la tarjeta, creyendo que era y seguiría siendo una mujer feliz, realizada. Una mujer que había superado todos los problemas y que ahora solo debía afrontar retos, retos en mi negocio, en mis redes sociales, pero jamás creí que él divorcio tocaría a mi puerta.

"Porque hace mucho tiempo dejé de ser feliz."

Sus palabras seguían retumbando en mi cabeza.

Regresé a la habitación. Abrí la puerta del vestier de Fabián y me quedé inmóvil unos segundos.

Todo estaba exactamente igual que siempre. Las camisas colgaban perfectamente alineadas por colores. Los trajes ocupaban un extremo completo del armario. Sus zapatos permanecían ordenados sobre los estantes inferiores y el perfume que usaba desde hacía años seguía sobre la repisa de cristal.

Era como si nada hubiera cambiado.

Pero todo había cambiado.

Apreté los labios.

No.

No iba a seguir compartiendo mi habitación con un hombre que acababa de decirme que ya no quería compartir su vida conmigo.

Caminé hasta el fondo del vestier, bajé una de las maletas grandes que guardábamos sobre el armario y la llevé hasta la cama. La dejé caer con fuerza sobre el colchón.

Abrí el cierre de un tirón. Después regresé al armario. Tomé el primer grupo de camisas que encontré y las lancé dentro de la maleta sin doblarlas.

Luego otro. Y otro más.

Los ganchos chocaban unos contra otros mientras yo sacaba la ropa con movimientos rápidos y bruscos. Un saco terminó arrugado en el fondo de la maleta. Después una chaqueta. Luego varias corbatas.

Ni siquiera pensaba.

Solo necesitaba sacar sus cosas de aquella habitación.

De pronto escuché abrirse la puerta.

No me detuve. Seguí vaciando el armario.

—¿Qué haces?

La voz de Fabián sonó detrás de mí.

Tomé otra camisa y la lancé dentro de la maleta.

—¿Qué te parece que estoy haciendo?

Él caminó hasta quedar a pocos pasos de mí. Miró la maleta abierta, después el armario medio vacío y volvió a observarme con el ceño fruncido.

—¿Por qué estás metiendo mi ropa ahí?

Solté una risa corta, cargada de amargura.

—Te quieres marchar, ¿no? Pues, te estoy empacando tus pertenencias.

Él permaneció unos segundos en silencio.

—Yo no he dicho eso.

Me giré lentamente para enfrentarlo.

Sentía las manos temblando.

—¿Ah, no? —Lo miré fijamente—. Hace unos minutos me dijiste que llevabas mucho tiempo sin ser feliz conmigo. Borracho me pediste el divorcio delante de nuestras familias y hoy, completamente sobrio, me confirmaste que hablabas en serio.

Señalé la maleta abierta.

—¿Y todavía esperas seguir entrando aquí como si nada hubiera pasado?

Fabián respiró profundamente antes de responder.

—No estoy diciendo eso.

—Entonces explícame qué estás diciendo.

—Solo creo que podemos manejar esto con calma.

Sentí una carcajada escapar de mis labios. No era una risa de alegría. Era incredulidad.

—¿Con calma? —Negué con la cabeza—. Destruyes nuestro matrimonio delante de nuestros hijos, me dices que llevas tiempo pensando en dejarme, ¿y ahora quieres manejar esto con calma?

Volví al vestier, tomé otro grupo de camisas y las lancé con fuerza dentro de la maleta. Ya no cabían.

—No, Fabián. Se acabó.

Él dio un paso hacia mí.

—Alejandra…

—No.

Lo interrumpí levantando una mano.

—Si ya no eres feliz conmigo, entonces deja de fingir. Dejemos de fingir. Agarra tus cosas y vete.

Fabián observó la maleta durante unos segundos. Después volvió a levantar la mirada. Su expresión seguía siendo serena.

—Yo nunca dije que me iba a ir de esta casa.

Aquellas palabras terminaron de romper el poco control que aún me quedaba.

—¿Qué?

—Quiero divorciarme, sí. Pero esta también es mi casa y no me iré.

Lo miré sin poder creer lo que acababa de escuchar. Sentí que algo se desgarraba dentro de mí.

—¿De verdad piensas seguir aquí después de todo lo que me hiciste?

—Hasta que resolvamos las cosas… sí.

Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en las palmas de mis manos.

Durante unos segundos solo pude mirarlo. No reconocía al hombre que tenía delante. No podía creer que él pretendía seguir viviendo bajo el mismo techo.

—¿Cómo que no te vas?

Mi voz resonó con fuerza en toda la habitación. Fabián permaneció inmóvil frente a mí. Su serenidad me resultaba insoportable. Mientras yo sentía que todo mi mundo acababa de derrumbarse, él seguía hablando con la misma calma con la que resolvería cualquier problema de la empresa.

—No me voy porque esta también es mi casa —respondió sin alterar el tono.

Sentí que algo terminaba de romperse dentro de mí.

—¿Tu casa?

Una risa amarga escapó de mis labios.

—¿De verdad tienes el descaro de hablarme de esta casa después de decirme que ya no quieres seguir casado conmigo?

Él respiró hondo.

—No mezcles las cosas.

Lo miré con incredulidad.

—¿Que no las mezcle? ¿Cómo pretendes que no las mezcle, Fabián? Esta habitación era nuestro hogar. Esta casa era el lugar donde construimos una familia. Acabas de decirme que llevas mucho tiempo sin ser feliz conmigo y ahora quieres seguir viviendo aquí como si nada hubiera pasado.




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