Alejandra.
La tarde de aquel domingo se me hizo eterna.
El silencio se había instalado en cada habitación y, por momentos, tenía la sensación de que podía escucharlo. Mis hijos se habían marchado a almorzar con la familia de Fabián y yo no dejaba de pensar en lo extraño que resultaba que ellos estuvieran sentados en aquella mesa mientras yo permanecía sola en casa.
No sabía qué había ocurrido durante aquel almuerzo. Tampoco sabía si Lucrecia había preparado algo. Quizás todo aquello formaba parte de una guerra que ella había decidido comenzar hacía mucho tiempo y que yo, ingenuamente, había creído terminada.
Lo peor era que ya no sabía si tenía fuerzas para luchar.
Recibí una llamada de mi madre. Su voz sonó preocupada desde el primer momento. Quería saber cómo estaba después de lo ocurrido en mi cumpleaños, si había hablado con Fabián y si las cosas finalmente se habían calmado.
Le mentí. Le dije que todo estaba bien. Todavía no estaba preparada para decirle que Fabián se había marchado de casa. No quería escuchar su preocupación ni responder preguntas para las que yo tampoco tenía respuestas. Sobre todo, no quería pronunciar en voz alta aquello que todavía me parecía imposible.
Mi esposo se había ido.
La sola frase me hacía sentir que estaba hablando de la vida de otra persona. No pude comer. Tampoco pude hacer ejercicio. No pude trabajar, revisar mis redes sociales ni responder comentarios.
Aquello me desconcertaba más que cualquier otra cosa. Durante años había construido una disciplina que me permitía mantener el control incluso en los momentos más difíciles. Mi rutina era casi sagrada.
Pero aquel domingo no pude seguirla.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que mi fuerza de voluntad me había abandonado y que yo estaba a la deriva, sin saber cómo recuperar el control de mi propia vida.
Me puse el traje de baño y salí al jardín. Quizás el agua consiguiera ordenar mis pensamientos.
Me lancé a la piscina y comencé a nadar. Una vuelta, después otra y otra más. Intenté concentrarme en el movimiento de mis brazos, en mi respiración y en el ritmo de mi cuerpo. Quería que el cansancio físico silenciara todo lo demás.
Después de un rato me detuve y me dejé flotar boca arriba.
El agua sostenía mi cuerpo y, a mi alrededor, reinaba un silencio profundo. Solo podía escuchar el murmullo del agua alrededor de mis oídos.
Levanté la mirada hacia el cielo.
Estaba despejado, de un azul intenso, con algunas nubes blancas dispersas. Era hermoso. Y aquella belleza me pareció casi ofensiva.
¿Cómo podía el mundo continuar siendo tan normal cuando mi vida comenzaba a desmoronarse?
Cerré los ojos e intenté respirar profundamente. Necesitaba hablar. Necesitaba que alguien le dijera que todo iba a estar bien.
Pensé en todas las veces que había hablado frente a una cámara sobre proyectos de vida, sobre cómo reconstruirse después de una crisis y sobre la importancia de no permitir que las circunstancias determinaran nuestro futuro.
Qué ironía.
Ahora era yo quien no sabía cómo decirle a mi propio corazón que continuara latiendo con normalidad.
Salí de la piscina, tomé una toalla y me senté en una de las tumbonas. Busqué el teléfono y llamé a Camila.
No respondió.
Recordé que los domingos acostumbraba desconectarse del teléfono y descansar. Siempre había admirado esa capacidad suya para poner límites, pero aquel día solo conseguí sentirme todavía más sola.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Ya ni siquiera tenía ganas de nadar.
Me senté en la tumbona y me quedé mirando el agua. Sentí como un abismo que se abrió en mi pecho y las lágrimas comenzaron a salir.
No pude detenerlas.
Recordé las promesas de Fabián. Aquellas palabras que durante años había considerado parte de nuestra historia.
Siempre estaremos juntos.
Envejeceremos juntos. Pase lo que pase, nosotros podremos con todo.
¿Cuántas veces me las había dicho? ¿Cuántas veces las había creído?
Me cubrí el rostro con ambas manos.
Quizás algunas de aquellas palabras no habían sido falsas cuando las pronunció. Quizás él también las había creído. Pero eso no cambiaba el hecho de que ahora ya no sabía qué significaban.
Lloré durante un largo rato.
Y, por primera vez desde que todo había comenzado, me permití reconocer algo que había intentado negar durante todo el día.
Tenía miedo.
Miedo a perderlo. Miedo a perder a mi familia y a descubrir que todos aquellos años que había considerado felices no significaban para Fabián lo mismo que para mí.
Y, sobre todo, miedo de descubrir que quizás no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
***
Después del almuerzo, cuando la mayoría de los familiares regresó al salón, Fabián se apartó discretamente y salió hacia una de las terrazas laterales de la mansión.
Necesitaba unos minutos lejos de las conversaciones, de las preguntas y, sobre todo, de las miradas de su familia.
Encendió un cigarro y comenzó a fumar. Se apoyó en la baranda y contempló los jardines.
—Te estás escondiendo.
Fabián reconoció la voz antes de girarse. Sebastián se acercó con las manos en los bolsillos y se colocó a su lado.
—No me estoy escondiendo.
—Claro que sí.
Fabián soltó una sonrisa breve.
—¿Siempre tienes que analizarlo todo?
—Hummm, sí.
Durante unos segundos permanecieron en silencio. Sebastián fue el primero en romperlo.
—¿Qué pasó? Tienes una cara de “estoy en problemas".
Fabián bajó la mirada. Tardó un poco en responder.
—Es que esta mañana me fui de la casa.
Sebastián lo observó con incredulidad.
—¿Te fuiste?
Fabián asintió.
—Me separé de Alejandra y le pedí el divorcio.
—¿Hablas en serio?
—Sí, Alejandra, ella estaba llena de dudas, sentí que era el momento de tomar una decisión.