El agua que quema

Capítulo 3: ¿Importa?

En la mañana siguiente, Braulio despertó con el sonido del despertador de Renata en la habitación contigua. Él seguía sin poder entenderlo: «¿Por qué alguien querría programar un despertador en vacaciones?»

Dieciocho años con ella y aún había cientos de cosas que parecían escaparse de su comprensión. Quizás, del mismo modo en que él empezaba a escaparse de ella.

Braulio no pudo evitar pensarlo así después de que, al volver a casa el día anterior, Renata estuviera esperándolo, dispuesta a atosigarlo con sus preguntas hasta que la razón de la separación con su amigo saliera a la luz.

—No sé, mamá. Martín dijo que tenía que hacer algo. No lo escuché bien por el ruido que hacía la gente. A veces pienso que no solo deberían multar a los que ponen la música demasiado fuerte; los niños gritando sin control deberían ser una nueva categoría.

—Me acuerdo cuando tú eras así. —Renata se mostró dispuesta a recordar aún si veía a su hijo poniendo los ojos en blanco—. Ahí va otra vez, ¿no? Bueno, una vez terminamos en urgencias. Tuvieron que hacerte varios puntos de sutura en la cabeza porque no querías entender que a la gravedad no le interesaba tu rebeldía.

Braulio dejó los recuerdos y giró su cuerpo en dirección al ventanal. El despertador se había detenido y los ruidos en el cuarto vecino habían iniciado. Casi podía tener la seguridad de que debía contar los segundos hasta que ella viniese para llamar a su puerta.

«Debería masturbarme justo ahora, que ella entre y me vea así, que me encuentre más expuesto que nunca para que ya no pueda negarlo. Para que entienda de una vez que ya no puede canibalizar mi espacio», pensó.

Braulio se levantó y miró a través del ventanal. La playa aún estaba vacía. Eran alrededor de las siete A. M. y entonces algo llamó su atención. En su lugar, bajo la sombrilla que había compartido con Martín el día anterior y que ahora se encontraba inclinada por el viento nocturno, había alguien sentado. Braulio no podía ver su cabeza, solo desde la nuca del sujeto hacia abajo. Su figura le resultó familiar. «Sí, creo que podríamos ser de la misma talla», recordó.

Él, de quien fuera que se tratara, tenía puesta una playera blanca y no parecía estar haciendo mucho. Solo estaba ahí, sentado mirando cómo las pequeñas olas que llegaban a la orilla la manchaban de espuma que se disolvía. Burbujas que no duraban mucho, pero no podían dejar de estar con una nueva ola que traía más de ellas.

Braulio abandonó la calma casi escenográfica de la orilla y volvió a centrarse en la figura que le daba la espalda. Para su mala fortuna, el ángulo de visión que le permitía su ventanal también volvía imposible verle las piernas. Si tal vez él tenía puesta alguna prenda que pudiera reconocer. Observando todo con más detenimiento, Braulio concluyó que no había mucho allí, solo la persona y una bolsa blanca a su lado derecho.

Él volvió a sentarse en su cama, tomó la playera que había dejado a sus pies la noche anterior y después de ponérsela, hizo lo mismo con sus sandalias.

Braulio no sospechó que su urgencia de descubrimiento iba a ser interceptada por su madre ni bien saliera del cuarto.

—Hijo, ¿estás despierto tan temprano?

Braulio la miró con cierta distancia. Él tenía claro que ella tendría una excusa preparada si su despertador llegaba a la conversación para revelarse como la razón.

—Voy a salir, mamá.

—¿Dónde? La gente no puede llegar a la playa hasta las siete y treinta. Está en las normas, tú las conoces.

—¿Y a mí por qué debería importarme la gente y las normas?

—¡Braulio!

Renata frunció el ceño.

—Hijo, no quiero que sea una pelea, pero así funcionan las cosas. Si vas antes a la playa eso puede significar una multa.

Braulio le sonrió. Sus ojos se mantuvieron fijos en los de ella. El efecto espejo de la preocupación que pretendía Renata no sucedió.

—¿De verdad, mamá? ¿Mandaste a traer mármol a otra ciudad para la isla de la cocina porque el de aquí no era tan bueno y ahora te preocupa una multa mínima?

—Déjalo que vaya, Renata. ¿No me dijiste que ayer hizo un amigo? Puede que ellos tengan planes y una multa parece más cercana a ciencia ficción. ¿Has visto algún inspector por aquí? —Manuel se aclaró la garganta—. Yo solo vi manos extendidas esperando el dinero y ojos ansiosos persiguiendo mi firma en el contrato.

Manuel se pronunció desde el interior del cuarto, todavía en la cama. Braulio desvió la mirada un momento en dirección a la voz de su padre y luego regresó para ver a su madre. Esperaba que ella insistiera, pero Renata tenía su mirada en diagonal. Braulio solo necesitó un segundo para entender que la lógica de Manuel tuvo resultados demasiado sólidos, incluso para ella.

Él sonrió y siguió su camino cuando ella entraba a su alcoba y cerraba la puerta sin decir nada más. Para Braulio quedó claro que el problema no se había disuelto, pero también el hecho de que su padre había decidido tomarlo bajo su jurisdicción por voluntad propia. Ya podía imaginar a Manuel encontrando la manera de que Renata no hiciera de eso una tormenta en un vaso de agua. La seguridad estaba ahí; si alguien podía lograrlo, ese era su padre.

Braulio bajó las escaleras del porche atento a sus propios pies. Cuando llegó al principio de la arena su cabeza permanecía baja. Sus manos se cerraron y volvieron a abrirse estirándose de más. Su cerebro ordenó un gesto de dolor en su cara por dicha acción, pero fue reprimido. Braulio respiró profundo y hasta negó con su cabeza sin poder entender por qué le estaba dando tanta importancia a un hecho cotidiano. Por qué la búsqueda del reencuentro le estaba cobrando una factura tan alta.

Se rio de sí mismo cuando eligió alzar la vista todavía sin una respuesta que pudiera darse, pero pronto su cara retomó la necesidad de volverse inexpresiva. El espacio bajo la sombrilla estaba abandonado; nada más que la bolsa blanca seguía encima de la toalla. Miró a su derecha en busca de una puerta cerrándose, pero en la casa contigua no había más que quietud absoluta.




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