El amor en juego

Capítulo 3: Paris

Regresar a la isla me generó muchos sentimientos encontrados, recuerdos buenos y malos, porque a pesar de lo que pasó con Rowan y la apuesta, no tuve una mala vida. Fui feliz, incluso con una abuela estricta que nunca aceptó excusas ni medias tintas.

Siempre pensé que, si mi madre no hubiera muerto, habría sabido llevar mejor la relación con Rowan y quizá nunca habría aceptado estar a escondidas, tal como Jenny me aconsejó no hacer en su momento, aunque ese pensamiento llega tarde y no sirve para corregir nada.

Exhalo despacio mientras observo el océano a distancia desde el balcón de la habitación de mi abuela. El lugar se siente distinto sin ella, vacío de gestos cotidianos que antes daban sentido a la casa, sin el olor a galletas, sin su perfume floral que me provocaba alergia y sin su voz repitiéndome que debía convertirme en la mejor escritora del mundo. Al menos vivió parte de ese camino conmigo cuando publiqué mis libros y asistió a algunas presentaciones. Y los años que pasó en la casa hogar de Nueva York nos permitieron acercarnos de nuevo. Después de todo, mi amor por los libros nació aquí, incluso si ahora todo se siente detenido.

El sonido del celular me saca de mis pensamientos y reconozco de inmediato la melodía asignada a Gina. Contesto con una sonrisa que aparece sin esfuerzo.

—Deja de mirar mi trasero, nunca llegarás a él.

Me río al escucharla, imaginándola con claridad.

—¿A quién le estás diciendo eso?

Suspira.

—A un baboso al que le pareció buena idea mirarme. Si fuera guapo, lo dejaría mirar lo que quiera, pero no es el caso… Como sea, no vale la pena. ¿Ya llegaste? No me llamaste.

—Sí, hace una hora y no me dio tiempo porque el abogado se puso a hablarme de las cuestiones enseguida. Ahora estoy esperando al que se encargará de las reparaciones y los arreglos de la casa. Y es extraño volver.

—¿Ya viste a tu ex? Después de todo la constructora es de él.

El nombre que no dice me genera un malestar imposible de impedir. He evitado pensar en Rowan desde que decidí venir, con la esperanza de no tener que verlo, aunque practiqué mentalmente mi reacción en caso de que ocurriera.

—No es mi ex y no lo vi. La constructora es de él, pero se encarga de la administración, no del trabajo pesado. Lo mismo que su padre. No hay muchas opciones aquí.

—Bueno, espero que no te lo cruces y si lo haces, trátalo con indiferencia, tal como practicamos… Bueno, como yo practiqué por ti mientras me mirabas raro.

Suelto una carcajada y bajo los pequeños escalones de la terraza que conducen al jardín de flores que mi abuela tanto amaba y que ahora está seco. El abandono se nota más desde cerca.

—No me quedaré más tiempo del necesario. Ya firmé lo que debía firmar y en cuanto arregle la casa y se pueda poner en venta, tomaré un avión de regreso a Nueva York. Mientras tanto me quedaré aislada escribiendo, siguiendo tu agenda.

—No te mueras de hambre. A veces te olvidas de comer cuando la inspiración te domina.

—Tranquila. Me ocuparé de que alguien me traiga provisiones y viandas por si no deseo cocinar. Así no muero de hambre y no debo moverme de aquí.

—Buen plan. Igual te enviaré un mensaje recordándotelo. Solo hay dos horas de diferencia.

—Eres la mejor amiga, editora y representante del planeta.

—Lo sé.

Reímos y el sonido de una camioneta me hace girar la cabeza de inmediato, con una tensión que no reconozco. Imagino que el trabajador llegó o que es el pedido de comestibles.

—Debo colgar.

—Bien, recuerda que mañana a las diez, hora de Nueva York, tienes la entrevista con el youtuber y a las cuatro tienes que hacer el vivo para tus fans y explicarles por qué tu firma de libros en España se retrasó.

—Lo recuerdo, todo agendado. Tú avísame cómo van las cosas con las negociaciones para las películas, quiero saber todos los detalles.

—Ya lo sé. No te preocupes. Y llama a Ryan, aunque sea para decirle que te fuiste.

—Nuestra relación es casual, no tengo que informarle nada.

—Lo sé, pero lo crucé y me preguntó por ti. Le dije que saliste de viaje sin dar muchos detalles.

—Bien. Nos vemos.

Cuelgo y abro la puerta blanca, caminando hacia la entrada con pasos que intento mantener seguros, aunque los tacones no ayudan. Debería haberme cambiado en el avión, pero dormí todo el trayecto. Mi apariencia resulta más ejecutiva de lo habitual, aunque decido no pensar demasiado en ello. Más tarde me pondré algo cómodo.

Veo a un hombre de espaldas, de hombros anchos, con camisa de mangas cortas, vaqueros gastados y botas de trabajo. Mi primer impulso es asumir que se trata de un empleado más.

—Buenas tardes.

Se gira y el impacto es inmediato, físico antes que emocional. Todo lo que practiqué mentalmente se borra sin aviso. Rowan ya no es el joven de contextura delgada y mirada dulce que recuerdo. Su cuerpo refleja años de trabajo duro y su mirada es intensa, marcada por líneas que no estaban antes. Reconocer que luce mejor no es una decisión, es una constatación que llega sin permiso.




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