Donde termina el asfalto

Capítulo 10. El mar que recuerda el principio

Llegamos al faro al atardecer.

Estaba en el extremo más alejado de la isla — blanco, a rayas, con una escalera que se perdía en el cielo como una oración. Alrededor no había nada más que agua. No el Caribe — otro mar. Ese que olía al principio del mundo.

— Es aquí — dijo el Pokémon en voz baja. Por primera vez en todo el viaje no olía a nada — ni a café, ni a caramelo, ni a tabaco. Olía simplemente a aire. A un vacío que espera ser llenado.

El faro era viejo. El farero también. No preguntó quiénes éramos, de dónde veníamos, qué buscábamos. Solo nos dio la llave y dijo:

— Subir cien y tres escalones. En el centésimo entenderán por qué vinieron. En el centésimo primero olvidarán lo que vinieron a preguntar. Y en el centésimo segundo todo se volverá irrelevante. Excepto lo que importa.

— ¿Y qué importa? — preguntó Luna.

— Aquello sin lo que no pueden respirar — sonrió el farero. — Incluso cuando no hay nada que respirar.

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Subimos lentamente. Vera no lloraba — miraba al techo con los ojos bien abiertos, como si pudiera ver a través de la piedra y el hierro. Luna contaba los escalones en voz alta. Mariela tarareaba una melodía sin palabras, la misma que ya habíamos oído en Trinidad. Martín me cogía de la mano. El Pokémon iba en el hombro de Vera, porque así era más tranquilo.

En el escalón cincuenta me detuve.

— Tengo miedo — reconocí. — No de que arriba no haya nada. Sino de que allí esté todo.

— Ese es el miedo — dijo Martín. — No a la oscuridad. A la luz que lo muestra todo.

En el setenta y dos, Vera dijo por primera vez «ma». No «mamá» — solo un sonido, redondo y cálido como la luna creciente. Pero todos lo entendieron.

En el escalón cien entendí aquello por lo que habíamos viajado dos semanas y toda una vida antes de eso.

El tiempo no cura. El tiempo solo se hace a un lado, cediendo el paso a otro tiempo. Y el dolor no es una herida. Es un puente. Entre lo que fuiste y lo que te estás convirtiendo. No elegimos por quién llorar. Elegimos por quién reír después.

En el escalón ciento uno olvidé la pregunta que había traído conmigo. Era pesada y afilada como un adoquín que había llevado en el bolsillo. Y de repente el bolsillo estaba vacío. No recordaba qué había querido preguntar. Y eso era felicidad.

En el escalón ciento dos salimos afuera.

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Había tanta luz que se volvió oscuridad. No negra — dorada. Como si todo el sol que alguna vez había salido sobre Cuba se hubiera reunido allí, en un solo punto, esperando a que alguien lo mirara.

Yo miraba.

Abajo estaba el mar. No era el Caribe, ni el Atlántico, ni ningún otro con nombre. Era simplemente el mar. Aquel del que todo salió. Y en el que todo continuará.

— Mira — dijo el Pokémon.

Miré hacia el otro lado. Allí, más allá del horizonte, no había nada. Vacío. Infinito y silencioso.

— Eso es lo que hubo antes de nosotros — dijo el Pokémon — y lo que habrá después. Pero ahora — aquí — están ustedes. Ese es el verdadero milagro. No que vivan. Sino que son.

Mariela se echó a llorar. Luna la abrazó. Martín me abrazó a mí. Vera se rió — con esa risa que hace que las paredes se agrieten y la oscuridad se aparte.

Estábamos en el faro, en el extremo de Cuba, en el borde de la tierra, en el límite de todo lo que conocíamos. Y me parecía oír cómo respiraba la isla — lenta, profundamente, como una bestia dormida que sueña que todos nosotros somos solo su aliento.

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Bajamos al amanecer.

El farero estaba sentado en el umbral, bebiendo café. Malo, como había prometido don Eliseo. Pero el adecuado.

— ¿Y bien? — preguntó. — ¿Encontraron?

— No — respondí. — Porque lo que buscábamos no necesita ser encontrado. Ya está.

Asintió, como si hubiera esperado esas palabras exactas.

— Entonces váyanse. El camino sabe cuándo dejarlos ir.

Nos montamos en las motos. La Habana quedaba lejos. Nuestras patrias, aún más lejos. Pero «lejos» había dejado de tener sentido. Solo quedaban «ahora» y «aquí». Y una niña pequeña que sonreía mientras dormía, sin saber aún que toda esta isla era su nana.

El Pokémon asomó el hocico por debajo de la chaqueta y dijo:

— ¿Saben cuál es el verdadero secreto de Cuba?

— ¿Cuál? — preguntó Luna.

— Que no existe. No es una isla. Es una forma de respirar. Despacio. Saboreando. Como si cada inhalación fuera la última. Y cada exhalación, la primera.

Salimos a la carretera. El sol asomaba tras los mogotes, rosa como un mango recién cortado. Vera abrió los ojos y me miró. En su mirada no había nada — y todo a la vez. Como en aquel centésimo escalón.

— Bueno — dijo Martín arrancando el motor. — ¿A casa?

Miré el camino que se perdía hacia delante, la isla que olía a café, tabaco y principio, y negué con la cabeza.

— Ya estamos en casa. Solo que aún no sabemos dónde está eso.

Los motores rugieron. Se levantó el polvo. Luna se rió. Mariela gritó algo sobre lo «brutal». El Pokémon se puso a cantar — sin palabras, sin motivo, porque era la mañana.

Y Cuba quedó atrás. No. No atrás. Dentro. En cada respiración. En cada recuerdo que aún no ha sucedido.

No era una isla. Era un aliento.

Y el aliento no se acaba.

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Epílogo. Diez años después

Vera estaba sentada en aquel mismo faro.

Tenía diez años — la edad en la que ya entiendes todo, pero aún sabes asombrarte. Su pelo, oscuro como el de Martín, se rizaba con el viento húmedo. Miraba el mar y dibujaba algo en un bloc.

— Mamá — dijo sin volverse. — ¿Es verdad que yo dormía aquí cuando subiste?

— Es verdad — respondí. Estaba sentada en el escalón de abajo, bebiendo café (todavía malo — me había acostumbrado) y mirando a mi hija. — Hasta dijiste «ma».

— Tonterías — resopló Vera. — No podía hablar con tres meses.

— Siempre has hecho lo que no podías — sonrió Martín. Apareció en la escalera con una mochila donde llevaba puros (para ocasiones especiales — y la ocasión lo era) y la misma muñeca sin rostro. La muñeca aún no tenía cara.




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