Cuando brillamos

Capitulo 7

Lo que no suelo admitir

Darling

Nunca había entendido por qué algunas personas podían quedarse dando vueltas en tu cabeza incluso después de haber pasado apenas unas horas con ellas.

Me parecía absurdo.

Uno conocía a alguien, conversaba un rato, se reía de alguna tontería y después seguía con su vida. Así de sencillo.

Al menos, eso pensaba hasta que conocí a Cristal Ferrer.

No es que estuviera pensando en ella todo el tiempo.

Bueno… quizá un poco.

—¿Vas a seguir mirando el teléfono o piensas ayudarnos? —preguntó Dorian.

Levanté la mirada.

Estábamos en su habitación. Leo estaba sentado en el suelo, buscando algo entre sus apuntes, mientras Dorian intentaba terminar un trabajo que, según él, debíamos haber entregado hacía dos días.

—Estoy supervisando.

—Llevas diez minutos con la misma pantalla —comentó Leo.

—Es una pantalla muy interesante.

Leo soltó una carcajada.

—¿Qué estás mirando? ¿Una foto de tu futura esposa?

Le lancé un cojín.

—Preocúpate por encontrar tus apuntes, Romeo.

—No soy yo quien está distraído.

Dorian ni siquiera levantó la cabeza.

—Por una vez, estoy de acuerdo con Leo.

Los miré a ambos.

Qué bonita amistad. Qué bonito compañerismo. Qué ganas de abandonarlos.

—Son insoportables.

—Y tú estás distraído —repitió Leo.

Guardé el teléfono en el bolsillo.

No iba a darles explicaciones. Mucho menos admitir que había recordado una conversación que, en realidad, no tenía nada de extraordinario.

Cristal había reído.

Eso era todo.

Pero había algo en su risa que me había gustado. No era exagerada ni fingida. Había aparecido de manera espontánea, como si por unos segundos hubiera olvidado cualquier cosa que pudiera preocuparla.

Y me pregunté si siempre era así.

—Por cierto —dijo Dorian después de un rato—, ¿qué pasó con Cristal y Liam?

Levanté la cabeza.

Vaya. Al parecer, no era el único que tenía curiosidad.

—¿Por qué preguntas? —respondió Leo.

—El otro día escuché que Diana y Alis hablaban de ellos. Parecía que había una historia bastante desagradable detrás.

Me recosté contra el respaldo de la silla.

—Yo también quería saberlo, pero Alis decidió guardar silencio justo cuando estaba por contarlo.

—Quizá no era asunto nuestro —señaló Dorian.

—Probablemente.

Me encogí de hombros.

No necesitaba conocer todos los detalles de la vida de Cristal. Aunque, siendo sincero, me preguntaba qué clase de persona podía conseguir que ella cambiara tanto de expresión con solo aparecer.

La había visto en la biblioteca.

Su rostro se había quedado quieto, su sonrisa había desaparecido y, de repente, parecía querer estar en cualquier otro lugar.

No me había gustado verla así.

No sabía por qué.

—¿Y tú qué piensas? —preguntó Leo.

—¿Sobre qué?

—Sobre Cristal.

Lo miré con desconfianza.

—¿Por qué debería pensar algo?

Leo sonrió.

—No sé. Tú dime.

—Pienso que deberías buscar tus apuntes antes de que Dorian te los haga escribir de memoria.

Dorian soltó una risa.

Leo me señaló con un dedo.

—Eso no fue una respuesta.

—Y esa no fue una pregunta inteligente.

Un rato después, salimos de la habitación para comprar algo de comer.

Mientras caminábamos por el pasillo, escuché unas voces conocidas.

Diana y Alis.

Y, entre ellas, Cristal.

No sé por qué mi atención se dirigió inmediatamente hacia ella.

Estaba contando algo, moviendo las manos mientras Diana se reía a su lado. Alis escuchaba con una pequeña sonrisa.

Me quedé observándolas apenas unos segundos.

Cristal parecía distinta cuando estaba con sus amigas. Más relajada. Más expresiva.

—¿Piensas saludar o necesitas que te presente? —murmuró Leo a mi lado.

Le di un pequeño empujón.

—Camina.

Pero Diana ya nos había visto.

—¡Chicos!

Nos acercamos.

—Hola —saludó Dorian.

—¿A dónde van? —preguntó Diana.

—A buscar comida antes de que Leo empiece a comerse los apuntes —respondí.

—¡Mis apuntes no son comestibles! —protestó él.

—Eso dices porque nunca los has probado.

Cristal soltó una risita.

La miré.

—¿Ves? Ella sí aprecia mi sentido del humor.

—Creo que se está riendo de ti —dijo Alis.

—También es una posibilidad.

Cristal negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—Ustedes siempre están discutiendo.

—Es nuestra manera de demostrar cariño —contesté.

—Qué triste —murmuró ella.

Me llevé una mano al pecho.

—Otra vez esa falta de respeto.

Y ahí estaba de nuevo.

Su sonrisa.

No sé por qué me hacía sentir tan satisfecho conseguir que apareciera.

Quizá porque, cuando la había visto en la biblioteca, parecía cargar con algo que no le permitía sonreír de esa manera.

No pregunté nada.

Simplemente seguí bromeando.

Cuando nos despedimos de las chicas, Leo caminó unos pasos delante de nosotros.

Dorian se quedó a mi lado.

—Te cae bien —comentó.

—¿Quién?

Me miró como si acabara de decir la tontería más grande del mundo.

—Cristal.

—Es agradable.

—Ajá.

—¿Qué significa ese «ajá»?

—Nada.

—Entonces deja de decirlo.

Dorian sonrió.

—Solo digo que últimamente pareces muy interesado en ella.

Solté una pequeña risa.

—La he visto tres veces, Dorian.

—Y ya las estás contando.

Me quedé callado.

Maldición.

Tenía razón.

La primera vez había sido en el pasillo de la residencia, cuando tuve que esconderla de un profesor. Todavía recordaba su expresión al verme con aquella sudadera de oso.

La segunda, en la biblioteca, cuando escuché su nombre junto al de Liam.

Y la tercera, aquella tarde en el café.

Tres encuentros.




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