Ecos de uiverso

Capítulo 1

En el año 2583 de la Era Común, la humanidad había aprendido que el silencio del espacio no era vacío, sino una conversación que aún no sabían cómo mantener. Tras décadas de expansión por Marte y las lunas de Júpiter, el Primer Encuentro con los Nymerianos y los Kaelorianos había transformado la guerra en gramática y los límites territoriales en tratados de "resonancia".

Sin embargo, en la órbita de Gaia Nova, la majestuosa Escuela Estelar recordaba a todos una verdad incómoda: la paz era un idioma difícil de aprender.

—Check de frecuencia en dos bandas:, pulsos de luz y resonancia —ordenó Isidora Veyra, ajustándose el uniforme de oficial que aún olía a tela nueva—. Lyra, ¿cómo están las corrientes?

Lyra Thalos, la cadete Elari, mantenía sus dedos palmeados sobre la consola de navegación. Sus branquias vibraban con un tono violáceo, captando las sutiles variaciones en la gravedad del sistema.
—Las corrientes están tranquilas, Isidora, pero el agua de mi tanque de soporte está turbia. Hay demasiada estática en el vacío.

A unos metros, Mira Solenne revisaba los niveles de energía con la eficiencia gélida de una marciana.
—Es el Vindicador —dijo Mira, señalando la silueta negra y angulosa de la fragata de la Guardia de la Alianza que los escoltaba—. Esa nave militar emite tanta radiación que bloquea mis sensores científicos. Es una bofetada a la diplomacia que nos enseñaron en la academia.

La Aurora Juvenil VII era un experimento: ocho graduados, una nave ligera y el peso de una galaxia observando. No eran veteranos; eran estudiantes que habían cambiado los libros de cristal por paneles de mando reales.

De pronto, un zumbido gutural llenó el puente. Aman-Kai, el enigmático miembro de los Z, se irguió en su estación. Sus ojos multifacéticos brillaron.
—Hostilidad —la voz de Aman-Kai resonó en el pecho de los presentes—. El silencio se rompe. Naves sin voz se acercan.

Las alarmas estallaron. En la pantalla principal, tres naves de asalto, oxidadas y con tecnología de fisión antigua, emergieron de la sombra lunar. Eran los Silentes, la facción extremista que odiaba la Alianza.

—¡A los puestos de combate! —gritó Isidora, y su voz por primera vez perdió el tono de estudiante para ganar el de mando—. ¡Sección de defensa, informen!

En el hangar, el aire olía a combustible y miedo. Kael Dravos estaba dentro de su caza de interceptación, con las manos temblando tanto que le costó encajar el casco. A su lado, Rhaegor Varn golpeaba un cañón de riel que se había bloqueado.
—¡Maldita sea! —rugió Rhaegor—. ¡En el simulador esto nunca se atascaba! ¡Eryon, sácanos de aquí o seremos blancos de tiro!

Eryon Sael no respondió. Estaba concentrado, sus dedos volando sobre los motores de maniobra con una agilidad casi sobrehumana.
—¡Lanzando en tres, dos, uno! —Eryon catapultó los cazas al vacío justo cuando un proyectil de los Silentes impactaba contra el escudo de la Aurora.

El estruendo fue ensordecedor. Dentro de la torreta superior, Vael Orion tenía a una nave enemiga en su mira. El dedo le pesaba sobre el gatillo.
—Isidora... —susurró Vael por el comunicador—. Puedo ver sus escotillas. Hay personas ahí dentro. Si disparo, no habrá supervivencia.

—¡Vael, nos van a despedazar! —le gritó Mira desde el puente, mientras las luces de emergencia parpadeaban en rojo—. ¡Los escudos están al 40%! ¡No es una clase de ética, es la realidad!

—¡Aquí Isidora al Vindicador! —gritó la capitana al monitor—. ¡Solicitamos intervención inmediata!

La respuesta del comandante del Vindicador fue un muro de frialdad:
—Permiso denegado, Aurora. Esta es su prueba de fuego. Mantengan la formación. Nosotros somos el martillo, ustedes deben ser el futuro. Demuestren que su educación sirve para algo más que para hablar.

Isidora miró a sus compañeros. Vio el pánico en Lyra, la parálisis moral de Vael, la furia de Rhaegor y la confusión de Kael en el espacio. Nadie vendría a salvarlos. La Alianza los había lanzado al vacío para ver si volaban o si se estrellaban.

—Escúchenme bien —dijo Isidora, su voz cortando el caos—. Olviden los manuales. Olviden al instructor. Aman-Kai, predice sus trayectorias. Mira, redirige toda la energía a los motores de Eryon. Vael, dispara a sus armas, no a sus motores. ¡Hagan lo que saben hacer, pero háganlo ahora si quieren llegar vivos a la cena!

Con un rugido de motores iónicos, la Aurora se inclinó en una maniobra suicida. Los graduados ya no estaban en un aula; ahora, el lenguaje que hablaban era el del acero y la supervivencia.




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