Donde termina el asfalto

Capítulo primero. Matanzas, lluvia y una decisión que duele en la espalda

Desperté porque el techo de la habitación respiraba. ¿Saben cómo es después de un aguacero en Matanzas? El aire aún no se ha secado, la humedad se queda atrapada entre las ranuras de las tablas viejas, y hasta las paredes empiezan a parecer vivas. La lluvia terminó como a las dos de la madrugada, pero su respiración quedó —pesada, salobre, como si alguien invisible estuviera fumando un puro justo al lado de mi ventana.

Estaba boca abajo, con los brazos abiertos, y sentía cómo la columna me odiaba en silencio por lo de ayer. Dormir en un colchón viejo con el centro hundido no es romanticismo, es deporte. Pero no había opción: la casa de la abuela Irene recuerda hasta a aquellos españoles, y la cama es tan antigua como su vajilla de plata.

Me senté y colgué las piernas. El suelo helado. En la pared, un espejo con el marco rajado. En él se reflejaba una mujer con los ojos hinchados y el pelo parecido a un cable enmarañado. Esa era yo. Treinta y pico. Sin marido, sin hijos, sin trabajo. Pero con el sueño de escribir un libro —tan hecho polvo como ese colchón.

Pero hoy algo había cambiado. Lo noté cuando fui cojeando hasta la cocina. Irene estaba junto a la ventana fumando —algo raro en ella. El humo del Partagás se mezclaba con el vapor del café. En la cocina, pan con pasta de guayaba.

—Anoche hablaste dormida —dijo la abuela—. Dijiste «moto» tres veces.

Yo callé. Era verdad: ayer estuve mirando fotos viejas. Siete años atrás — una moto Yamaha de otro, un artista de La Habana, la cintura y la ilusión de que el tiempo es solo números.

—Quiero irme. Coger la moto de Walter y recorrer pueblos.

Irene se rio con amargura, silbando un poco:

—Walter lleva dos años sin arrancar. Y tú no sabes conducir.

—Aprenderé.

—Le tienes miedo a más de treinta.

—Eso también lo aprenderé.

Irene se volvió. Su cara —vieja, cansada, hermosa. Me miró como si me viera por primera vez:

—Entonces coge mi cartera. Llegas hasta Cienfuegos.

Dos horas después estaba en el patio junto a la moto. El tanque oxidado, el motor lleno de polvo. Hacia las tres de la tarde —después de tres latas de cerveza, dos visitas al vecino mecánico y una patada al cárter— el motor estornudó, tosió y rugió.

Me puse el casco viejo, colgué la mochila: libreta, pasaporte, agua, café, una camiseta. Irene en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

—Vuelve cuando escribas el primer capítulo. Y no se te ocurra enamorarte de cualquiera.

Solté el embrague. Matanzas se alejaba con sus paredes mojadas. El viento me golpeó la cara —duro como la verdad.




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