Gina me hace reír con sus comentarios y, en más de una ocasión, pienso que es mejor que una terapeuta dando consejos. Tiene esa facilidad para decir las cosas sin rodeos, para poner en palabras lo que yo evito. Hoy, sin embargo, se contradice. Primero me dijo que ignorara a Rowan, que no le diera espacio, que no le permitiera acercarse. Ahora insiste en que actúe con normalidad, que finja haberlo superado y lo trate sin frialdad ni tensión.
Esa contradicción me queda dando vueltas en la cabeza.
Eso es lo que me asusta. Darme cuenta de que no lo he superado.
Durante años me repetí que lo había perdonado, que podía seguir adelante aunque no olvidara. Me lo dije tantas veces que terminé creyéndolo, o al menos aceptándolo como una verdad funcional. Hoy, sentada frente a la pantalla, entiendo que solo aprendí a esquivar el tema, a guardarlo en un lugar donde no molestara demasiado.
Exhalo despacio cuando escribo el punto final del capítulo. Me quedo mirando la pantalla unos segundos más, esperando sentir satisfacción o alivio. No llega nada. Cierro la laptop con cuidado, me levanto y voy a la cocina por una taza de café. Necesito un descanso antes de que llegue Rowan.
Dijo que vendría un poco más tarde porque tenía que resolver unos problemas, pero aseguró que se quedaría más tiempo para compensar. No sé si me tranquiliza o me pone más nerviosa.
Mientras preparo el café, me muevo sin pensar demasiado. Sigo la rutina de memoria, agradecida por no tener que tomar decisiones. Cuando la taza está lista, la sostengo con ambas manos. El calor me da algo a lo que aferrarme.
Tal vez debería ser menos distante. Tal vez escuchar sin interrumpir, dejar que diga lo que tenga que decir, aunque no esté segura de querer oírlo. No sé si eso cambie algo, pero puede ser el paso que me falta para dejar esto atrás.
No llego a ninguna conclusión clara. Me quedo atrapada en ese pensamiento hasta que escucho un ruido afuera. No es la camioneta de Rowan.
Camino hasta la puerta con la taza en la mano y me asomo. Veo a una mujer cargando una caja enorme. El reconocimiento llega antes de que pueda prepararme. Abro la puerta y no necesito acercarme más.
—Hola, Jenny.
Deja la caja en los primeros escalones y me observa durante un segundo largo, incómodo.
—No creí que recordaras mi nombre —dice, sin suavizar el tono.
No la culpo.
—Debí llamar… contestarte —empiezo, y me doy cuenta de que no sé cómo seguir sin que suene insuficiente.
Ella se gira y vuelve al auto por otra caja, dejándome con la frase a medias.
—Te traje el pedido completo. Iba a mandar a una empleada, pero se enfermó y me tocó hacer las entregas. Casi nadie pide a domicilio.
Trago saliva. El aire se siente más más lento.
—No fui en persona porque no tengo auto y… —me detengo— no quería cruzarme con nadie más.
Asiente, sin mirarme.
—No te preocupes. No tienes que explicarme nada.
Eso es lo que más me afecta, que no me pida nada.
No he perdonado a Rowan por lo que pasó, y Jenny no tuvo ninguna culpa. Aun así, fue ella quien quedó fuera de mi vida durante años.
No esperaba verla hoy, aunque en el fondo siempre quise esta oportunidad. Ahora que está aquí, no sé qué hacer.
—Lo siento —digo al fin—. De verdad.
Me mira. No hay reproche abierto, pero tampoco cercanía.
—¿Por qué dejaste de hablarme?
La pregunta es directa. No hay rodeos. Siento un nudo en la garganta y tardo un segundo de más en responder.
—¿De verdad quieres escucharme?
Se encoge de hombros.
—Ya estoy aquí. No tengo más entregas, la tienda puede arreglárselas sin mí un rato y sigo siendo curiosa. Además, creo que todos merecemos ser escuchados.
La frase se me queda clavada. Me recuerda lo que llevo semanas evitando con Rowan. Escuchar no siempre significa aceptar, pero sí implica dejar de huir.
Bajo los escalones y tomo una de las cajas.
—Preparé café.
—¿No estabas escribiendo?
—Me levanté temprano para hacerlo —respondo—. Decidí parar antes de terminar con la espalda rígida y la muñeca dolorida.
Entramos. Le sirvo café y empiezo a guardar lo que necesita frío. Abro el refrigerador, cierro y vuelvo a abrir. No es solo orden; necesito ocupar las manos. El silencio se estira entre nosotras.
—Bueno —dice al sentarse—. Te escucho.
Cierro el refrigerador, apoyo las manos sobre la encimera y respiro hondo antes de sentarme frente a ella.
—Me sentía mal —empiezo—. Necesitaba irme de la isla y pensé que para empezar de cero tenía que cortar cualquier vínculo.
Hago una pausa. No digo su nombre enseguida.
—Con mi abuela no pude —añado—, pero contigo sí.
—Conmigo sí —repite, sin dureza, pero sin suavizarlo.