—Así que es su primer año aquí —empezó Braulio.
Martín lo miró, pero no respondió de inmediato. Aquella calma con la que Braulio tendía una toalla sobre la arena, bajo la sombrilla, le resultó magnética. Como si el bullicio cercano ya no fuera digno de atención. Solo parecía haber en él la intención de registrar revelaciones sin palabras.
Braulio se sentó en la toalla, y tras quitarse la playera para dejarla a un lado, se acomodó los lentes negros encima de los ojos. Luego se acostó y puso el antebrazo izquierdo debajo de la cabeza para apoyarse en él.
—Nosotros venimos cada año, pero la gente parece ser distinta cada vez. Están los de siempre. La mayoría alrededor de esta zona, a esos sí puedo reconocerlos, pero los nuevos…
Braulio se detuvo un momento para girar la cabeza y mirar a Martín. Él todavía estaba parado a la izquierda, sosteniendo doblada y colgando del brazo la toalla que también le había prestado. A la izquierda de la tela, Braulio pudo ver que, tal y como lo había pensado, el short gris plata iba justo con el tono de piel de Martín. Sonrió un momento, pero no hizo mención de la certeza.
Antes, cuando Martín salió del baño, Braulio no le miró la parte baja del cuerpo ni dijo nada en busca de no incomodar. Esperando que la compañía se pudiera acostumbrar a la exposición que causaba la prenda. Y, de vuelta al presente, todo parecía indicar que Martín aún no lo había conseguido del todo. Algo más que Braulio eligió callar. Reemplazar.
—Como tú. Ellos son otra historia…
—¿Eso te molesta?
Martín lo interrumpió.
Braulio le sostuvo la mirada. La boca quedó entreabierta y la expresión de la cara parecía denunciar incomodidad mientras trataba de comprender. Algo le decía que, tanto la veracidad como las implicancias de esa pregunta no parecían encontrar anclaje en la simple cotidianidad.
—¿Molestarme? ¿Qué es lo que debería molestarme?
—Que la gente cambie todos los años y solo algunos sigan siendo los de siempre. Los que se repiten. Pareciera que eso no te agrada del todo.
Braulio se acomodó los lentes aplicando un poco de presión en el centro de la armazón y volvió la vista al frente. A la orilla en la que arena, agua y espuma se mezclaban entre sí para formar un cuarto elemento.
—Puede que sí, puede que no. No me molesta porque es lo normal y sí me molesta cuando los que se repiten cada año no siempre son los que mejor me caen. —Braulio soltó una risa breve, de sonido sin réplicas—. Aunque claro, solo sería en apariencia; nunca he hablado con ninguna de esas personas ni planeo hacerlo pronto.
—Y sin embargo aquí estás, hablando conmigo.
Martín rio al ver que Braulio también hacía eso mismo. Para él, Braulio empezaba a parecer alguien no muy diferente de un adulto que había asumido y ejercía el cinismo como lenguaje estándar.
Pensando en la propia afirmación y en cómo eso había impedido una respuesta ágil de vuelta, Martín acomodó la toalla bajo la sombrilla y se acostó a un lado de Braulio imitando la posición. Los colores en la tela manchaban con sutileza el cuerpo de ambos mientras la armazón que mantenía todo unido, evitaba que la intensa luz directa pudiera alcanzarlos.
El silencio se mantuvo por algunos segundos en los que no fue interrumpido por nada más que la brisa provocando ondas en la tela.
—Parece que te molestara tenerlo todo resuelto —insistió Martín.
—¿Todo resuelto?
—Quiero decir, padres con dinero, educación de punta, futuro asegurado. ¿Qué más te llevaría a buscar cualquier grieta insignificante y darle la importancia de un problema relevante?
—Yo no diría que soy el único extraño ni tampoco el único exagerado, no con tanta liviandad al menos. —Braulio giró la cabeza para notar que Martín había imitado el movimiento—. ¿Sabes lo que hace un boomerang cuando lo lanzas?
Martín mantuvo la mirada, pero la cabeza de Braulio prefirió buscar las alturas, como si la visión pudiera atravesar los colores en la tela de la sombrilla. Pensó en preguntarle sobre esa afirmación, pero Braulio se le adelantó, dejándolo sin la oportunidad.
—¿Quién viene a la playa y no se quita la playera? ¿Es pudor?
Martín se sentó y suspendió en el aire la mano con la palma hacia arriba, en dirección a la mochila que Braulio tenía a la derecha.
—¿Me pasas el protector solar, por favor?
Braulio aceptó y tomó la mochila para darle la misma a Martín. No hubo mirada de reconocimiento para la posición del objeto ni para la mano que lo esperaba. Todo sucedió sin el mayor esfuerzo ni excesos de movimiento. La mano se cerró sobre la superficie de la mochila y el brazo pareció actuar como una grúa cambiando terreno de lugar cuando la depositó en la palma del amigo. Aquello hizo sonreír a Martín que debió improvisar un agarre extra con la mano izquierda para que aquello no se cayera mientras lo llevaba junto a él.
—¿Qué hacían antes de venir aquí, dónde pasaban los veranos con tu familia?
Martín, dedicado a la tarea, se puso protector en piernas, brazos, cuello y en la cara, todavía sin quitarse la playera verde.
—Cuando no tienes dinero lo que vas a hacer en el verano no entra dentro de las preocupaciones. Solo haces cualquier cosa que surja con los demás amigos que tampoco lo tienen. Te despides de los que se van y luego, entre todos se arman planes que no impliquen excesivos gastos.
—Suena divertido. —Braulio suspiró—. Sorprenderse. No saber dónde y qué estarás haciendo mañana.
Martín rio cuando lo veía sentarse a un lado y estirar la mano pidiendo el protector de vuelta. Él no dejó de observar mientras Braulio se aplicaba el producto.
Braulio ya casi terminaba con esa tarea cuando notó que Martín miraba alrededor, pero volvía a verlo de vez en cuando.
Había algo en la manera en que Braulio llevaba a cabo dicha acción que le llamaba la atención. Tanta solemnidad, precisión y cuidado para el acto más nimio del mundo.