Diez años antes
Al despertar, estiro la mano en busca de Rowan y encuentro el otro lado de la cama vacío y frío, confirmando que ya se ha ido. Siento una leve punzada de decepción, aunque sé que no podía quedarse sin correr el riesgo de que mi abuela nos descubriera y armara un drama digno de película. Ella es una buena persona, pero anticuada, o conservadora como le gusta decir, y enterarse de que di un paso importante con mi novio secreto sería un golpe duro para ella, sobre todo porque siempre insiste en que debo guardarme para el matrimonio o, al menos, para un hombre dispuesto a comprometerse de verdad conmigo.
Exhalo con resignación y me giro con una sonrisa leve, intentando convencerme de que no tiene sentido sentirse así. Rowan podría ser mi futuro esposo o quizá no; es imposible saberlo cuando apenas tenemos dieciocho años, pero por ahora me hace feliz, y eso debería bastar.
Mi amiga Jenny opina que no está bien que Rowan me pidiera mantener nuestra relación en secreto hasta terminar los exámenes, ya que su padre es estricto y no quiere que tenga novia hasta que termine el último año e ingrese a la universidad. No quiero poner en riesgo su futuro ni cargar con la culpa de algo así, por lo que acepté que nuestra relación fuera discreta desde hace dos meses, cuando me confesó que yo le gustaba.
Aunque no estaba completamente segura de si era el momento adecuado para dar ese paso, él logró que me sintiera tranquila, valorada y cuidada, y esa sensación fue suficiente para acallar mis dudas, o al menos para hacerlas soportables.
Me levanto, me visto, abro las cortinas para dejar entrar el sol y reviso el celular, donde encuentro dos mensajes de Rowan y otro de Jenny. Mi amiga me pregunta si quiero ir a desayunar a la cafetería de siempre y le respondo que sí, ya que es sábado, mi abuela suele levantarse tarde y no tengo ganas de preparar nada.
Mientras salgo de la habitación, leo los mensajes de Rowan.
Rowan: Me fui temprano para evitar problemas con tu abuela. Lo siento.
Rowan: Tengo que ayudar a mi padre hoy. ¿Podemos vernos en la tarde? Necesito decirte algo importante.
Mi corazón se acelera, aunque no de una manera desagradable. Pienso que quizá quiere decirme que ya podemos dejar de escondernos, ahora que los exámenes terminaron y tenemos dos semanas de vacaciones de invierno antes de comenzar el último semestre. Me permito imaginar que lo nuestro por fin será real a la vista de todos, que podríamos planear la universidad juntos, yo estudiando literatura y él arquitectura, en ciudades cercanas si es necesario, sin renunciar el uno al otro.
Salgo de casa sonriendo, aferrándome a esa idea, imaginando que dejaré de ser la chica invisible y que, por una vez, perteneceré a algo normal, a una historia que no tenga que esconderse en playas solitarias ni habitaciones cerradas.
—¡Amiga! —Jenny aparece de repente a mi lado y me toma del brazo, haciéndome sobresaltar.
—Me asustaste, tonta.
Ella ríe y se disculpa.
—Cuéntame cómo estuvo todo —dice suspirando—. Yo creo que tendré que esperar hasta la universidad para vivir algo así, así que me toca imaginarlo contigo.
Sonrío con cierta timidez.
—Fue bonito, Jen. Fue paciente y no me sentí incómoda en ningún momento.
—¿Te dijo que te ama?
—No lo recuerdo —respondo después de pensarlo—. Tal vez no lo dijo.
—Eso no siempre es malo —reflexiona—. A veces esas palabras se dicen sin pensarlo, y otras valen más cuando se dicen lejos de la intimidad.
Asiento, queriendo creer que tiene razón.
—Seguro quiere verme hoy para eso, para que dejemos de escondernos.
—Ojalá —dice, y frunce el ceño—. Me sorprende que nadie se haya dado cuenta. En esta isla los secretos duran poco.
—Hemos sido cuidadosos —respondo—. Playa, mi casa, y nada más.
—Yo no podría vivir así —dice con firmeza—. Querría que me eligieran y presumieran sin miedo.
No respondo, porque una parte de mí sabe que tiene razón, pero no quiero enfrentar ese pensamiento.
Entramos a la cafetería y nos sentamos en nuestra mesa habitual. Donna nos recibe con una sonrisa y promete traernos nuestro desayuno de siempre. Somos clientas frecuentes y trabajamos allí durante los veranos; desde que mi madre murió cuando yo tenía diez años. Donna se ha convertido en una figura materna constante y silenciosa en mi vida.
Jenny empieza a hacerme preguntas, pero respondo de forma vaga, sintiendo de pronto una incomodidad que no logro explicar. Mientras tanto, pienso que quizá algún día podría escribir una historia romántica de verdad, una que no se quede solo en finales tristes o amores incompletos como los que suelo escribir ahora.
—Ay no, alerta de perras —murmura Jenny.
Me giro y veo entrar a Valery y a Antonella, acompañadas de los gemelos Harold. Valery camina como si el lugar le perteneciera, segura de que todos la miran, y Antonella la sigue imitando cada gesto. Son exactamente lo que nunca quise ser y, aun así, lo que siempre pareció imponerse en esta isla.
Se acercan a nuestra mesa antes de que pueda probar mi desayuno.