Agarro mi caja de herramientas y voy en busca de Paris, a quien apenas he visto en todo el día. Ha estado trabajando en su computadora, completamente concentrada, metida en ese estado en el que todo lo demás queda afuera. Apenas me dirigió la palabra y, por una vez, no fue porque me evita, sino porque estaba ocupada.
Lo confirmé cuando fui a la cocina por agua y su teléfono sonó. Respondió sin mirar la pantalla, dijo que estaba escribiendo y que llamara después, y colgó sin más.
—¡Paris! —llamo, sin tener idea de dónde puede estar.
Dudo que esté afuera. El sol ya empieza a bajar y la temperatura descendió un poco, aunque vive en Nueva York y debe estar acostumbrada al frío.
La encuentro en la cocina con una copa de vino en la mano, vestida para salir y mirando el teléfono con fastidio evidente.
—¿Es en serio?
—¿Todo en orden?
Levanta la mirada y exhala con fuerza, apoyándose en la mesada.
—Pensé que la isla había avanzado un poco y sería fácil encontrar un taxi.
—Es sábado.
—¿Y qué? ¿No trabajan los sábados?
Sonrío, más por inercia que por gracia.
—No a esta hora, menos en temporada baja. Hay pocos vuelos que llegan hasta aquí y casi todos lo hacen de día. Lo mismo pasa con los barcos —miro la hora—. No vas a conseguir taxi ahora.
Enarca una ceja.
—O sea que estás varada en un lugar a menos que camines o tengas un vehículo.
—En fin de semana y a esta hora, sí. En temporada alta cambia. Puede que cuando el hotel en el que estamos trabajando se inaugure y aumente el turismo.
—Genial —dice, dejando el teléfono y bebiendo de su copa.
—¿A dónde tienes que ir?
—Jenny me invitó a cenar para conocer a su esposo y a su hija.
—¿Has hecho las paces con Jenny? —pregunto, y no oculto que me alegra.
Siempre fueron buenas amigas. Que dejaran de hablarse fue una pena innecesaria.
—Sí. Y ahora voy a llegar tarde. Pensaba pasar a comprar un pastel o algo para llevar, pero seguro todo está cerrado.
Me río y agarro mi chaqueta.
—No todo. La tienda de doña Leticia sigue abierta. Puedes comprar un pastel de calabaza, es el favorito de Aitana. Luego te llevo a casa de Jenny, queda de paso para la mía.
—No es necesario. Llamaré a Jenny y quizás pueda venir por mí.
Dejo la caja de herramientas en el suelo y me coloco la chaqueta.
—Mandará a Declan sin dudarlo, pero no es necesario molestarlo cuando a mí me queda de paso —me mira—. Sé que me odias y tienes tus razones porque fui un idiota, pero te estoy ofreciendo un aventón. Nada más. No tenemos que hablar.
Mira la hora y toma su bolso.
—Bien, pero solo porque no quiero llegar tarde ni molestarlos.
—Declan te traerá luego. No debes preocuparte.
—Justo ahora desearía saber conducir. Podría alquilar un auto.
—¿No sabes? —pregunto mientras salimos de la casa.
—No. Viviendo aquí no lo necesitaba y en Nueva York es más práctico manejarse con transporte público o taxis. Cuando viajo por eventos tengo un chofer.
Subimos a la camioneta. Me obligo a no darle más importancia de la necesaria al hecho de que me esté hablando. No es cercanía; es conveniencia. Aun así, su distancia sigue ahí, clara e incómoda.
Pongo el auto en marcha.
—¿Cómo es vivir en Nueva York? Estuve una vez y me pareció una locura. Un lugar donde podría vivir.
—¿Estuviste en Nueva York?
—Sí, hace mucho, por trabajo.
No le diré que fui por ella, con la intención de arreglar las cosas porque estaba enamorado y no quería perderla. No tendría sentido.
La vi de lejos, sonriendo en la universidad, rodeada de amigos. Acercarme en ese momento no habría sido bien recibido y verla así fue suficiente para comprender que yo no tenía lugar en su vida.
—No es para todos —dice—. A mí me gusta, aunque a veces cansa.
—Yo amo la isla y no me imagino viviendo en otra parte.
—Recuerdo que no veías la hora de salir de aquí.
Me río.
—Las personas cambian. Tú querías estudiar fuera y volver aquí. Yo no. Ahora yo vivo aquí sin ganas de irme y tú estás ansiosa por volver a tu vida.
Mira por la ventana.
—Ya no siento que este sea mi hogar. He hecho las paces con Jenny y prometí no volver a desaparecer, pero es distinto.
Asiento.
—¿Es por mi culpa?
Me mira.
—¿Qué?
—Te fuiste antes de tiempo por mí y no quieres volver por lo que pasó.
—No. Me fui por lo que pasó, pero decidí no volver a vivir aquí porque ya no lo siento como mi hogar. Mi padre, mis amigos, mi carrera… toda mi vida está en Nueva York.