Renata a veces se volvía demasiado intensa. Las vacaciones que debían ser de descanso, para ella parecían no ser más que otra casa por ordenar.
—Mamá —se quejó Braulio, acomodándose boca abajo y hundiendo la cara en la almohada—, ¿qué hora es?
—Braulio, si no te conociera tanto, ni me entero de tu pregunta. Ya te he dicho que no se habla por lo bajo ni se balbucea. Tienes dieciocho años. A tu edad ya deberías saber que no cabe más que el adulto por ser.
—Pero me entendiste —dijo Braulio con tono juguetón mientras levantaba su cabeza para verla—. ¿Qué haces mamá? Tenemos servicio. ¿Sabías que para no tener que hacer esas cosas se les paga a otros para hacerlas?
Renata decidió ignorar las palabras de su hijo y seguir recogiendo el cuarto. Un par de prendas más fueron a parar al canasto que más tarde terminaría en el cuarto de lavado.
—Tu padre se fue con Sofía a la ciudad. Según él, faltaban algunas cosas de la lista de víveres que revisé junto a él tres veces antes de enviárselas al servicio.
Braulio se acomodó en la cama otra vez. Quedando con su cara en dirección al techo, su pierna izquierda un poco flexionada y la sábana cubriéndole hasta la mitad de su pecho desnudo.
—Mamá, en casa de mis amigos sus madres nunca entran a sus cuartos cuando ellos están semidesnudos. No importa si ellas no tienen nada más que hacer. Creo que lo llaman darles privacidad o algo similar.
Renata detuvo sus acciones para mirarlo con molestia.
—En las casas de tus amigos, las madres le delegan todo al servicio —aclaró con firmeza—. ¿Cuándo yo he sido una madre ausente para ustedes?
—¿Y tú por qué no lo haces? —insistió Braulio para pincharla un poco más—. Papá te da todo, ¿por qué no solo te relajas y lo disfrutas como ellas? La ciudad siempre tiene una nueva tienda de ropa o un nuevo tratamiento de belleza en el cual perder horas, ¿no?
—¡Braulio, te estás buscando una bofetada!
—¡Mamá, no quiero que te enojes, quiero que te vayas! Necesito estar solo para poder levantarme de la cama. ¿Qué parte no se entiende?
—¿Solo? ¿Qué son esas cosas, Braulio? Soy tu madre, no seas ridículo.
El adolescente puso los ojos en blanco. Pensó en que no quería ser irrespetuoso ni avergonzar a su madre, pero también en que ella no le estaba dejando más opciones a las cuales recurrir.
«1: Dile una mentira, sigue rodeando el tema hasta que ella se canse y se vaya. 2: Dile la verdad, que sienta pena, así se irá de inmediato», pensó y tan pronto lo pensó, Braulio eligió.
—Llevas casada más de veinte años con Manuel, ¿él nunca te habló de lo que nos sucede a los hombres por la mañana ni tampoco te diste cuenta por tus propios medios? ¡Estoy empalmado, mamá, dame espacio, mujer!
Renata tomó el canasto en el que había estado guardando las ropas regadas de su hijo y lo abrazó contra su pecho. Luego lo miró mientras se quedaba pensativa unos segundos.
—Hace dieciocho años yo te limpiaba el trasero y hoy sientes pena de mí. Eso es hacer un buen trabajo. —Renata sonrió con ilusión—. Pronto serás un hombre. Me dirás: mamá, ella es mi novia y yo no voy a saber qué decir. Siempre pienso en eso. ¿A quién voy a cuidar cuando te vayas?
La madre tragó saliva y bajó su cabeza para no exponer sus ojos humedecidos.
—Bueno, creo que después puedo terminar con la limpieza. Al menos sé que la casa no se va a ir a ningún lugar.
Renata solo le dio la espalda y abandonó el cuarto. Ella bajó las escaleras y fue al cuarto de lavado, frente a la puerta de la cocina y a un lado del baño de servicio. Renata entró, apoyó el canasto encima de la lavadora, su codo encima y se sujetó la frente por algunos segundos en los que su cabeza se mantuvo baja. Luego, ella asintió, se secó el principio de algunas lágrimas y comenzó a meter las prendas en el artefacto.
Braulio, que había mantenido sus cejas más abajo de lo normal cuando la había visto salir, dejó que su pierna izquierda pudiera bajar. Ya no había nada que ocultar. Después, giró su cuerpo a la derecha para quedar frente al ventanal de la habitación que daba a la playa. Algunas gaviotas volaban en lo alto, casi dibujando círculos. El cielo era de un celeste profundo y lejano, y el sol lo alcanzaba todo.
Desde su cama en el segundo piso, Braulio no podía ver la costa, pero si prestaba suficiente atención podía escuchar los gritos, risas y declaraciones como un murmullo lejano. Intuir que otra vez, por otro día más, la playa estaría a estallar de gente.
Braulio abandonó la cama y se paró frente a la ventana. Se centró en el vidrio, el reflejo de la puerta a su espalda: «No, ella no entraría de nuevo cuando le acabo de pedir que salga», pensó y sonrió ante la mínima posibilidad de estar equivocado.
Una vez que orinó con incomodidad por la misma cuestión que le había explicado a su madre, Braulio se lavó las manos, los dientes y después la cara antes de volver al cuarto. Una vez allí se puso una playera y unas sandalias para ir escaleras abajo. Braulio dormía con shorts por encima de la ropa interior así que esa área no fue un problema.
Cuando llegó a la base de la escalera, Braulio se sorprendió de que su madre no estuviera en la cocina a la derecha ni en la sala por el umbral de la izquierda. La respuesta llegó más allá de ese último ambiente, al final del pasillo que llevaba a la puerta principal.
Renata estaba ahí, sosteniendo con su mano la puerta a medio abrir y con su cuerpo de espaldas bloqueando la visión de la persona parada del otro lado. Su tono era animado, alegre. Como si hubiera recibido algo que ella estaba esperando.
Braulio negó con su cabeza, y caminó a la derecha para atravesar esa puerta. Tomó un vaso para llenarlo de jugo de naranja y beberlo sentado frente a la encimera. Con su visión fija en la puerta que ahora le quedaba a su izquierda. Él sabía que Renata pronto entraría por ahí y que no lo haría sola. Ya podía escucharla: «Braulio, te tengo noticias», pensó con la voz de su madre colándose en su mente.