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—¿No has pensado en escribir novelas de romance? —termino de firmar el libro y miro a la lectora fan que espera mi respuesta con una sonrisa entrenada, de esas que aprendí a usar en eventos públicos y que no revelan demasiado.
No es la primera en preguntarme eso ni será la última; incluso mi editora lo ha sugerido en más de una ocasión, aunque siempre termina aceptando que no es una batalla que pueda ganar.
Dejo el bolígrafo y cruzo los dedos sobre la mesa, un gesto automático que hago cuando mido mis palabras.
—Pensar, sí. Lo tuve en cuenta, pero luego descubrí que el thriller se me da mejor y seguí esa línea. Además, alguien tiene que encargarse de los finales incómodos.
Ella sonríe, satisfecha con la respuesta.
—Se te da muy bien. Tengo todos tus libros y todos son igual de buenos. Espero que se hagan las películas porque soy fan de la detective Rachel Amaro.
Le extiendo los tres ejemplares que me dio para firmar con una sonrisa que esta vez no necesita entrenamiento.
—Es muy amable de tu parte. Si algún día decido escribir novelas de romance, se lo haré saber al fandom. Prometo avisar antes de traumatizar a nadie.
Ríe.
—No te podemos culpar. Hoy en día es difícil vivir una historia de amor linda y los libros nos ayudan a soñar.
—Hasta que te golpeas con la realidad y la decepción resulta todavía mayor —respondo, consciente de que mi sinceridad no siempre es bienvenida.
Ella frunce el ceño justo cuando Gina interviene para agradecerle y dar por finalizada la firma de libros. Bebo de mi botella de agua mientras el hombre de seguridad se acerca y la fila comienza a disolverse.
Me gusta este momento, cuando el ruido baja y puedo fingir que no acabo de romperle la ilusión romántica a alguien.
—Entiendo que no seas romántica, pero no rompas las ilusiones de tus fans románticas —reclama Gina en voz baja.
—Escribo thrillers policiales y psicológicos donde el romance no existe. Dudo que esperara otra respuesta. Además, mantener los pies en la tierra ahorra sesiones de terapia.
Me pongo de pie y tomo mi chaqueta y el bolso. Gina camina a mi lado mientras nos despedimos del personal de la editorial. Al salir a la calle, se coloca las gafas de sol con la solemnidad de alguien que considera que eso marca el final oficial de la jornada laboral.
—Me parece mal que renunciaras al amor por culpa de un idiota que hizo una apuesta. Pasó hace diez años y deberías haberlo superado.
Trago saliva, no porque me sorprenda el comentario, sino porque Gina tiene la habilidad de ir directo a los temas que prefiero dejar archivados. El recuerdo sigue intacto. Las risas en la isla, las miradas y la huida precipitada aprovechando la excusa perfecta que me dio mi padre. Adelanté la mudanza bajo las protestas de mi abuela, quien no me defendió cuando supo lo ocurrido, y corté todo contacto con Rowan porque no había conversación que pudiera reparar aquello. Perdoné para seguir adelante, pero olvidar nunca fue parte del trato.
—No renuncié al amor, solo entendí cómo funcionan las cosas —digo—. Mírate tú, inteligente, independiente, hermosa y soltera porque tu prometido te engañó con tu prima un mes antes de la boda y porque el último novio te dijo que… ¿qué fue exactamente?
Gina resopla mientras subimos al taxi privado.
—Que era demasiado intimidante y complicada, que quería a alguien simple. Imagínate, usar tacones incluso para limpiar es intimidante y preferir un hotel decente antes que acampar rodeada de mosquitos me convierte en un desafío emocional.
—Ellos te hicieron un favor porque vales mucho más. Los hombres suelen confundir personalidad con dificultad técnica.
Ella se inclina hacia adelante.
—Chofer, vamos a Cosmo, el bar de la Quinta Avenida. Justo ahora dejo de ser tu editora y paso a ser tu amiga, así que beberemos hasta que la misoginia del día pierda importancia.
Asiento con una sonrisa genuina.
—Amén.
Conocí a Gina cuando me mudé a Nueva York para estudiar en la universidad y graduarme antes de tiempo me permitió entrar a la NYU. Me instalé con mi padre, detective de policía obsesionado con su trabajo y proveedor involuntario de material narrativo actual, y poco después apareció Gina, tan desubicada en la ciudad como yo. La vida se encargó de alinearnos de la mejor manera. Ella editó mi primer libro, el libro tuvo éxito y la editorial aceptó continuar bajo la condición de que Gina siguiera a mi lado. Desde entonces funcionamos mejor juntas de lo que cualquiera de nosotras admitiría en voz alta.
—Paris…
Salgo de mis pensamientos.
—No me gusta ese tono, suele venir acompañado de ideas peligrosas.
—Anoche buscaba las nuevas páginas de tu próximo libro y encontré el borrador a medio terminar de una novela romántica.
Frunzo el ceño. No he escrito romance desde los dieciocho años, y ese dato no necesita más contexto.
—Una tontería adolescente, apenas unas páginas que abandoné por bloqueo lector. No le des importancia.