Creí que era perfecta para él

12 Mansión

Alejandra.

Aquel domingo fue el más largo de toda mi vida. Fue muy desagradable.

Nunca imaginé que el silencio pudiera doler tanto. Después de que Fabián salió de la casa con aquella maleta, el tiempo pareció detenerse. Las horas transcurrieron lentamente entre habitaciones demasiado grandes y pasillos donde aún resonaban los ecos de nuestra discusión. Cada rincón guardaba un recuerdo suyo. Una fotografía sobre la consola de la entrada, una taza olvidada en la cocina, una revista que había dejado abierta sobre la mesa del estudio.

Intenté distraerme leyendo, pero fui incapaz de concentrarme. Encendí el televisor y lo apagué pocos minutos después. Caminé por el jardín. Entré a la cocina sin hambre. Volví a subir a la habitación.

No encontraba paz en ninguna parte.

Era una sensación difícil de describir. No era solamente tristeza. Era un vacío inmenso, uno que parecía instalarse en mi pecho y extenderse poco a poco por todo el cuerpo. Como si alguien hubiera apagado la luz dentro de mí.

Valentina tampoco salió de su habitación durante varias horas.

La escuché llorar más de una vez.

Quise entrar, abrazarla y decirle que todo iba a estar bien, pero ni siquiera yo estaba segura de creerlo.

Mateo permaneció encerrado en su cuarto. Apenas bajó una vez para servirse un vaso de agua y volvió a subir sin dirigirnos la palabra.

A media mañana sonó el teléfono de Valentina. Escuché su voz desde el pasillo. Primero respondió con desgano. Después comenzó a discutir en voz baja.

Al cabo de unos minutos bajó las escaleras con los ojos todavía hinchados.

—Era la tía Lucrecia —me dijo sin mirarme directamente—. Me recordó que hoy es el almuerzo familiar.

Asentí lentamente.

Lo había olvidado.

O quizá mi mente había decidido borrarlo.

Ese día regresaba Mariana.

Después de tantos años viviendo en Italia, la familia Altamirano había organizado un almuerzo para recibirla.

Valentina suspiró.

—Dice que no podemos faltar.

No respondí.

Sabía perfectamente que Lucrecia jamás aceptaría un "no" como respuesta. Mateo bajó poco después, todavía molesto.

—Yo no pienso ir.

Valentina lo miró con cansancio.

—La tía ya habló con papá.

Dice que él pasará por nosotros.

Mateo resopló con fastidio.

—Qué ganas de perder el tiempo.

Volvió a subir para cambiarse sin ocultar el enojo que todavía sentía hacia su padre.

Los observé alejarse en silencio.

Por un instante imaginé a Fabián sentado a la misma mesa con toda su familia... y con Mariana.

Solo de pensarlo sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Hacía más de veinte años que aquella mujer había desaparecido de mi vida.

Pero bastaba escuchar su nombre para que algunos recuerdos regresaran con una claridad insoportable.

Veintiún años atrás.

Todavía vivía en la mansión Altamirano. No como un miembro de la familia, tampoco como una empleada. El abuelo de Fabián me había llevado desde el campo siendo apenas una joven que había terminado la prepa, para darme una oportunidad que jamás habría tenido en mi pueblo, ir a la universidad.

Yo solo era una muchacha tímida que todavía se asombraba con los enormes jardines, las lámparas de cristal y los interminables pasillos de aquella casa.

Mariana era todo lo contrario.

Había nacido rodeada de privilegios.

Era elegante, hermosa y completamente consciente del lugar que ocupaba dentro de aquella familia. Pero ella y sus amigas me odiaban sin ninguna razón.

Yo, en cambio, solo intentaba no estorbar. Cuando ya tenía dos años en esa mansión, Mariana apareció con varios vestidos sobre el brazo.

Me observó de arriba abajo y sonrió con una mezcla de burla y desprecio. Después lanzó los vestidos sobre mí.

Las prendas cayeron a mis pies.

—Toma, campesina —dijo con una sonrisa arrogante—. Ya no des tanta lástima.

La miré sin comprender. Era una chica inocente, pero jamás me doblegaba ni en dejaba caer con sus humillaciones.

—¿Qué?

—Quédatelos. Seguramente nunca has usado un vestido de diseñador.

Sentí cómo mis mejillas comenzaban a arder.

—No los necesito.

No hice el intento de recogerlos. En ese momento escuché otra voz.

—¿Qué haces, Mariana?

Levanté la vista. Fabián acababa de aparecer al final del pasillo.

Mariana sonrió de inmediato, como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.

—Solo le estoy recordando el lugar al que pertenece.

Fabián frunció el ceño.

Después caminó hasta quedar frente a mí.

—¿Estás bien?

Asentí.

—Sí.

Miré a Mariana.

—Pero dígale que no necesito esto.

Mariana soltó una pequeña carcajada.

—¿Y te atreves a rechazarlos?

Se cruzó de brazos.

—Son vestidos de diseñador, tonta. ¿Con qué piensas acompañar a la abuela a la fiesta? ¿Con esas fachas que usas?

Respiré hondo. Luego me incliné, recogí los vestidos y se los puse en sus manos.

—No se preocupe, Mariana —Le sostuve la mirada—. Yo diseñaré mi propio vestido.

Su sonrisa desapareció.

—Para ti, soy la señorita Mariana.

Antes de que pudiera responder, Fabián intervino.

—Ya basta.

La miró con evidente molestia.

—¿Por qué te ensañas con ella?

Mariana rodó los ojos con fastidio. Luego se acercó a Fabián, le acomodó el cuello de la camisa con excesiva confianza.

—¿Porque eres demasiado bueno con todo el mundo? Debes tener cuidado, algunas personas terminan confundiendo la compasión con pertenecer a esta familia.

Fabián apartó suavemente su mano.

—Déjala tranquila.

Su voz fue firme. Luego volvió la mirada hacia mí.

—Discúlpala.

Sonrió apenas.

—A veces puede ser muy traviesa.

EL PRESENTE

Volví al presente con una amarga sensación instalada en el pecho.

Respiré profundamente mientras observaba por la ventana el jardín completamente vacío.




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