Guardo las herramientas y cierro la caja sin apuro. Ya avancé lo suficiente por hoy y forzar más solo serviría para cometer errores que después llevan el doble de tiempo corregir. Hay trabajos que rinden mejor cuando se los deja respirar, y esta casa es uno de ellos.
Repaso mentalmente lo que quedó hecho y lo que tendrá que esperar hasta mañana. Nada que no tenga solución. Me tranquiliza comprobarlo, aunque sé que no todo se puede arreglar con herramientas, y hay problemas que no se resuelven ajustando tornillos ni volviendo a empezar.
Camino por el pasillo una última vez solo para confirmar que no dejé nada fuera de lugar. El papel de la pared ya no está en los sectores más dañados y debajo no apareció nada inesperado. Eso ayuda, porque trabajar sin sorpresas siempre facilita las cosas.
Me detengo frente a la habitación que fue de su abuela. No entré, no porque no pudiera, sino porque no hacía falta. Paris fue clara al marcar límites y los respeto, incluso cuando nadie los está mirando, quizá sobre todo entonces, porque no quiero sumar otra transgresión a una lista que ya es demasiado larga.
Miro la hora y recuerdo que tengo que pasar por la constructora y hablar algunas cosas con Finn sobre el hotel.
Me dispongo a salir con la caja en manos cuando una risa conocida, demasiado conocida, proveniente del jardín me detiene en seco, obligándome a frenar antes de llegar a la puerta. Dejo la caja en el piso y apresuro los pasos hacia el jardín; al llegar me quedo inmóvil en el umbral al ver a mi hermana sentada con Paris, ambas inclinadas una hacia la otra, conversando animadamente, como si se conocieran desde hace mucho más tiempo del que en realidad llevan.
Debí imaginar que Bella no aceptaría un no cuando le dije que no podía venir conmigo. Cuando se tomó bien mi rechazo, cuando no insistió, sonrió y dijo que estaba bien, ahí debí sospechar que algo planeaba. Pensé que era un acto de madurez y ahora entiendo que confundí calma con estrategia.
—Amo a la detective Amaro. No se deja intimidar por nadie, a pesar de su pasado complicado.
—Me gusta que mis personajes parezcan reales, para que las personas puedan identificarse con ellos.
—Bella… —digo, atrayendo la atención de ambas.
Mi hermana abre los ojos de más y se pone de pie, como si la hubieran sorprendido haciendo algo ilegal, mientras Paris gira hacia mí con una expresión atenta pero medida.
—Rowan, no pongas cara de enojado. Llegué por mis propios medios y a Paris no le importó. De hecho, me ofreció limonada y firmó mis libros —señala la mesa donde están apilados—. ¿Verdad, Paris?
—No es el punto, Bella. No puedes aparecerte en casa de las personas sin avisar. Que Paris te haya recibido no significa que estuviera disponible; solo ha sido amable con una fan.
—No, yo…
—Está bien, Rowan, no es para tanto —interrumpe Paris con calma—. Bella no hizo nada extremo para verme. He tenido lectoras que sí lo hicieron, y esto no es uno de esos casos. Es normal que quisiera conocerme y que le firmara sus libros.
Aprieto la mandíbula, consciente de que cada palabra que digo a partir de ahora puede tensar más la situación de lo que ya está.
—Y es amable de tu parte —respondo—, aun así, Bella tiene que recordar sus límites. No siempre puede obtener lo que quiere, y menos ocultándose en mi auto. Porque dudo que haya llegado de otra forma. No puede hacer caminatas exigentes ni subir la colina en bicicleta sin terminar sintiéndose mal.
Paris frunce el ceño apenas, un gesto breve que conozco lo suficiente como para saber que algo pasó por su cabeza y decidió no decirlo.
—No exageres, Rowan. Ya me disculpé con Paris por aparecer de la nada y le dije que si estaba ocupada podía irme. Ella insistió en que me quedara y no iba a decir que no —dice Bella con fastidio.
Paris se pone de pie y, por un instante, parece dudar antes de hablar, midiendo cuánto quiere involucrarse realmente.
—Es cierto. Me gusta interactuar con mis lectores, en especial con los más jóvenes —apoya una mano en el hombro de mi hermana—. Y Bella me ha sorprendido gratamente con su inteligencia y su capacidad de análisis.
Bella sonríe, triunfante, y se acerca a mí.
—¿Lo oíste? —me toma del brazo—. Por favor, no exageres y no le cuentes a mamá. Hace drama por todo y no he hecho nada ilegal ni perjudicial para mi salud ni la integridad de otra persona.
Quiero mantenerme firme, de verdad quiero, pero Bella siempre ha sido mi punto débil y Paris no parece molesta, o al menos no lo demuestra. Me digo que si a ella no le importa no debería importarme a mí, aunque la idea no termina de asentarse del todo.
Exhalo con fuerza y me paso la mano por el cabello.
—Bien. Esta vez te saldrás con la tuya.
Bella me abraza.
—Eres el mejor hermano del mundo. —deja un beso sonoro en la mejilla y se acerca a la mesa—. No voy a tentar a mi suerte, así que juntaré los libros porque imagino que nos vamos.
—Imaginas bien.
—Antes, ¿puedo pasar al baño? —le pregunta a Paris.
—Por supuesto. Entra a la casa, sigue derecho hasta el final y lo encontrarás a mano izquierda.