El amor en juego

Capítulo 4: Rowan

—No puedo creer que ella viviera aquí y yo fuera una niña que ni la registraba —reclama Bella, no sé si para ella, para mí o para la pared.

Me sirvo una cerveza y la observo cortar queso. Se toma la tarea demasiado en serio, concentrada en que las fetas queden parejas, ordenadas y simétricas. Supongo que es su manera de ignorar que no la invité.

—¿Qué haces en mi casa?

—¿No ves? Cortando queso—ruedo los ojos—. Quiero saber cómo es Paris.

—Has visto fotos, así que ya sabes cómo es.

Deja el cuchillo sobre la tabla y me mira con fastidio. Ese gesto lo conozco bien; es el mismo que usaba cuando le decías algo que no le gustaba.

—Me refiero a si es amable, simpática, educada, si le molestase que me acerque a saludar y pedirle que me firme los libros. Amo a la detective Rachel Amaro.

Sigue hablando mientras prepara una tabla de queso y jamón con una dedicación excesiva, claramente para justificar que sigue aquí. Amo a mi hermana, pero su energía de adolescente de dieciocho años me supera cuando lo único que quiero es tranquilidad. Hoy no tengo margen para entusiasmo ajeno.

Paris me trató con una corrección distante que me dejó fuera de lugar. No fue hostil ni fría de manera evidente; fue peor. Me habló con la neutralidad justa para que no pudiera reclamar nada. Quedó claro que no olvidó lo que pasó y que preferiría cruzarse con cualquier persona antes que conmigo. No puedo culparla, aunque pensé que el encuentro sería distinto, menos rígido y más natural.

Solía ser una chica amable, graciosa, con una risa fácil. Hoy estuve frente a una mujer seria, contenida y elegante. No sé si esa versión aparece solo conmigo o si es la que aprendió a ser lejos de esta isla.

Una parte de mí quería hablar con ella, pedir disculpas sin rodeos, explicar lo que nunca expliqué. Pero marcó distancia desde el primer segundo, dejando claro que no le interesa ningún contacto que no sea estrictamente necesario. Podría dejar que Declan se haga cargo de todo. Sería lo lógico, lo profesional; sin embargo, no quiero hacerlo.

Ella me sigue atrayendo, y eso convierte cualquier decisión en un problema.

—¿Me estás escuchando? —la mano de mi hermana se mueve frente a mis ojos.

Extiendo la mano y agarro un pedazo de queso.

—No, no te estaba escuchando.

—Te pregunté cuándo la verás de nuevo. Pensaba esperar que pasara por el centro cuando viniera a comprar algo, pero Jenny dijo que ella hizo un pedido y pagó extra para que lo llevaran a la casa, lo que significa que no tiene intención de pasear. ¿Por qué tú y ella nunca fueron amigos?

Le doy un trago a mi cerveza, ganando tiempo. Bella tiene una habilidad especial para hacer preguntas incómodas sin darse cuenta.

—Bella, no vino de paseo, vino a vender la casa. Y por lo que entendí cuando hablé con ella, tiene que escribir un libro y dar entrevistas.

—Sí, mañana a la mañana dará un vivo en sus redes para explicar por qué la gira de España se atrasó. Y está escribiendo el cuarto libro de la detective Rachael Amaro. Estoy ansiosa por saber qué sucede y si se harán las películas.

Frunzo el ceño, fingiendo ignorancia. No es mi mejor actuación. Sé demasiado para alguien que insiste en no ser fan.

—No sé cuándo la veré. Le envié el presupuesto y todavía no obtuve respuesta.

—Bueno, pero si vas, debes ser un buen hermano y llevarme contigo. Prometo que seré una fan decente y me portaré bien.

Niego con la cabeza y tomo otro trozo de queso.

—Dijiste que era para mí.

—Para que comamos juntos.

—Deberías estar en tu casa, no aquí.

Ella resopla.

—No, mamá está con esas señoras en su club de libro, aunque es más club de chismes —dice con fastidio—. Decidí que te haría bien la visita de tu hermana favorita.

Ruedo los ojos y agarro un trozo de jamón. Ella se sienta y empieza a comer, segura de su victoria.

—¿Puedo tomar cerveza?

—Solo una y no le digas a mamá.

Sonríe.

—Eres el mejor hermano del mundo.

Podría decirle que no, pero sé que lo hará igual conmigo o sin mí. Yo también tuve su edad y sobreviví para contarlo.

Mamá es algo estricta con eso, pero en lugar de prohibirle beber, prefiero decirle que lo haga con precaución y recordarle que, si alguna vez se queda varada en algún punto de la isla, puede llamarme. Iré a buscarla sin reproches ni preguntas.

Bella es responsable y madura para su edad, pero sigue siendo una adolescente.

Comemos y yo me quedo en silencio escuchándola hablar sobre Paris, sobre la vida fabulosa que debe tener en Nueva York, viajando por el mundo y conociendo gente famosa. En su versión, Paris desayuna con escritores famosos y cena con actores de Hollywood.

—¿Sabes si tiene novio?

La pregunta me descoloca.

—¿Por qué sabría eso? Te dije que ella y yo no hablamos desde que se fue y no soy fan como tú, aunque haya leído los libros.




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