Dark - Diario de una viajera.

Mi adultez 1890 - 1910

Desperté casi sin oxígeno en medio de una planicie, mi cabeza daba muchas vueltas, intenté pararme pero terminé trastabillando y caí de vuelta al húmedo suelo por cierto las nubes estaban muy presentes y una llovizna azotaba el pueblo de Winden por aquel tiempo.

Me saque la parte superior del traje y pude sentir las tenues gotas en mi rostro, y proseguí por sacarme el resto del traje antiradiactivo, los lleve hasta un costado de un viejo y esbelto pino, justo había un pequeño agujero así que escondí el traje por ahí debajo  y luego busque algunas ramas, hojas y tierra para terminar de ocultarlo del todo.

Al salir con el vestido de la muchacha extraña, lo ví, mucho más joven y apuesto que cuando yo tenía cinco años, me digne a acercarme.

—¿Acaso no sabes cuándo terminará de llover? —le dije al muchacho, mientras yo miraba al cielo desorbitada, notando aquel tono gris sin ninguna partícula blanca a su alrededor (cabe destacar que ya me había acostumbrado a aquellos en el futuro, o mejor dicho en mi pasado).

Extendiendo mi mano y acercándome un poco hacia él le dije:

—yo… yo soy Silja.

El muchacho me sonrió y parecía bastante apuesto.

—Yo soy Bartosz —añadió sin más— no ha parado de llover en varias semanas —exclamó seguramente contestándome a mi primera pregunta.

—Ya veo, ¿conoces algún lugar dónde me pueda quedar? —le consulté.

—A unos pocos kilómetros hay una taberna, seguramente Madame Panfrey te dará una cama —contestó.

Él muchacho me acompañó, tenía miedo de que me perdiera, al llegar abrió la puerta y empapados entramos.

—¿A qué vienes Bartosz? —preguntó una señora la cual supuse que debía de ser Madame Panfrey.

—Sólo quiero saber si tienes albergue para la señorita...—dijo mirándome a mi.

—Kruguer, Silja Kruguer —dije extendiendo nuevamente mi brazo, me había distraído por un instante viendo alrededor tantas personas sentadas, bebiendo y jugando sin mayor preocupación. 

Bartosz y yo charlamos por horas y horas, luego me dejó que debía volver a su casa (yo sabía claramente a donde iba me lo habían contado Agnes y mi hermano). 

—¿Necesitas dinero? —preguntó Bartozs, mientras abría la puerta para irse. Antes de que yo pudiera contestar él dijo— por favor Madame, ¿podría pagar el hospedaje de esta noche para la señorita Silja?.

—Herna ayuda a esta muchacha a llevar su equipaje —dijo Madame Panfrey. 

Una muchacha de unos 25 o 22 años salió del costado por detrás del barandal de las bebidas. Yo les contesté que no traía nada de ropa, ellas rieron y Herna me acompañó a mi habitación.

Conseguí trabajo a los pocos días en la misma taberna, y me hice muy amiga de Herna y madame Panfrey, además de que veía a Bartosz tres veces a la semana.

Él me hablaba bastante de sus padres, yo solamente le hablaba de mi madre y como, me había dejado a los pocos años, también le mencioné que tenía un hermano (omitiendo su nombre) con el simple relato de que solo lo había visto un par de veces, y a decir verdad estaba en lo cierto sólo lo había visto unas tres veces la primera vez con unos 70 años, la segunda vez lo ví con unos 17 y la tercera vez lo ví con 80 años. No debo de aclarar pero obviamente no le conté que siempre entre aquello nombres me falta el de mi bella hija Agnes. Hija que años más tarde también terminaría siendo la suya.

Bartozs también despertaba un halo de misterio, no contaba mucho de su pasado (que era nuestro futuro), evitaba nombrar cosas como televisor, videojuegos o celular. Me daba ternura lo sutil que era para hablar acerca de su entorno en el futuro (para proteger mi sabiduría de eventos u objetos venideros) pero sin él saber que en mi infancia, había visto algunas de esas cosas, y en mi adolescencia las había acaparado de a montones (objetos inútiles y rotos por la falta de electricidad). Bartosz seguramente también había visto aquella película de antaño (para él) un estreno absoluto en mi niñez… aquella del muchacho y el auto, no recuerdo su nombre en estos momentos.

Bartozs aún trabajaba en una herrería de los Tannhaus con mi hermano, yo sólo me limitaba a mirarlo y no podía encontrar tanto parecidos con aquel niño que apareció en 2052 y su vez con nuestra madre. Jamás le dirigí la palabra más que para un—Hola—o—Chau.

Él, Jonas, debía de conocerme mucho después, la herrería de los Tannhaus era una fachada, que escondía a los viajeros y a Sic mundus, aquello mismo que Elizabeth y yo fundamos, o fundariamos en unos 150 años.

Los días se convirtieron en meses, los meses en años y por fin llegó la hora de tener a mi pequeña Agnes, pero al momento de tenerla me dí cuenta de que simplemente era un varón, y que, claramente yo no estaba muerta aún. Así que lo sostuve por unos momentos entre mis brazos y automáticamente pensé en mi madre, vi los mismos ojos que los de Hannah y por eso lo primero que salió decir cuando la partera consultó por el nombre fue Hanno.

Los siguientes años fueron de los mejores, comparables a los de haber pasado tiempo con mi hija en 2053, le enseñé muchas cosas a Hanno y él pudo hacerse amigo de Herna, Barotzs vivía trabajando, hasta que terminó por irse de la herrería y de Sic mundus. Lo que él me dijo fue que tenía un mal presentimiento y por eso dejó el trabajo.



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En el texto hay: misterio, viajeseneltiempo, dark

Editado: 20.07.2022

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