El amor en juego

Capítulo 10: Rowan

No debería estar subido a esta escalera, pero aun así sigo subiendo porque necesito ocupar las manos en algo que no implique pensar en Paris caminando por el jardín con su computadora bajo el brazo, como si este lugar no le perteneciera y, al mismo tiempo, como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Desde que regresó, la casa dejó de ser solo un proyecto y se convirtió en un territorio incómodo donde cada rincón guarda un recuerdo que preferiría no enfrentar mientras trabajo.

La baranda del balcón está más deteriorada de lo que aparentaba. La madera cruje cuando la presiono y decido reemplazar una sección completa antes de que termine cediendo sola. Podría pedirle a Declan que lo haga, pero prefiero encargarme yo; no solo porque confío más en mi propio trabajo, sino porque mantenerme ocupado resulta más sencillo que convivir con el silencio denso que se instala cada vez que ella aparece cerca.

Alineo la pieza nueva y fijo el primer tornillo, concentrado en que quede recto. El sol cae con fuerza sobre mi espalda y el sudor me corre por la nuca, pero el esfuerzo físico siempre ha sido una forma eficaz de ordenar pensamientos. Estoy terminando de ajustar el segundo tornillo cuando escucho su voz desde abajo.

—¿Es estrictamente necesario que te subas tú?

Bajo la vista y la encuentro de pie junto al jardín desmantelado. Lleva el cabello recogido y una camiseta sencilla que la hace parecer menos inaccesible que cuando llegó vestida como si la isla fuera una reunión editorial y no el lugar donde creció.

—Sí, es más rápido —respondo sin dramatismo.

—Tienes empleados —insiste.

—Y experiencia —añado, ajustando el taladro.

Ella cruza los brazos, pero no se va. Permanece allí observando como si no estuviera del todo convencida de mi respuesta.

—Ten cuidado —dice finalmente.

El tono no suena a formalidad ni a simple cortesía, y eso me obliga a mirarla un segundo más.

—Siempre lo tengo —contesto.

La ironía decide intervenir justo después de que termino la frase. La madera todavía inestable se desplaza bajo mi peso y el pie derecho pierde apoyo en el borde de la escalera. Intento corregir el equilibrio, pero no llego a tiempo. La caída no es aparatosa ni dramática, pero el impacto contra la tierra compacta del jardín es suficiente para dejarme sin aire durante un segundo y concentrar el golpe en el antebrazo y el costado.

—¡Rowan!

Su voz pierde la compostura y eso me sorprende más que el dolor.

Intento incorporarme por puro orgullo, pero el brazo protesta cuando apoyo la mano en el suelo. Paris se acerca de inmediato y se arrodilla a mi lado sin vacilar.

—No te muevas tan rápido —dice con el ceño fruncido.

—Estoy bien —respondo, aunque todavía siento el latido punzante bajo la piel.

—Eso lo decidiré yo.

Toma mi antebrazo con cuidado y lo examina con una concentración que me resulta familiar. Sus dedos presionan suavemente y aprieto la mandíbula cuando el dolor responde.

—¿Puedes mover los dedos?

Los muevo para demostrarle que sí.

—Sí.

—¿Y la muñeca?

La giro despacio. Molesta, pero no es insoportable.

—Un poco.

—Eso no es estar bien.

—He tenido fracturas —le explico—. Esto no se siente así.

—¿También eres traumatólogo ahora?

No puedo evitar una media sonrisa.

—No, pero tengo experiencia cayéndome.

Ella rueda los ojos, aunque la tensión en su expresión se suaviza al comprobar que puedo mover la mano. Me ayuda a sentarme y, pese a que intento restarle importancia, termino obedeciendo cuando me ordena entrar a la casa. Me siento en una silla del comedor mientras ella desaparece hacia la cocina y regresa con hielo envuelto en un paño.

—Dame el brazo —dice, y obedezco. El frío me hace tensar los hombros—. No dramatices —añade.

—No dramatizo.

—Te caíste después de asegurar que siempre tienes cuidado. Permíteme desconfiar.

—Solo intentaba impresionar a la dueña de la casa.

Ella me mira un segundo antes de comprender que bromeo.

—La caída no fue elegante —responde con sequedad.

—Eso duele más que el brazo.

El comentario arranca de ella una sonrisa breve que intenta disimular. Mientras ajusta el hielo con movimientos firmes y cuidadosos, noto que la rigidez con la que me habló los días anteriores no está presente en este momento. No hay frialdad calculada, sino una preocupación que intenta esconder bajo un tono práctico.

—Si mañana sigue inflamado, vas al médico —dice finalmente—. No quiero retrasos porque decidiste hacerte el héroe.

—¿Te preocupa el plazo o yo? —pregunto sin pensar demasiado.

Levanta la vista y sostiene mi mirada durante un segundo más largo de lo habitual.

—Me preocupa que las cosas se hagan bien —responde, pero no aparta la mano de mi brazo.




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