Creí que era perfecta para él

11 Recuerdo

Alejandra.

Ninguno de nosotros volvió a decir una sola palabra. Fabián permaneció unos segundos de pie junto a la puerta de la que había sido nuestra habitación. Tenía la maleta en su mano. Su mirada recorrió lentamente la habitación. Se detuvo primero en Valentina, que lloraba sin intentar ocultarlo; después en Mateo, y finalmente en mí.

Por un instante tuve la impresión de que iba a cambiar de opinión. Que iba a decir que todo aquello había sido un error.

Pero no ocurrió.

Valentina rompió a llorar con más fuerza.

—Papá…

Su voz sonó tan frágil que sentí cómo el corazón volvía a encogérseme. Me dolió porque mis hijos, aunque ya eran grandes, no merecían sufrir. Sabía lo que estaban sintiendo, porque también sufrí la separación de mis padres. Ahora revivía ese dolor, pero era yo la que estaba siendo abandonada, después de todo lo que hice por evitar una familia rota… eso dolía más, ver qué nada había funcionado, la historia se estaba repitiendo.

—Hija —dijo Fabián, ella se acercó—. Yo me iré. Luego lo vas a entender. Se que hoy no puedes hacerlo.

Le habló con una voz compasiva, como si con eso fuera a sanar su dolor. Me dio mucha rabia, pero la contuve por dentro, no podía creer que tuviera tantas agallas para romperle el corazón a su propia hija.

Fabián miró a Mateo.

—No se preocupen, su mamá se queda aquí.

—Pero, papá…

Valentina dio un paso hacia él. Las lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas.

—No te vayas.

Vi cómo Fabián tragaba saliva.

Durante unos segundos pareció debatirse entre acercarse a abrazarla o mantener la distancia.

Al final hizo lo segundo.

—Después resolveremos este asunto.

No pude contener una sonrisa amarga.

Negué lentamente con la cabeza.

—¿Resolverlo? Ya lo resolviste a tu modo.

—Después hablamos a solas, Alejandra.

—¿Qué queda por hablar?

Él permaneció callado unos segundos.

—Hay cosas que todavía no te he explicado.

Sentí un vacío extraño en el pecho.

Durante unos instantes estuve a punto de preguntarle cuáles eran esas cosas, pero el orgullo me lo impidió, o quizá el miedo.

Aparté la mirada.

—Ya no quiero escuchar nada.

Fabián bajó ligeramente la cabeza.

Después tomó nuevamente la maleta y caminó hacia las escaleras.

Al pasar junto a Valentina levantó una mano con intención de acariciarle el cabello, pero ella dio un pequeño paso hacia atrás, incapaz de entender si debía abrazarlo o reprocharle todo lo que estaba ocurriendo.

Él dejó caer lentamente la mano.

Aquello me dolió incluso más que nuestra discusión.

Un instante después desapareció por el pasillo. Escuché sus pasos alejarse. Luego el sonido de las escaleras. Después, el ruido lejano de la puerta principal al cerrarse.

La casa volvió a quedarse en silencio.

Valentina ya no pudo contenerse.

Se llevó ambas manos al rostro y rompió a llorar desconsoladamente.

Todo aquello me tenía tensa y rota por dentro, pero no iba a dejarme derribar. Simplemente caminé hacia ella y la abracé con todas mis fuerzas.

Mi hija se aferró a mí como cuando era pequeña.

—Mami —sollozó contra mi hombro—. Dime que él va a regresar.

Cerré los ojos.

Sentí un nudo tan grande en la garganta que apenas podía respirar.

Quería prometerle que todo estaría bien. Que su padre volvería.

Que nuestra familia encontraría la manera de salir adelante.

Pero ya no estaba segura de ninguna de esas cosas. Y no podía mentirle.

Acaricié lentamente su cabello mientras las lágrimas también comenzaban a caer por mis mejillas.

—No lo sé, hija…

Fue lo único que pude decir.

A unos pasos de nosotras, Mateo observó la escena con la mandíbula apretada.

Sus ojos también estaban húmedos, aunque se negaba a llorar. Nos dio la espalda lentamente.

—Yo no pienso verlo… nunca más.

Su voz sonó quebrada. Se fue hacia su habitación.

—Mateo. —lo llamé.

Él no se volvió.

Entró a su habitación y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. El golpe resonó en toda la casa.

Valentina siguió abrazada a mí.

Y mientras acariciaba el cabello de mi hija, comprendí que el divorcio ya no solo había roto mi matrimonio, también acababa de romper el corazón de las dos personas que más amábamos en el mundo.

***

Fabián salió de la casa con la maleta en una mano y el corazón más pesado de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Descendió lentamente los escalones del porche hasta llegar al automóvil. El aire fresco de la mañana golpeó su rostro, pero no consiguió despejar el nudo que sentía en el pecho. Permaneció unos segundos inmóvil junto a la puerta del conductor. Inconscientemente levantó la vista hacia el segundo piso.

Las cortinas de la habitación seguían abiertas. No distinguía con claridad lo que había detrás del cristal, pero aun así permaneció observando la ventana durante unos instantes, como si esperara que Alejandra apareciera de un momento a otro.

Nadie apareció.

Desvió la mirada, abrió la cajuela y colocó la maleta en su interior con un movimiento lento, casi mecánico. Después ocupó el asiento del conductor y cerró la puerta.

El silencio dentro del automóvil resultó extraño. Durante años aquel asiento del copiloto había pertenecido a Alejandra. Ella acostumbraba aprovechar cada trayecto para hablar de la boutique, enseñarle fotografías de nuevos diseños o hacer listas interminables de cosas pendientes para la semana siguiente.

Aquella mañana el asiento permanecía vacío. Introdujo la llave en el encendido, pero no arrancó el motor de inmediato. Sus manos quedaron apoyadas sobre el volante.

Cerró los ojos apenas unos segundos.

Entonces volvieron a su memoria las imágenes de hacía unos minutos.

Valentina llorando desconsoladamente. Mateo plantándose frente a él con la mirada endurecida.




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